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domingo, 29 de enero de 2012

Carpinteríadas


Hace tiempo, Lisandro ponía de comer en su establecimiento. Sandwiches, ensaladilla, montaditos, hamburguesas, picadillo y todo ese tipo de cosas, pero lo dejó en pro de las copas que le reportaban mayores beneficios y requerían un menor esfuerzo. Más por menos, una buena idea empresarial sin lugar a dudas. Claro que quienes siempre hemos parado en la “Taberna 19” no encontrábamos el cambio tan sugerente. De madrugada, tras unas cuantas cervezas, el cuerpo suele agradecer algo sólido para contrarrestar tanto bebedizo. Esto a Lisando parece darle igual aunque más de uno, y más de dos, hemos adoptado la costumbre de irnos a otro sitio a comer cuando aprieta el hambre y, una vez realizado el cambio de un ubicación, no solemos volver a la “Taberna 19” sino que ya nos quedamos donde sea.

Sea que aquella noche no estaba muy sociable o que me picó el gusanillo en la barriga descompasado con el resto, el caso es que abandoné el bar yo solo en busca de alimentos. Además, recuerdo claramente la sensación de agotamiento por la música que estaba poniendo Lou, el nuevo chaval que había contratado Lisandro. Se supone que Lou es un gran discjockey pero, sinceramente, a mí no me lo parece. Total que puse rumbo al Multicines, no para ver una película sino para comer.

Comer a altas de la noche puede ser complicado sino sabes donde ir. Menos mal que en el mismo Barrio de las Putas hay una solución a ese problema. Una de las tres o cuatro que existen en Ciudad Lejana. Menos mal, porque si me tengo que ir a comer algo hasta Vergel Otiade muy probablemente me hubiese vuelto a casa con el estómago vacío. Pero no iba a tener que hacer tan largo camino y, por supuesto, no iba a volver hambriento a mi hogar, pues la hamburguesería y pizzería de al lado del Multicines permanecía abierta hasta que el sol aparecía a decir hola.

Hola a todos, saludé amable a los que allí había, todos gente conocida. Me pedí una pizza enorme, llena de cosas, y me senté a comer. He de decir que las pizzas de allí no son especialmente afortunadas, prefiero, con diferencia, sus hamburguesas, ¡las hamburguesas más grasientas de Ciudad Lejana!, pero esa noche pedí pizza. Quizá, el hecho de ir solo y tener la posibilidad de observar mi entorno tranquilamente mientras comía me hizo decidirme por esa modalidad alimenticia que es más lenta de comer que una hamburguesa. También puede ser que me apeteciera pizza, que todo es posible.

Posible era, y de hecho sucedió, que apareciera por allí Lucano. Por aquel entonces Lucano tenía dieciocho años recién cumplidos y andaba algo despistado de la vida. Sus padres habían pasado bastante de él con lo que pudo hacer lo que le vino en gana en todo momento. Tenía un trabajo de peón en la construcción con el que cumplía de un modo relativamente regular, lo suficiente para que no le echaran, y con eso se daba por satisfecho. Le daba lo necesario para sus gastos. Estética y drogas. Lucano se aplicaba a sí mismo la máxima deaniana de vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver. Yo había intentado algunas veces hacerle comprender que eso era una soberana gilipollez, pero él no hacía caso. Por eso, cuando hizo acto de presencia aquella noche en el Multicines, ni yo ni nadie nos sorprendimos que viniese hasta los ojos.

Ojos vidriosos, semicerrados, mirando perdidos hacia ninguna parte. Siempre se puede saber si alguien está puesto mirándole a los ojos. Y los de Lucano no dejaban lugar a dudas. Eso sí, qué se había metido exactamente resulta difícil de determinar, pero seguramente fuese todo lo que se le puso por delante. Lucano nunca decía que no a nada. Al entrar tambaleándose gritó un par de incoherencias y volvió a salir. Típico en él. Cuando yo mismo abandoné el Multicines en otra dirección, vi que Lucano se había dormido en la puerta del taller de Jacinto, el carpintero.

¡Carpintero! ¿Quién lo iba a decir? La vida da muchas vueltas y alguna de ellas, la mayoría, cuando menos te lo esperas. A la mañana siguiente, cuando Jacinto fue a abrir su taller, se encontró con Lucano durmiendo en la puerta. Conocía a Lucano, ambos viven en el Barrio de las Putas y, aquí, todo el mundo se conoce. Jacinto era un hombre bastante mayor, casi anciano, serio y responsable, al que la actitud vital de Lucano le parecía reprobable, pero también era un hombre justo de buen corazón. Despertó a Lucano y lo invitó a desayunar. Mientras tomaban un café con churros estuvieron hablando y, por lo que me contaron luego por ahí, Jacinto le dijo a Lucano exactamente lo mismo que le decíamos los demás, palabra arriba, palabra abajo. Sin embargo, no me preguntéis por qué, Lucano, por una vez, escuchó.

Escuchó y escuchó, concedió la razón a Jacinto en todo. Lloró a moco tendido en medio de la cafetería. Todo esto me lo contó luego, en la intimidad que proporciona su oficio, Venancia, que es de lo más cotilla. Finalmente, Lucano  aceptó la propuesta del carpintero de trabajar con él de aprendiz, incluso a pesar de las severas condiciones, dejar su estilo de vida y, por supuesto, las drogas.

*          *          *

Hace tiempo de aquel día. Bastante tiempo. ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer y han pasado casi diez años. Y diez años es mucho tiempo si lo miramos desde una perspectiva humana. Diez años durante los cuales han sucedido muchas cosas en la vieja carpintería de Jacinto, muchas de las cuales se han visto condicionadas por la presencia e intervención de Lucano y el antagonismo que casi desde el primer día tuvo con el oficial de la carpintería, Ügur.

Ügur, menudo personaje. Muchos nos preguntábamos cómo Jacinto había acogido y formado a semejante individuo que, no sólo se le veía a legua que no era trigo limpio, sino que, además, no se le veían maneras ni intención de redimirse. Tanto tiempo trabajando y conviviendo con Jacinto no le habían servido más que para aprender, más mal que bien, el oficio y aspirar a quedarse con el negocio cuando faltase Jacinto. Por lo demás seguía mirando única y exclusivamente por él mismo, no había sacado nada del ejemplo vital del maestro. Ügur, cuando vio entrar un nuevo aprendiz en la carpintería receló y temió por su futuro, no quería que el nuevo se quedase con lo que consideraba suyo por derecho propio. Y Lucano no soportaba los aires de superioridad que se gastaba Ügur respecto a él. En el pasado se habían visto las caras y los puños en una pelea.

¡Pelea!, ¡pelea! Hay personas a las que les gustan las peleas. No me lo explico. Una noche, cuando nadie sospechaba el rumbo que tomarían las cosas para Lucano, este y Ügur se enzarzaron en una pelea que acabó con el, por aquel entonces aún, aprendiz de carpintero con la cara como un pan de pueblo y un par de costillas rotas. Ügur no había olvidado aquello, Lucano tampoco, Jacinto no sabía que su nuevo aprendiz era quien le dio  semejante paliza al oficial, pero percibía el mal ambiente entre ambos.

Ambos se miraban con desconfianza, por encima del hombro, como dos felinos dispuestos a saltar en cualquier momento. Aunque Ügur tenía más miedo. Sabía que no iba a poder con Lucano y, ante la posibilidad de una nueva humillación, prefería evitar el conflicto. La tensión entre ellos era, en cualquier caso, enorme y, en gran medida, agravada por algo inesperado. Lucano demostró tener un don natural para trabajar la madera. Don del cual su compañero carecía. Esto empeoró aún más la situación. Pero, con todo y con eso, Lucano estaba muy contento.

Contento me contaba que la carpintería le encantaba. Le relajaba tanto pulir la madera que ya no le apetecía fumar porros. Le apetecía tanto volver al trabajo que se mantenía activo sin acordarse de la cocaína. Le estimulaba la imaginación de tal forma buscar la forma adecuada entre las vetas de la madera que no se le había vuelto a pasar por la  cabeza tomar un alucinógeno. Algunos llaman a esto terapia ocupacional, pero yo creo que Lucano se había encontrado con una razón para vivir.

Vivir no es fácil. Nos sueltan aquí sin instrucciones y se supone que tenemos que vivir la vida así, a pelo. Pero, a veces, muchas veces, es difícil conseguirlo. Gracias a Jacinto, Lucano encontró su lugar en el mundo. Iba camino de ser un gran carpintero. Pronto, Jacinto, empezó a fantasear con la posibilidad de nombrarle oficial.

*          *          *

Hace tiempo que Jacinto nombró oficial a Lucano, equiparándolo, en todo, a Ügur, el cual, por supuesto, montó en cólera. El ascenso del aprendiz le hizo reclamar otro para sí mismo. Jacinto le dijo que no. Ügur no estaba preparado y carecía del talento necesario para ser algo más que un oficial bastante mediocre. Nunca llegaría a maestro. Implícito quedaba, pero evidente para cualquiera, que el maestro sí pensaba en conceder ese honor, algún día, a Lucano. No existía espacio para la duda. Ügur protestó y pidió una oportunidad de llegar a ser maestro.

Maestro es una palabra muy especial que a pocas personas se le puede aplicar sin lugar a dudas. Jacinto lo sabía, como también sabía de la falta de valía de su oficial, al cual había concedido dicho rango con la esperanza que le estimulase y trabajase por mejorar. La estrategia no dio el resultado esperado, sino, más bien, el contrario. Ügur pensó que, siendo oficial, ya lo tenía todo ganado, incluyendo en el todo la carpintería que, sin duda, heredaría. Por eso sacó las uñas cuando Jacinto reclutó a Lucano, y por eso se le retorcieron tanto los cuernos cuando el maestro concedió a su antagonista sus mismos rango y derechos. Ügur tenía que conseguir, como fuera, quedar por encima de él.

Él, Ügur, tenía más derecho que Lucano a todo. No en vano llevaba más tiempo en la carpintería que el recién ascendido a oficial, ¡muchísimo más tiempo! Pero el viejo loco había dado el rango de oficial a su nuevo aprendiz en menos de la mitad del tiempo que había tardado en conseguirlo él. En este cálculo se veía a las claras que Ügur no era muy listo, de haberlo sido habría sabido que había tardado exactamente la quinta parte que él, pero contar y dividir no era lo suyo, ¡imagínate los muebles que le salían sin saber calcular bien! Y, aún así, exigió a Jacinto el rango de maestro que estaba seguro de merecer. Jacinto, ya bastante mayor y abrumado por las exigencias de su oficial, decidió llamar a otros maestros para hacerle una prueba.

Prueba, examen, llámalo como quieras. Si Ügur quería alcanzar el rango de maestro, tendría que demostrar que lo merecía ante un tribunal de cinco maestros donde el más indulgente, sin lugar a dudas, era Jacinto, y este era bastante reacio a concederle el honor que ansiaba. La prueba, según le comunicaron, consistía en la realización de una obra maestra. Ügur aceptó convencido de sus posibilidades. Lucano observaba todo esto mientras trabajaba en una mecedora para el señor Tonelero. Una mecedora de caoba inquitante, siguiendo los diseños de Itálico Martínez, que aún preside la sala donde el viejo hurraco exhibe su colección de arte boligráfico. Una mecedora espeluznante y magnífica.

Magnífica, y tanto que magnífica. Mientras Lucano realizaba tranquila y modestamente su trabajo, Ügur se desvivía, presa de una ansiedad irrefrenable, en lo que iba a ser su obra maestra. A medida que pasaban los días iba siendo cada vez más patente que el oficial no iba a ser capaz de hacer más que un churro maestro.

Maestro, ya lo decíamos antes, no lo puede ser cualquiera. ¿Cuántos maestros conoces? ¿Cuantos maestros has tenido? Hay quien nunca tuvo ninguno. Pero Ügur estaba como loco por quedar por encima de Lucano, le impulsaba el odio ciego y, ciertamente, esa no es la mejor forma de actuar. Bajo una motivación emocional de ese calibre no se puede hacer un trabajo fino, sea cual sea la naturaleza de dicho trabajo. Incluso un torturador funciona mejor desde el relax y la frialdad que bajo el odio ciego. Así, su churro maestro, hórrida combinación de falta de talento, estado emocional inadecuado, mala idea de base y escasa capacidad, avanzaba hacia el desastre sin prisa pero sin pausa. A su vez, Lucano progresaba con su mecedora relativamente ajeno a la ordalía de su compañero. Estaba entusiasmado con lo que estaba creando y se sentía honrado de haber recibido ese encargo.

*          *          *

Hace tiempo de ello, y cuando el tiempo pasa convierte los sucesos en historias y las historias en chascarrillos, y el chascarrillo de la mecedora del señor Tonelero corre de boca en boca por el Barrio de las Putas junto al precio del tabaco, la amante del kioskero, pero el del kiosko que vende revistas porno al lado de la Plaza Grande, no el otro que está en la calle del Torpedo y que es de Juliete y ese es muy rancio para tener amantes, y, por supuesto, las horas a las que Loty se va a poner esta semana a trabajar. Es una historia, antes un suceso, de lo más peculiar. La historia de la mayor guantada sin mano que se le pueda dar a una persona, sin premeditación ni alevosía, un auténtico y genuino tapabocas improvisado y sin intención. La historia del fracaso de Ügur para acceder al rango de maestro y el rechazo de Lucano a dicho privilegio.

Privilegio, para Ügur todo era cuestión de privilegios que creía ganados desde la cuna, de los que se pensaba merecedor simplemente porque sí, y que le fueron negados tal y como presentó al tribunal de maestros su obra. Fueron duros con él, muy duros. Llegaron incluso a cuestionar que tuviese aptitudes para ser oficial, dura patada a su orgullo, incluso hubo quién planteó que ni para aprendiz, que mejor que Ügur se dedicase a otra cosa para no ensuciar el buen nombre del oficio de carpintero. Feo asunto, Ügur jamás se había sentido tan humillado en su vida. Tanto que pensó que jamás se iba a sentir peor, pero, como tantas otras veces, se equivocaba totalmente. Le faltaba lo peor.

¿Peor que eso? Peor imposible, habría afirmado con absoluta convicción Ügur tras escuchar el recio veredicto del tribunal de maestros que, sin embargo, tuvo a bien no degradarle a aprendiz gracias a la intervención de Jacinto que juzgó suficiente lo sucedido para proporcionarle una cura de humildad a su díscolo oficial. Para desgracia de Ügur la cosa no iba a quedar ahí. Los cuatro maestros que se habían desplazado al taller de Jacinto para poner a prueba a Ügur, no pudieron evitar quedar fascinados ante el fastuoso trabajo que estaba haciendo Lucano. Macabra obra, cierto es, una mecedora infernal, pero a fin de cuentas era lo que se le había encargado. Si Satanás tenía que sentarse en algún sitio a descansar, leer un libro o mirar la televisión, sin duda desearía una mecedora como esa. Decidieron reunir al tribunal y llamar a comparecer ante ellos a Lucano.

Lucano estaba absorto en su trabajo puliendo las esqueléticas y demoníacas figuras del respaldo de la mecedora, cuando Ügur, humillado como ya no podía serlo más, le transmitió el mensaje del tribunal de maestros. Lucano se resistió, cosa que a Ügur le sentó muy mal, alegando que en ese momento estaba demasiado concentrado y que si abandonaba lo que estaba haciendo, quizá luego no pudiese retomarlo y acabarlo como era debido. Ügur insistió y Lucano preguntó si no sería posible que los maestros se acercasen a contarle lo que fuera sin necesidad de interrumpir su trabajo. Ügur, degradado a mero correveidile, transmitió la insolencia de Lucano a los maestros. Estaba seguro que dicha desfachatez los pondría en contra del otro oficial, su enemigo, pero los maestros reaccionaron de un modo inesperado.

Inesperado para Ügur, que siempre ha ido muy corto de sentido común, pero bastante lógico desde otra óptica. Los maestros comprendieron y aplaudieron la devoción al trabajo de Lucano, e hicieron justo lo que este proponía. Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña. Observaron a Lucano trabajando y convinieron en darle, para horror de Ügur, el rango de maestro. Esa mecedora no era algo que pudiera llevar a cabo cualquier carpintero, incluso algunos maestros no serían capaces de sacarle tanto a la madera por muy noble que esta fuese. Y entonces fue cuando Ügur recibió el golpe definitivo a su orgullo. Lucano rechazó el ascenso alegando no sentirse preparado. No hacía ni un año que era oficial, estimaba prematuro el nombramiento como maestro por muchas cualidades que pudiera tener. Todavía le faltaba mucho por aprender. Gracias, pero no. Ügur conoció en ese momento la mayor de todas las humillaciones, la humillación sin límites.

*          *          *

Hace tiempo que murió Jacinto. Su salud se fue deteriorando lentamente pero a paso firme después del fiasco del oficial que quería ser maestro sin merecerlo y el que lo merecía sin quererlo. En poco menos de tres años el maestro abandonaba el mundo de los vivos. En el Bario de las Putas todos conocían lo sucedido y muchos eran los que estaban convencidos que Jacinto había sido envenenado por Ügur, una muerte lenta y dolorosa. Sólo una cosa no cuadraba, ¿por qué no había envenenado también a Lucano? Este era el archienemigo de Ügur y la muerte del maestro los dejaba en una situación bastante peliaguda. Una carpintería, dos oficiales, cero maestros y cero aprendices. En una teórica igualdad de condiciones, Ügur, más malicioso que Lucano, impuso su retorcido criterio apelando a la antigüedad. Lucano, harto de enfrentamientos, guardó un prudente silencio en lugar de apelar a su mayor capacidad.

Capacidad, antigüedad. ¿Qué tiene más valor? Los años habían acrecentado las características de ambos oficiales, Ügur cada día era más inútil, Lucano cada día más exquisito. Y ante esta situación salió triunfante el perverso porque el otro no se preocupaba de esas cosas. Ügur quería el poder, Lucano trabajar en paz. El acuerdo tácito venía a ser algo así como tú maneja esto que yo me encargo de hacer el trabajo. Pero no todo iba a ser tan sencillo. Ügur tenía un plan para ocultar su ineficacia. Una pequeña inversión, así la calificaba él, para reconvertir el taller en una pequeña fábrica.

¡Fábrica! ¡Una fábrica! ¡Tú estas loco! Lucano estalló ante tan delirante propuesta. Se negaba a aceptar la renovación industrial. Somos carpinteros, artesanos, no operarios. Esto es un negocio, insistía Ügur, y mecanizándolo será más productivo. ¿Es que no renta lo suficiente? ¿No vives bien? A pesar de su ubicación, al final de la calle Telenovela, casi en los límites del Barrio de las Putas con el Barrriopueblo, los gritos se escuchaban desde la Plaza Grande. ¡Menuda discusión!

Discusión que marcó, por ende, el principio del fin de la relación entre Lucano e Ügur. Lucano no aguantó más y espetó a Ügur todo cuanto tenía que decirle. Que era un mierda, un acomplejado, que con la idea de la fábrica lo único que hacía era intentar ocultar su inutilidad absoluta, que... supongo que después de todo lo que os he contado, ya os imagináis lo que salió por la boca de Lucano tras años de respetuoso silencio. Ügur montó en cólera y presa de su infinito egocentrismo expulsó a Lucano de la carpintería y se autoinvistió como amo y señor de todo aquello. Lucano, sin poder creer lo que oía, negoció un acuerdo, aún cuando lo que realmente deseaba era darle una paliza a Ügur que lo dejase en cama para siempre o, directamente, bajo tierra. Pero se contuvo y llegó a un acuerdo que venía a ser más o menos lo siguiente. Puesto que él llevaba siete años trabajando allí, algún derecho tendría, y puesto que Ügur iba a mecanizarlo todo y no iba a necesitar las herramientas, podría cedérselas o vendérselas a un precio razonable para que él pudiera seguir trabajando y ganándose la vida honradamente. Ügur aceptó la propuesta en la modalidad, evidentemente, de venta de herramientas, aunque lo del precio razonable no lo fue tanto. O al menos no al principio, el arte del regateo no se le daba tan bien a  Ügur como a Lucano, ya os conté que aquel y los números no se llevaban precisamente bien. Lucano consiguió las herramientas a un buen precio e Ügur dejó libre el espacio del taller para meter la maquinaria que lo transformaría en la pequeña fábrica que fantaseaba.

*          *          *

Hace tiempo, pues, que en el Barrio de las Putas se pueden conseguir muebles en dos sitios. Bueno, para ser exactos en uno, en la carpintería de Lucano, pues la pequeña fábrica de Ügur, merced a una hábil estrategia comercial en la que este no participó, sólo se hacía un modelo de mueble para una famosa cadena de tiendas oriunda del país de los hombres con cuernos en el casco. Lo alucinante de este acuerdo es que el negocio de Ügur no fabricaba los muebles en sí, sino tan sólo las piezas. La tienda en cuestión se caracteriza por vender muebles de atractivos diseños modernos a precios económicos que consiguen mantener vendiéndolos desmontados. Muchas historias pululan por ahí sobre dichos muebles y lo fáciles que resultan de montar, a más de sobre la aventura que suele suponer el proceso de montaje durante el cual lo presuntamente sencillo se torna ultracomplejo. Y, además, existe un amplio consenso, que roza la unanimidad, sobre la escasa calidad de estos productos. Quizá sea por esto último que nadie en el Barrio de las Putas se sorprendió cuando el peor carpintero de la historia empezó a conseguir su sustento "fabricando" muebles para dicha empresa. El peor carpintero de todos los tiempos era, como todos sabemos, Ügur.

Ügur, no obstante, se pavoneaba orgulloso de ello por el Barrio. Y, sinceramente, en cierto sentido era para estar satisfecho. Sus productos se vendían en estas tiendas que estaban por medio mundo. Desde el estado de los cuidadores de vacas, en el Imperio de la Hamburguesa, hasta el país de los monjes naranja, en medio del continente de las personas de los ojos rasgados, todos podían comprar, y de hecho compraban, la mesita de noche TIMBALTM, diseño de Ügur. La mesita consistía en un tablero de madera rectangular, que descansaba sobre cuatro patas que, a su vez, tenían unas muescas que permitían instalar cómodamente dos cajones bastante simples. El secreto de su éxito era el color del diseño, un hórrido verde pistacho que hubiera sido su perdición de no ser porque era la única referencia del catálogo que hacía juego con el muy solicitado conjunto de dormitorio SINQUINPISTACHONAITTM. Ügur se estaba forrando y empezó a orgasmear pensando en lo oportuno que pudiera ser invertir algo en su fábrica y ampliar su gama de productos. Veía cada vez más claro el futuro pasaba por sacar un nuevo modelo de mesita de noche TIMBALTM en color rojo fresa.

Fresa, strawberry, como todo el mundo sabe, el color perfecto para que la mesita de noche TIMBALTM hiciese juego con el emergente conjunto de dormito STRAUBERRIDRIMSTM. Renovarse o morir, pensaba, sabiamente, Ügur, demostrando empíricamente con ello que hasta el más necio es sabio. Pero no contaba con algo que amenazaba su futuro cual espada de Damocles. Si bien los muebles que la empresa de marras vendía tenían fama, ya lo dijimos, de ser bastante malos, la mesita de noche TIMBALTM demostró en escasos meses ser el peor de todos los productos que vendían. Un error de cálculo en el diseño original, repetido, merced a las virtudes de la producción en cadena, ad infinitum et absurdum, hacía que los dos simples cajoncitos no encajasen bien del todo sobre las guías de las patas que sostenían el tablero de madera rectangular, aunque en principio esa falta de conjunción no se notaba demasiado. Pero claro, la geometría tiene esas cosas, cualquier matemático te lo puede explicar de modo que no lo comprendas, y el uso continuado, tampoco es necesario que sea demasiado, de los cajones acababa convirtiendo la mesita de noche TIMBALTM en un conjunto de maderas imposible de recomponer y de un estúpido color verde pistacho.

Pistacho, sí, pistacho, eso parecía la cara de Ügur cuando le avisaron de la central en el país de los hombres con cuernos en el casco que le rescindían el contrato. Las reclamaciones por el desastre que eran sus mesitas de noche TIMBALTM, habían colapsado los servicios de atención al cliente de todas las tiendas que tenía la empresa desde el país de los monjes naranja, en medio del continente de las personas con los ojos rasgados, hasta el estado de los cuidadores de vacas en el Imperio de la Hamburguesa. Así fue como se le quedo la cara, verde y arrugada, como un pistacho, al conocer la noticia.

Noticia que, por otra parte, se corrió a la velocidad de la luz, que ya sabemos que los cotilleos padecen de eyaculación precoz, a todos los niveles empresariales del gremio a escala internacional, cosas que tiene la vida, y que arruinó para siempre las posibilidades de Ügur de permanecer en el negocio. Finalmente, la vida misma, le degradó a menos que un aprendiz, a repudiado por incompetente.

Incompetente pero tenaz, dilapidó todo el dinero ganado, más algún otro que pudo conseguir vendiendo su alma al demonio... quiero decir, pidiendo un préstamo al banco, en sucesivos intentos, todos ellos infructuosos y cada vez más esperpénticos de reintroducirse en el negocio. Lo último que he sabido de él es que se gana la vida haciendo espectáculos pornográficos de sadomaso gay en “Yoghi y Bubu”, el bar de ambiente que hay justo bajo la casa de Civo. Parece que esto sí se le da bien e incluso le permite ir pagando sus deudas con el Maligno.

*          *          *

Hace tiempo que se rompió mi mesita de noche TIMBALTM. Fui de los primeros en comprarla, pero no para acompañar al conjunto de dormitorio SINQUINPISTACHONAITTM, sino porque como nada de lo que me podía permitir me resultaba bonito, sintiéndome condenado, en consecuencia, a comprar algo feo, decidí comprar, de lo que entrase en mi presupuesto, lo que me resultase más horroroso. Para bien o para mal, siempre deseamos lo que más. Su vida en mi habitación fue breve, el engendro de Ügur no pudo soportar el peso de una edición de bolsillo de El principoide, obra satírica que arremete contra El principito, escrita, El principoide, por el inefable Jacinto Millo Bueno del Monte y Ocaña, y que tiene la misma envergadura, hablando del objeto libro, que aquel que trata de ridiculizar. Hubiese quedado desolado por este hecho, pero, para aquellos que vivimos a salto de mata, la vida siempre depara sorpresas, y en el momento en que mi TIMBALTM se autodestruyó mi presupuesto para una nueva mesita de noche era mayor debido a un dinero que cobré y con el que no contaba. Así que me fui a que me hicieran la mesita de noche de mis sueños a la carpintería de Lucano.

Lucano sobrevivía bien. Quiero decir que llegaba a fin de mes como todos, apretado y mirando a ver si le habían pagado, aunque con la particular e idiosincrásica forma de vivir esta realidad que tenemos los que trabajamos por cuenta propia. Cierto que sus muebles, hechos por encargo, tienen precios elevados, pero también es cierto que su calidad viene en gran medida garantizada por el tiempo y el buen oficio que Lucano pone en su trabajo, y eso hay que pagarlo. O sea que cobra mucho dinero por un mueble que ha tardado mucho tiempo en hacer, una cosa compensa la otra y, al final, para Lucano no es tanto dinero, lo suficiente para vivir. Mientras tanto Ügur se estaba forrando todavía gracias a ingenuos como yo.

Yo quería una mesita de noche que me durase al menos el doble que la mesita de noche TIMBALTM y que resistiese el peso de un paquete de pañuelos de papel, ya si soportaba el de un libro gordo mejor que mejor. Pero, como suele acontecer, no tenía muy claro lo que quería. Lucano no hace muebles en serie con lo que tenía que explicarle cómo quería la mesita de noche, pero yo no lo tenía claro. Por suerte, Lucano es un gran profesional y eso se nota.

Nota mental: mañana por la mañana viene Lucano a casa para ver donde va a ir la mesita de noche y hacer un diseño oportuno, ¡ordena y limpia un poco!, ¡jodío guarro! Así, Lucano llegó, vio y diseñó. En pocos días tuve una preciosa mesita de noche, sobria y funcional, como el resto de mis muebles, capaz de soportar el peso de media biblioteca y con unos cajones que da gusto abrir y cerrar, pasan por sus rieles como si no existiese rozamiento.

*          *          *

Hace ya tiempo, aunque ya no tanto tiempo, que Lucano consiguió, y aceptó, el rango de maestro. Ügur ya había caído en desgracia, se rumorea que incluso tuvo la desfachatez de pedirle trabajo a Lucano, y que su cara volvió a adoptar ese parecido con los pistachos cuando se entero de su ascenso, es muy malo sentir envidia. El resto nos alegramos. Para celebrarlo, Lucano llamó a algunos clientes para los que había hecho los trabajos que él consideraba mejor acabados. Llamó, por supuesto, al señor Tonelero por la mecedora que le hizo, a Rrrr por un armario, a Itálico Martínez por un banco de trabajo portátil, a Civo por un atril, a Salva y Rifia por un mueble de salón con estanterías y espacio para la televisión, el DVD, la consola y la vajilla... y ¡a mí!, por la mesita de noche. Nos pedía fotografías de sus obras con las que decorar su taller, a modo de exposición, para la celebración de su fiesta. A todos los que nos fue posible, incluso llevamos el mueble en sí mismo en lugar de una fotografía, así la exposición ganó en calidad.

Calidad, decía emocionado uno de los maestros que habían nombrado a Lucano un igual, en discurso a favor del nuevo colega, dedicación, amor al trabajo bien hecho y talento, esta es la combinación... Poco a poco las palabras de alabanza del maestro se tornaban blablabla y me vi salvado por Lucano.
 - ¿Vienes a fumarte un porrito? Tengo una marihuana extraordinaria.
Me quedé un poco sorprendido y le pregunté sino había dejado todas esas cosas.
 - Bueno, sí, durante una buena temporada, pero ahora me fumo uno de vez en cuando, que tampoco hay que ser un histérico del sí ni del no. Además, esta marihuana está muy buena.
Me encogí de hombros, ¿qué se le va a hacer?, y pregunté interesado,
 - ¿De verdad está tan buena esa marihuana.

4 comentarios:

mientrasleo dijo...

He terminado con una sonrisa.
He releído hacia atrás y tengo que decirte que me gusta cuando te extiendes. Ganas una barbaridad en matices, no hablo de descripciones directas sino entre líneas.
Me ha llevado sin darme cuenta.
Un beso

Félix dijo...

Bueno supongo que no es sólo una cuestión de extensión sino que este es de los más recientes que tengo (y a lo tonto tiene como seis años), supongo que a base de escribir algo se aprende. El desafío más gordo lo tengo con el próximo, que todavía no está escrito, aunque sí los siguientes, ya veremos si consigo retomar el tono y que te siga gustando.

Una vez más muchas gracias por pasarte, leer y comentar.

Freak king dijo...

Grande como siempre, divertido y fácil de leer, ojalá hubiera más escritores así.
Además, es esperanzador ver que el inútil recibe su merecido y el habilidoso se lleva la gloria, aunque sea en el Barrio

Félix dijo...

Hmmmm, es muy interesante eso que comentas de que es un relato esperanzador, no lo había mirado nunca desde esa óptica, pero es coherente con el momento vital en que encontraba cuando lo escribí. Esto es lo mejor de los comentarios, aportan nuevas perspectivas.

Se aceptan muuuuuuuuchos más ;)

Gracias por leer y comentar Freak King