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domingo, 28 de agosto de 2011

UNA DE... meretrices. (VII): Alalud


Ser inmortal es baladí;
menos el hombre, todas las criaturas lo son,
pues ignoran la muerte;
lo divino, lo terrible,
lo incomprensible, es saberse inmortal.

Borges, J.L.

Pocas cosas funcionan, en el Barrio de las Putas, tan bien como la Organización de Meretrices. En serio, es increíble lo eficaces y celosas de sí mismas que son estas mujeres (hombres y transexuales incluidos, aunque estos dos colectivos tienen una representación porcentual mucho menor). Como tantas otras cosas que acontecen por aquí, quizá debiera haber hablado antes de ello, pero entonces no podría haber hablado de otras cosas. Dice el dicho que nunca es tarde si la dicha es buena, y, aunque se me ocurren serias objeciones a esta aseveración, de momento, como me viene bien, me voy a agarrar a ella.

No es hoy, sin embargo, el mejor momento, para contar la historia de esta Organización. Por motivos que no vienen al caso, considero que he de contar dicha historia un poco más adelante. Eso sí, no mucho más.

Pero la Organización de Meretrices lleva un buen montón de años en activo, y de ello se beneficia todo el mundo. Empezando por las Putas, que están amparadas y, nunca mejor dicho, organizadas; acabando por la sociedad que las rodea, que se ha librado de muchos de los inconvenientes atavicos que se asociaban a este oficio; y pasando, lógicamente, por todo aquel que hace uso de sus servicios, que ahora son mejores en todo.

Hablar de la Organización de Meretrices, la Omer para los amigos, en este momento es inevitable. Sin ella la historia de Alalud habría sido dramáticamente distinta. Y eso que la historia de Alalud es, ya de por si, realmente dramática.

Alalud era una de esas Putas que tenía más éxito entre los puteros de fuera del Barrio que entre los impenitentes putañeros de la vecindad. Ella venía ejerciendo desde hace muchos años, desde antes incluso de la Omer. Empezó siendo muy joven y, como tantas otras en aquella época, de un modo nocivo para sí misma y para lo que la rodeaba.

De niña Alalud tuvo una vida horrible. Su madre murió al darla a luz y quedó sola con su padre y su abuelo. Aquel pagó todas las frustraciones por la muerte de su esposa con ella. El abuelo, viejo verde como pocos, le enseñó todos los misterios del comercio carnal antes que las palabras o el caminar. De niña preadolescente se enfrentó, como tantos otros, al canto de sirenas que suponen las drogas y, en sus paraísos artificiales, encontró la redención de todos los fantasmas que la asolaban.

Alalud no tenía desarrollado, nadie le había explicado siquiera esa posibilidad, el sentido de la vida, de su continuidad y de la oportunidad de cambio. Así, descubierto el remanso de felicidad y calma que le suponía la heroína, se dejó caer en la más tremenda de las adicciones sin plantearse que pudiera haber opciones, otros modos de vida. La vida real pasó a ser para ella un infierno al que retornaba de cuando en cuando. Una dura prueba en la que estaba dispuesta a lo que fuera con tal de conseguir otro de esos paquetillos que la devolvían al valle de la calma.

Así que, teniendo en cuenta que la heroína no sólo es poco recomendable sino también un vicio caro, acabó obedeciendo ciegamente a uno de esos proxenetas que había por aquí en aquella época, que le mantenía la adicción a cambio de prostituirla y quedarse con los beneficios. Obviamente, este modo de vida en el mundo irreal y doloroso que existe fuera del universo de los sueños, se le hacía cada vez más intolerable. La vida es círculo, ciclo, repetición... o espiral.

Los hados se conjuraron a favor de Alalud y de todas las, muchas, que estaban como ella. Una revolución en el Barrio de las Putas acabó con la creación de la Omer y la desaparición de esa horripilante forma de esclavitud contemporánea.

Alalud nunca tuvo, ni creo que llegue jamás a tenerlo, claro el modo en que sucedió. Una mañana despertó del trance de un modo diferente al que estaba acostumbrada. No había gritos ni patadas. No se veía la cara gorda y repugnante, comida de cicatrices y venas enrojecidas, de su chulo. Por contra se encontró con la sonrisa amable de una mujer, compañera de oficio pero con mejores condiciones de trabajo.

De repente su vuelta al mundo de los vigiles le había llevado a una realidad que no conocía. La trataron con cariño, le ayudaron a lavarse bien por primera vez en su vida, le dieron ropa adecuada a su cuerpo y deliciosa comida como jamás hubo comido. Le explicaron, aunque no llegó a comprenderlo, que ya no tendría que volver a prostituirse si no quería. Que una vez se hubiese recuperado de su enfermedad le ayudarían, si quería, a encontrar otro trabajo. ¿Qué enfermedad?, se preguntaba ella. La respuesta no se hizo esperar.

No pasó demasiado tiempo, a penas unas horas, hasta que sintió en toda su intensidad desgarradora la llamada de su paraíso. El caballo exigía su retorno a las llanuras del sopor eterno. El dolor era muy intenso y, efectivamente, se parecía a una enfermedad, un terrible castigo divino. Alalud, ignorante, pensó que se debía a algún fallo en el orden de la existencia que la había llevado a despertar en un mundo que no le correspondía, un mundo amable, de gente que la trataba como si ella fuese alguien importante, alguien que cuenta, alguien que puede ser.

En su pequeña y pobre concepción del mundo, que nadie se había molestado en refutar, el mono era la llamada del mundo al que realmente pertenecía, del que había escapado por error y al que no estaba dispuesta a volver, al menos de momento. Supo, lo sabia, era imposible que no lo supiera, que la heroína era el camino de vuelta al infierno en el que había vivido. Rechazó de este modo, a pesar del dolor, de la inseguridad y del miedo a lo desconocido, el retorno a aquello que ya conocía. Sin saber como, eligió otro mundo cuya existencia ni sospechaba hasta entonces.

Afortunadamente para ella, su periplo por el lado más oscuro de la drogadicción no le había dejado enfermedades ni secuelas físicas incurables. Los siguientes meses los empleó, bajo los cuidados de la recién fundada Omer, en recuperar su cuerpo y su espíritu.

Por desgracia las heridas del alma no cicatrizan con tanta facilidad como las de la carne. Así Alalud pronto adquirió el aspecto saludable que le correspondía por su edad, todavía a varios meses de la veintena, pero no acabó de recuperarse del daño espiritual.

Cuando ya empezaba a ver el mundo tal y como es, o tal y como lo ve la mayoría, que viene a ser lo mismo, las compañeras de la Omer le ofrecieron que pensara en lo que quería hacer con su futuro. Fue aquí donde su pasado dio la cara. A pesar de haber sido en casi todo una outsider, nadie escapa del todo al sistema de categorías que impone en nuestro entorno la religión mayoritaria. Y la categoría más nociva, la más perniciosa de todas las ideas que promulga, la tenía, como tantos otros por aquí, grabada al fuego en las circunvoluciones de su cerebro. La culpa. Ninguna guerra ha hecho jamás tanto daño como ese sentimiento que a todos nos han inculcado, de un modo u otro, y que no todos son capaces de superar. Alalud sucumbió a ella. A la reina de los mecanismos para el control masivo de la conducta. La vergüenza, la culpa, ¡quien es puta un día lo será toda la vida!.

La nueva vida, la redención del infernal polvo inyectable, la evasión de la esclavitud, le parecían lo mejor que le había pasado nunca. Había asimilado todo lo que le habían contado. Sabía que no había más que un mundo y que la dualidad química es un engaño. Lo que no consiguieron que comprendiese es que se podía dedicar a otras cosas y que la Omer la apoyaría hasta que consiguiese esa nueva vida y, más allá incluso, estaría con ella si tenía problemas que pudiesen llevarla hacia atrás en el camino que ya había recorrido. Ella denegó las ofertas, no aceptaba opciones, y la Omer ya había contado con ello.

Muchas de las implicadas en la Omer no estaban, ni por asomo, dispuestas a dejar la prostitución. Solo querían perder de vista a los chulos, que ya lo habían conseguido, y mejorar sus condiciones laborales. Para ello instruyeron a Alalud, y a otras que, como ella, estaban dispuestas a seguir ejerciendo, sobre sexo seguro. Les enseñaron que, por mucho que les ofrecieran, nunca estaban obligadas a ir con quien no quisieran, ni a hacer lo que no quisieran. Les enseñaron como evitar el contagio de enfermedades. Recibieron instrucciones precisas. Un pequeño porcentaje de lo que ganasen iría destinado a la Omer que siempre les garantizaría asistencia legal y medica, así como un retiro digno cuando ya no pudieran seguir en ello.

Tras casi un año apartada de la calle, Alalud volvió a ejercer. Esta vez por voluntad propia, por decirlo de algún modo, sobria y armada de conocimientos que le ayudarían a evitar problemas. Estaba contenta, por fin su vida tenía un sentido, un respaldo y, sobre todo, estaba verdaderamente en sus manos.

El tema es que, como ya dijimos, Alalud no había conseguido superar la culpa ni el eterno mensaje: tú eres culpable, no vales para... no mereces que... ¡puta!. Esa emoción negativa empezó a oxidar los férreos principios de prevención que le habían facilitado. La culpa, y el sentimiento de autodestrucción que de ella se deriva, hicieron que Alalud, una noche, cediese a la propuesta de un cliente.
- Te pago el doble si me la chupas sin condón y te lo tragas.

Esta primera infracción de las normas pronto empezó a ser moneda de cambio cotidiana en su trabajo. Sus compañeras la avisaron de todos los modos posibles pero como, en las pruebas medicas periódicas por las que pasaban todas las miembros de la Omer, no daba señales de contagiarse de nada, pronto Alalud se montó la firme creencia de que todo cuanto le habían contado era una exageración más basada en el miedo y la buena voluntad que en hechos reales. Así que lo que empezó como algo esporádico basado en la presión externa de un cliente, e interna del sentimiento de culpa, acabó siendo una costumbre. Un extra que ella ofrecía a todos sus clientes.

Esto es lo que la hacía atractiva para los puteros lejanienses, al tiempo que los del Barrio, más en contacto con la Omer y conscientes de cuanto sucedía, preferían a otras más rigurosas con la seguridad.

Siguiendo con el refranero, se dice que tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. Ahora habrá quien me acuse de moralizante, de estar con las doctrinas de la religión mayoritaria y de cosas por el estilo. Bien, adelante, ¡injúrienme!, pero en el ultimo chequeo medico que se hizo Alalud como prostituta, salió positivo en el test del VIH. Alalud estaba infectada con el virus del SIDA.

Tal y como los resultados estuvieron listos, la Omer reclamó su presencia y la jubilaron, evidentemente mucho antes de lo que hubiera sido natural. Aún no contaba con veinticinco primaveras.

Pronto fue instruida sobre el mejor modo de sobrellevar la enfermedad, las cosas que ya sí que no debía hacer y lo que sí podía hacer sin problemas. Evidentemente ya no podía seguir ejerciendo y, aunque confundida, llegó a la conclusión de que la única forma de borrar su culpa era con un castigo de semejante magnitud. Se relajó y se dispuso a ver pasar la vida en el refugio para Putas retiradas de la Omer. Ya sólo le quedaba descansar y cruzar los dedos para bienmorir.

No contaba, en cualquier caso, Alalud con que en el refugio de la Omer se le iban a plantear retos nuevos. Alguien tenia que encargarse de llevar a buen puerto el barco que es la Omer. Nunca Alalud se había preguntado por su funcionamiento interno. Pronto descubrió que eran las jubiladas, demasiado mayores o enfermas, las que hacían que aquello siguiese a flote. A ella le tocó un puesto que podía desempeñar sin mucho esfuerzo pero con gran efectividad. Esto le dio un nuevo sentido a su vida.

Gracias a los preparados de Natuschka y a su actividad en la Omer, así como a cuidarse a consciencia, Alalud empezó a vivir, paradójicamente, mejor que nunca. Desde dentro de la Omer se enteró de que había unas terapias de grupo donde otros infectados con el virus del SIDA hablaban de sus experiencias y se daban ánimo, consejos y cariño unos a otros. Nadie te entiende mejor que los que tienen tu mismo problema.

Aquí es donde acaba nuestra historia y, por suerte, de momento con un final feliz.

Contra todo pronóstico Alalud conoció en el grupo a Tulo, un joven más o menos de su edad, también seropositivo, que se enamoró de ella. Ella no se lo quiso creer, eso sí que no le había pasado nunca, pero él consiguió convencerla. Primero la convenció de que era verdad, después la convenció para que se enamorase de el y, finalmente, para que se fuesen a vivir juntos.

A día de hoy Alalud mantiene su trabajo en la Omer que le da para ir tirando y vive con Tulo, a pesar de la enfermedad que comparten, una vida de pareja que le proporciona una nueva y desconocida felicidad. Por primera vez en su vida Alalud siente esa agradable sensación que le había sido negada desde la cuna, querer y ser querida.

2 comentarios:

peregrintuk dijo...

como siempre, me encanta tu estilo directo y llano, que hace que no puedas dejar de leer hasta el final.
la historia, como siempre, da que pensar. no voy a ir comentando mis interioridades por ahi, solamente decirte gracias; esta historia me vino bien.

Félix dijo...

Muchas gracias, me alegra el día que te haya venido bien leer el cuento, es de las mejores cosas que puedes esperar cuando alguien lee algo tuyo que, de algún modo, le ayude en su vida.