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jueves, 12 de septiembre de 2013

Un comprador de almas

NOTA PREVIA. Este relato NO forma parte de la serie de Cuentos del Barrio de las Putas. Fue publicado originalmente en el número 2 de La Biblioteca Fosca, dedicado al demonio. Habiendo comprobado que dicha publicación ya no se encuentra disponible he decidido rescatarlo del olvido mientras retomo el proyecto original de este blog. Espero que sea del agrado de aquellas personas que lo lean.


 
Cuando se dirigía aquella mañana a la oficina, acompañaba a Sargataroniel la ubicua certeza de estar en la picota. Tenía la seguridad casi absoluta de que no iba a ser su día. Lo que sus escasos poderes de diablillo menor, tan insignificante que ni siquiera aparecía en los listados medios de creaturas infernales, no daban para prever, era que iba a ser el peor día de su existencia.

En la oficina le esperaba, como de costumbre, la lista de posibles clientes que el departamento de estadísticas había diseñado para él. Tendría que visitar a cada uno de ellos, e intentar por todos los medios que le vendieran sus almas. Por desgracia, esta tarea no se le daba demasiado bien a Sargataroniel. Conocía las reglas, los recursos y trucos, había leído cuanto sobre este tipo de menesteres había en la Gran Biblioteca del Infierno, incluidos los textos escritos por ángeles y mortales, no sólo los de autoría demoníaca. Sin embargo, este bagaje teoríco no le resultaba útil en la práctica.

Ante el mortal, Sargataroniel se bloqueaba. Se quedaba en blanco. Sabía lo que tenía qué hacer y cómo hacerlo, pero no le salía bien. Siempre fallaba algo. No en todos los casos, nunca falta quien está muy bien predispuesto a venderle su alma a cualquiera por poco que le ofrezcan. Pero, por regla general, Sargataroniel, sin la ayuda de su tridente, se sentía pequeño en presencia de los humanos. Y, evidentemente, no se iba a llevar el tridente a pasear por el mundo de los vivos. Tal y como están las cosas podía acabar en un psiquiátrico o, peor aún, de protagonista de algún microespacio televisivo en el programa nocturno de moda.

Al principio la cosa iba mejor. Recién llegado a este puesto de máxima responsabilidad, sobre todo comparado con su anterior destino, todos los meses cumplía con las cuotas que le asignaban de almas a comprar. Esto se explica por el entusiasmo de la novedad y la cantidad desmesurada de horas extras invertidas.

En los tres últimos meses, la cosa había empeorado. Los mortales eran cada vez más reacios a pactos demoníacos, cuando no se reían directamente de él al tomarlo por loco. “¡Será usted iluso!, ¡el demonio no existe!”. Esto hacía que a Sargataroniel le ardiera la sangre en las venas. “¡¿Cómo que no existe?!, ¡Existimos!, ¡Somos legión!...”. Pero poco podía argumentar contra el escepticismo. Las exhibiciones de poder espectaculares y convincentes estaban más allá de su alcance, pues no era demasiado poderoso que se diga para ser un demonio. Así, entre una cosa y otra, llegó el desánimo, de modo que ni con las horas extras había cubierto sus cuotas de mínimos. Lo peor es que este iba a ser el cuarto mes sin cumplir sus objetivos, y ni aunque convenciese a todas las personas de la lista iba a llegar al mínimo exigido. Cuatro meses en este plan serían más que suficiente para desencadenar la furia de Satanás, perspectiva que aterraba a Sargataroniel.

Como es lógico, toda esta situación le tenía bastante estresado. Desde el principio de los tiempos había servido en las huestes infernales como diablo raso, tridente en mano, atormentando almas en pena. Un pinchaculos, que era como les llamaban en los círculos infernales más elevados. Un golpe de suerte inesperado le había permitido el ascenso a comprador de almas. Puesto, la experiencia lo había demostrado, que ni merecía, ni estaba cualificado para desempeñar. Prueba de ello eran los cuatro meses consecutivos sin rellenar su cuota de compras. Sargataroniel temía que eso supondría su vuelta con los pinchaculos o, quizá, algo peor.

La cosa empezó mal. En algunas casas no había nadie, y en otras no le abrían la puerta. Se veía una sombra detrás de la mirilla y se escuchaban algunos movimientos tenues y voces desconfiadas. Un “¿Quién es?”, que no esperaba presentaciones antes de graznar “¡Váyase!, ¡no queremos nada!”.

Sargataroniel se iba agobiando más con cada tentativa fallida. El asunto tenía poco arreglo.

Una puerta más, la sexta, número demoníaco por excelencia, se abrió al poco de tocar el timbre. En el umbral apareció un niño. “Hola, campeón, ¿está mamá?”. Los niños suelen ser bastante sensitivos, y bastante bocazas también. Concretamente este resultó ser ambas cosas en grado máximo. “¡Mamiiiiiiiiiiiiii!, aquí hay un hombre preguntando por tí, pero no me gusta nada. Es un hombre malooooooo.”. Sargataroniel se tensó al escuchar al niño y empezó a transpirar copiosamente, lo cual no ayudó mucho a mejorar el cuadro, ya que, como todo el mundo sabe, el sudor de demonio tiene un penetrante olor a azufre.

La madre, que había llegado corriendo, alarmada por el anuncio de su vástago, se encontró en su puerta a un hombre apuesto, elegantemente vestido con un traje negro modelo Diabolo y una corbata gris a juego, cara de estar bastante angustiado y rodeado de un intenso y sulfuroso hedor. Mandó al tierno infante a su habitación y se parapetó tras la puerta entornada.

- ¿Es usted Lisergia Cálenton? - preguntó tras consultar su agenda.
- Sí, soy yo. ¿Quién es usted y cómo sabe mi nombre?
- Me llamo Sargataroniel y represento a una de las entidades más influyentes de todo el Orbe. - Esto era lo primero imprescindible, presentarse, y ya estaba hecho. Se relajó un poco y se dispuso a continuar. - Estamos buscando personas que... - No pudo decir más. Lisergia Cálenton le interrumpió.
- ¿Sargota... qué?
- Sargataroniel – respondió, pacientemente, con la intención de resultar amable.
- ¿Sargataroniel? - insistió ella.
- Sí, Sargataroniel.
- ¿Qué tipo de nombre es Sargataroniel?
- ¿Cómo? -repuso él sin comprender a qué venía aquello.
- Sí, es un nombre extraño. Es la primera vez que lo oigo.
¡Como para conocerlo!. Ni después de su ascenso a comercial había alcanzado el mínimo de relevancia como para que su nombre fuese conocido en el mundo de los humanos.
- Supongo que es un nombre poco común. - se vio obligado a reconocer.
- Pues sí, poco común. - apostilló ella. - ¿Cuál dijo que era su apellido?
Sargataroniel intentó poner cara de póker para esconder su sorpresa ante la pregunta.
- ¿Apellido? - balbuceó.
- Sí, apellido. No creo haber oído su apellido. - continuó ella insidiosa y desconfiada.
- Pues verá, señora Cálenton, no tengo apellido. Me llamo Sargataroniel a secas. - reconoció con un matiz de tristeza en su voz, cayendo de inmediato en la cuenta que tendría que haber dado un apellido cualquiera. Pero el daño estaba hecho, había caído en la trampa de esta suspicaz mortal.
- Ajá,- respondió ella – de modo que usted no tiene apellido.
- Bueno yo... - el demonio se sentía cada vez más indefenso y desvalido ante la situación.
- No tiene usted apellido. O no quiere decírmelo. Haga el favor de irse y dejarme en paz.
- Pero señora Cálenton, vengo a ofrecerle...- trato de esbozar a modo de último intento desesperado.
- Adiós, señor Sargatoloquesea sin apellido. - se despidió Lisergia Cálenton dándole con la puerta en las narices.

Sargataroniel tardó unos segundos en reaccionar. Otro fracaso más en una lista que se antojaba interminable. Notaba que el desánimo empezaba a hacer mella en él. “Ahora sí que me la cargo”, se dijo.

Aún así, volvió a echar mano de su agenda del día y puso rumbo al siguiente domicilio. Allí residia Lucio Mara-Villas, un humano que, según todos los datos del departamento de estadísticas, estaba más que predispuesto a firmar un pacto con el diablo. Una de esas almas que se compran solas. Esto tranquilizó un poco a Sargataroniel. Cuanto más cerca se quedase del mínimo, mejor. Una cosa es no cubrir una cuota, y otra no tener ni un solo papel firmado en la cartera.

Al llegar a la puerta del hogar de Lucio Mara-Villas, tocó el timbre y sonaron unos compases de órgano. El inicio de la Tocata y Fuga de Johan Sebastian Bach. Una melodía que dió esperanzas a Sargataroniel.

Percibió la típica sombra tras la mirilla y los correspondientes movimientos tras la puerta. Al momento esta se abrió de par en par, apareciendo tras ella un ser humano bastante extravagante, a tenor de los mortales que estaba acostumbrado a visitar. Su intuición se puso en marcha instantáneamente. Este sí que era un buen candidato.

- Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? - preguntó, cordial, el hombre de la puerta.
- Buenos días. Yo diría que se trata, más bien, de en qué puedo ayudarle yo a usted, caballero. ¿Lucio Mara-Villas? - inquirió el diablo.
- Sí, soy yo. Y usted es...
- Soy Sargataroniel, y represento a una de las entidades más influyentes del Orbe.
- ¿Sargataroniel?. Suena demoníaco.
- La verdad es que sí. - reconoció el demonio, azorado y orgulloso a un mismo tiempo.
- Hmm, que curioso. - repuso Lucio Mara-Villas – Pase usted, por favor.
- Muchas gracias. - dijo él, aceptando la invitación.
- Pasemos al salón que estaremos más cómodos. Sígame, por favor. - por el pasillo continuó hablando – Su nombre me recuerda algo. Parece como una mezcla de Sargatanás y Samael.
- Por ahí va la cosa, - admitió ufano – aunque el sufijo oniel tiene ciertas connotaciones en el lenguaje demoníaco clásico, que son diferentes de las del ael de Samael, que es más cercano al ángelico clásico.
- Hmm, que interesante. - repuso Mara-Villas, mientras tomaba asiento en un lujoso sofá de cuero negro – Y, ¿qué me dijiste que te trae por aquí, Sargataroniel?. Espero que no te moleste que te tutee.
- Para nada Lucio, mejor así. – convino, relamiéndose al ver que la transacción iba por buen camino – En realidad, venía a ver si podemos ofrecerte algo nosotros a tí.
- Hmm... interesante... ¿qué podeis hacer por mí?
- Eso va en función de tus necesidades. - este era el punto al que quería llegar. Los manuales recomiendan ganarse la confianza del mortal antes de entrar en materia.
- Hmm... - Mara-Villas carraspeó y, tras aclararse de este modo la garganta un par de veces más, continuó – De modo que yo te cuento y tú me ofreces.
- Exactamente.
- ¿Un pacto con el demonio? - contrariamente a lo que se pudiera esperar, no estaba asustado, ni sorprendido, ni tan siquiera nervioso, se le notaba más bien sereno aunque invadido por la curiosidad.
- Sí, eso es.- Sargataroniel ya veía a Lucio Mara-Villas firmando el contrato.
- Suena tentador sin lugar a dudas.
- Me alegra que te guste la idea.
- Pero algo no me encaja.
- Dime.
- Cierto es que... hmm... hueles a azufre que apestas, echas para atrás, y eso queda bastante demoníaco, sí señor. Pero... hmm... podría ser que has estado jugando con cerillas toda la mañana.
- Por favor, Lucio – dijo Sargataroniel con aire ofendido - ¿Cómo dices esas cosas?
- No te enfades, Sargataroniel, - alegó - pero es que... hmm... tu nombre no me suena de nada.
- Hombre, - se defendió – no soy el diablo más popular del Orbe, eso es cierto, pero no quiere decir que...
- Ya, ya, ya. Seguro que eres muy bueno en lo tuyo, pero entiéndeme... hmm... ¿cómo decirlo?... hmm... No luce.
- ¿No luce? - preguntó el demonio boquiabierto.
- Sí. No luce. Vamos a hacer una prueba. - añadió mientras se levantaba de su asiento y se acercaba a su ordenador.
- ¿Una prueba? - ¿En qué estaría pensando este maldito mortal?.

Lucio Mara-Villas se sentó frente a su ordenador, abrió el navegador y entró en la página de un buscador. Una vez allí, tecleó el nombre de Sargataroniel. Tan sólo hizo falta un instante para que la pantalla delatase que el nombre del diablillo no aparecía por ningún lado en Internet.

- Ves lo que te digo. - insistió triunfal Mara-Villas- Ni una sola entrada a tu nombre en toda la red. No luce demasiado.
- ¿Cómo que no luce demasiado? - la desesperación se asomaba a la voz de Sargataroniel.
- Sí, ya sabes, es... hmm... una cuestión estética. Firmar un pacto con el diablo con un demonio desconocido... hmm... no queda demasiado bien, no luce.
- ¿Queeeeeeeé? - aulló Sargataroniel, con la cara desencajada.
- No luce nada de nada. ¿Donde está Mefistófeles?
- La verdad es que Mefistófeles no se dedica a estas cosas hace una temporada o dos. Estaba cansado de lo mismo siempre. - en esto último mintió Sargataroniel, pero a los demonios les es legitimo mentir, de hecho deben hacerlo por ley siempre que puedan. Lo que no iba a hacer era contarle a un mortal que tras la pifia con Fausto, Mefistófeles había caído en desgracia en el Infierno. Una metedura de pata tan grande como para que hasta se escriban novelas, obras de teatro y óperas sobre ella, le había convertido en el hazmerreír del Abismo, y desde entonces andaba de baja por una depresión que parecía que no iba a remitir nunca. El gusto que cogieron los mortales por la historia de su desdicha y las mil variaciones que hicieron de ella no ayudaron demasiado. - Pero yo soy igual de demonio que él, somos Legión, pero todos somos uno en Satán.
- Ya, claro. Hmm... normal... Pero, ¿y Lucifer? - Mara-Villas no estaba dispuesto a darse por vencido tan fácilmente.
- ¿Lucifer?, ¿qué Lucifer?, ¿el bibliotecario? - Sargataroniel estaba cada vez más asombrado – ¿me puedes explicar qué perra teneis los mortales con Lucifer?. No es uno de los nuestro. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Él es una deidad al margen, sólo le interesa estudiar, leer, hacer experimentos... está loco. Por eso está en la Biblioteca. Dile tú que salga para intentar convencer a un humano cabezota que nos venda su alma. Ya verás donde te manda.
- Hmm... interesante... Lucifer bibliotecario del Infierno.
- Claro, si al pobrecillo no lo quería nadie desde que a vuestros sacerdotes y poetas les dió por meterlo donde no era. Y, ¿qué íbamos a hacer?. Le dimos cobijo en el Infierno y él nos montó una Gran Biblioteca. Total, es inofensivo y, ya que le dan tanta caña por ser uno de los nuestros, tampoco le quedaba otro sitio donde ir. Seremos demonios, pero no somos mala gente.
- Son curiosas tus teorías... hmm... ¿y Satanás?
- Papá está siempre demasiado liado para estas cosas. Mandando, ordenando, juzgando, castigando, atormentando, provocando guerras, manejando las cadenas de televisión, aconsejando a los financieros... No te haces una idea cuanto trabaja. Es lo que tiene ser el Soberano del Abismo. Hay que tomar muchas desiciones. Yo nunca he podido hablar con Él, pero he escuchado que de vez en cuando se queja y dice que echa de menos esto...rumores infernales, que algunos son muy cotillas.
- Osea, que ninguno de los peces gordos está disponible. - concluyó Mara-Villas
- Está difícil la cosa, pero si firmas conmigo el resultado será el mismo. - Sargataroniel estaba seguro de haberlo convencido con su verborrea y los chascarrillos infernales que le habia contado.
- Pero no será lo mismo estéticamente hablando. - dijo con seguridad, con una seguridad absoluta, con una seguridad que dejaba ver claramente que no pensaba bajarse del burro.
- Pero... estéticamente... - Saragataroniel balbuceaba deseperado - ¿qué importa la estética para vendernos tu alma?
- Amigo mío, la estética lo es todo. Mucho me temo que si en el Abismo quereis mi alma me tendreis que mandar a alguien más relevante. No sé... hmmm... Belial, Asmodeo, Marduk, Baal, Haborym... alguno que salga en los libros, o en Internet... algo más así.
- Si yo te contase de toda esa gente... - suspiró Saragataroniel.
- Cuentame cuanto quieras, estoy pasando un buen rato contigo. Además... hmm... me parece muy interesante tu visita.
- Creo que será mejor que me vaya. Todavía me queda mucho trabajo por hacer. - se notaba en su voz que estaba terriblemente frustrado.
- Lo siento mucho, Sargataroniel, pero es que así no puedo hacerlo. Mándame a alguien con un poco más de caché y firmo seguro. - dijo, a modo de despedida, Lucio Mara-Villas.
- ¡Estúpido mortal pretencioso! ¿Qué te has creído que representa tu miserable alma como para osar si quiera pensar en pedir algo así? Arderás en el Infierno por toda la Eternidad igualmente, pero no obtendrás nada a cambio.- la frustración de Sargataroniel había mutado en cólera repentina - ¡Gilipollas!- tuvo tiempo de gritar antes de salir de la casa dando un portazo.

Al salir del edificio donde estaba el piso de Lucio Mara-Villas, Sargataroniel se sentía muy abatido. Le daba igual lo que pudiera conseguir con el resto de los nombres que tenía apuntados en su agenda. La cólera de Satán iba a ser inevitable, ¿para qué darle más vueltas?. Siguió andando por la calle hasta que encontró un bar. Satanás invita a la complacencia, pero avisa contra la compulsión. Y Sargataroniel estaba dispuesto a complacerse tomando una copa, o dos, o tres, o las que hicieran falta. Si luego Papá se enfadaba y le decía que había sido compulsivo, tampoco importaba demasiado puestos a aguantar un repaso como el que se le venía encima.

Una vez dentro del local, se sentó en la barra y preguntó al camarero si servían absenta. El camarero le respondió enseñándole orgulloso una botella de sucedaneo del hada verde. “Menos da una piedra”, se dijo a sí mismo Sargataroniel, y pidió la botella entera y todos los aditivos para tomar el néctar del olvido.

Andaba entusiasmado con el ritual de beber la absenta. Absorto con la cucharilla, el azúcar y el fuego, comenzaba a notar los efectos del licor. Tenía unas ganas desmedidas de hablar y todo a su alrededor adquiría un brillo y un volumen especial. A su lado se sentó un hombre joven, algo menos de cuarenta años, con ropa formal y cara de tío serio. Saludó al camarero por su nombre y este le puso lo mismo de siempre, se veía que era cliente habitual del bar. Poco antes de la segunda copa ya se habían presentado Sargataroniel y él. El mortal dijo llamarse Silvio.

Los nuevos amigos, cuyos lazos se fueron estrechando cada vez más rápido con la ayuda del alcohol, hablaron de todo aquella tarde. De economía, sexo, política, sexo, fútbol, sexo. Todos los temas habituales de la barra de un bar fueron desgranados mientras las botellas bajaban a ojos vista.

- ¿Tu jefe un cabrón? - dijo Sargataroniel – No me hagas reír, el que es un cabrón bueno es el mío.
- Si conocieras al mío. - Silvio seguía insistiendo en la maldad de su jefe.
- Creeme, tronco, mi jefe es Satanás en persona. - los dos amigos carcajaeron de esto.
- Pues si trabajas para Satanás, ¿qué es lo que haces?, ¿organizas atentados, genocidios? - dijo Silvio, que había tomado lo anterior por broma y estaba continuando con ella. De nuevo los dos rieron hasta saciarse.
- Ojalá trabajase en algo tan divertido. - más risas – Soy un simple comercial. Compro almas.
- ¿Y pagas bien? - la situación fluía entre la confesión y el chascarrillo fácil.
- Pues depende del alma, por la tuya no creo que nos dieran ni para pagar la ronda.
-¿Y por la tuya? - preguntó Silvio – Por la tuya no daba ni para comprar pistachos en la máquina.
- Pero la mía no la puedo vender – aseveró Sargataroniel intentando ponerse en su lugar.
- ¿Cómo que no?, si se puede comprar la mía, se puede comprar la tuya.
- No, es un tema complejo. Mi alma no es mía solo, sino de todos los seres infernales. - el demonio exponía esto intentando darle un tono circunspecto, pero su voz de borracho se lo dificultaba, de modo que el resultado era tan cómico que Silvio se estaba partiendo de la risa. - No te rías, mamona, que hablo en serio. Es por eso de que somos Legion, pero todos somos uno en Satanás.
- Y no me puedes vender tu alma.
- Pues yo creo que no.
- Así no tiene gracia. - el chiste estaba llegando a su fin.
- No mucha.
- No tendrás por ahí un formulario de compra de almas, que yo lo vea, siempre sentí curiosidad por esas cosas. - dijo Silvio intentando rescatar una broma que tan divertida estaba resultando.
- Pues claro que sí. - dijo Sargataroniel sacando los papeles de su portafolios –Mira aquí tienes unos pocos. - Al pasarlelos a Silvio, se dio cuenta por un instante que eso podía haber sido un grave error, pero la absenta hizo que fuese algo fugaz.
- El tío lleva pactos con el demonio en la cartera. - reía el otro mientras miraba los folios que le acaba de poner en la mano su compañero de barra – Lo que no pase en este bar no pasa en ningún sitio.
- Ni en el Infierno.- se carcajeó el diablo.

La celebración del encuentro se prolongó y los papeles no volvieron al portafolios de Sargataroniel. A la mañana siguiente, despertó con un intenso dolor de cabeza, la boca seca y una desorientación absoluta. ¿Donde estaba? ¿Cómo había llegado allí?. Aquello no era el Infierno. “¡Satanás! ¿Qué hice ayer? ¿Porqué no he vuelto a casa?”. Hizo un esfuerzo por recordar. El bar, Silvio, la absenta, los papeles... Todo empezaba a desaparecer a partir de ahí, pero los papeles daban vueltas configurando una horrible sospecha. Una intuición, que luchaba por convertirse en recuerdo, a la que el agudo dolor de cabeza impedía evolucionar. Por eso no había vuelto al Infierno. No podía volver. Como pudo se levantó de la cama y miró por el cuarto. Sobre una mesa estaba su copia del contrato que lo atestiguaba. Ahora si que la cosa era preocupante. Le había vendido su alma a un borracho.