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viernes, 29 de julio de 2011

UNA DE... camareros. (VI): Marco, Polo, Remio y yo en la Ciudad

Pero, ¿no son notoriamente falsos los sueños
de los poetas y los relatos de los viajeros?

Lovecraft, H.P.

La “Taberna 19” está poblada por muchos personajillos de lo más curioso, con el atractivo añadido de ser la mayoría de ellos residentes en el Barrio de las Putas. Personajes del Barrio de pura de cepa. Allí paran y viven parte de sus vidas en la sana y alegre compañía de los vecinos que por esos andurriales nos congregamos. El agudo lector hace ya tiempo sabe de algunas de las virtudes de tan excelso lugar y de las historias que por allí se cuecen con lo cual puedo ir al grano sin preocuparme más por los preámbulos. Sólo decir que considero que Lisandro debiera tener en cuenta toda la propaganda que le hago, que no es poca, como mejor le parezca. Espero que el lector no moleste porque aproveche esta tribuna que yo mismo me estoy construyendo y que tan generosamente contempla.

Bien, pues a lo que vamos. Creo que nunca he hablado de ellos en estas paginas hasta ahora, pero eso no quiere decir que no existiesen. Esto me genera una cierta inquietud, pues, a pesar de su realidad inapelable en la vida cotidiana del Barrio, Marco, Polo y Remio no habían tenido entidad en su reflejo escrito hasta este momento. Ahora, por contra, empiezan a tomar forma en la cabeza del lector y dan sus primeros pasos como seres existentes en la ficción que imita la realidad, su realidad. ¡Dioses babilónicos! ¡que trabajo más enorme! Tomo consciencia de algún modo que se me escapa de que nunca Marco, Polo y Remio serán en el papel más que una imagen deformada de lo que son en realidad. Espero que no se enfaden con lo que tengo que decir pues, una noche, me fui de marcha con ellos.

Cualquiera diría mil cosas al respecto.
- Pues normal, ¿no dices que los conoces?, pues te fuiste a tomar unas copas.
- ¿Y a mí que me cuentas, cuando llega la escena de sexo?.
- Perdone, por favor, la calle Emperador.
- Te lo pasaste de arte, ¿que no?.
Este ultimo es el que conoce a Polo, Remio y Marco. El que sabe de ellos y de las juergas que siempre cuentan.

Los tres amigos son camareros en otros bares del Barrio, o de fuera. Polo curra como un loco, yo creo que es el que más trabaja de los tres, o al menos esa es la impresión que a mí me da, en una cafetería muy bien puesta justo en los confines del Barrio. Tan limítrofe con el resto de Ciudad Lejana está que su clientela es mayormente gente foránea que ni siquiera sospecha que al tomar café en tan pijo lugar se está adentrando en el terrible Barrio de las Putas. Como no podía ser menos, Polo está puteado al máximo. Echa más horas que un reloj estropeado, de esos que van más rápido de lo que deben y cuentan diez o doce horas más por día, y, como le corresponde, cobra una mierda. Menos mal que es un tío sencillo que no necesita demasiado, cuando sale del trabajo por la noche se pasa un rato por la “Taberna 19” a ver a los amigos, se toma un refresco y se va a acostar pronto pues al día siguiente le espera siempre una jornada laboral del doble de horas de lo que es natural y saludable. Aun así el tío se organiza y se pega sus movidonas con sus compinches, más quien quiera apuntarse, e incluso ahorra para irse de vacaciones con Remio a algún país lejano lleno de gigantescos monumentos e historias fascinantes.

Remio también trabaja como un loco, pero su situación es más cómoda que la de Polo. Él trabaja en un reputado bar de tapas, que funciona de escándalo, en gran medida porque el sitio está muy bien en todos los aspectos que un negocio de estas características debe estarlo. Buen ambiente, buenas tapas, buen servicio y buenos precios. ¿Quién da más? Su ubicación, en un callejón muy transitado, y transitable, del Barrio de las Putas también es de mucha ayuda. Un poco más allá empieza lo que fuera de aquí se consideran sitios sórdidos... Permita el lector que me ría. Je, je, je. Continuemos. El bar donde trabaja Remio, “Las Palomas”, es además, un negocio familiar. De la familia de Remio. Por eso, aunque también trabaja mucho, sus condiciones de trabajo aparentan ser más sobrellevables que las de Polo. Remio también aparece por la “Taberna 19” tras cerrar su bar, pero él sí se toma unas copas y se relía con la gente hasta más tarde. En su bar no dan desayunos con lo que no abren hasta medio día, esto le permite trasnochar. A mí me encanta hablar con Remio que es un gran aficionado a viajar. El tío ha estado en medio mundo y en todas partes se ha hecho fotos meando. Playas paradisíacas, antiguos países con civilizaciones paralelas a la nuestra, las más importantes ciudades del corazón del Imperio de la Hamburguesa... la lista es enorme. Lo ultimo que me ha contado y ha hecho, de momento, ha sido un viaje con Polo que casi nos mata de envidia a los habituales del bar a un país lejano de tradiciones milenarias y monumentos de insuperable tamaño y esplendor, en los cuales, por supuesto, también ha sido fotografiado orinando.

Finalmente, Marco es quien trabaja fuera del Barrio de las Putas y, si he de ser sincero, no tengo demasiado claro en que consiste su trabajo ni su bar. Salgo tan poco de aquí que nunca he estado por donde él curra. ¿Qué hago? ¿te miento?. Sé seguro que está en el Barrio de la Religión Maldita. Es curioso, todo el mundo en Ciudad Lejana está orgulloso de ese lugar, que si que bonito, que si tiene un encanto especial... todo turista que pase por la ciudad acaba recalando allí. El pamplinoso espíritu del lejaniense medio(cre) tiende a convertirlo en rapsoda que atormenta con cutres pseudopoemas a todo el que puede, y uno de los temas favoritos de estos individuos es, sin dudas, el Barrio de la Religión Maldita. Aunque en dicho sitio ya no viven adeptos a esa fe. Fueron expulsados hace siglos. Eso sí, sus hermosas casas y su fascinante Barrio se los quedaron los adalides de la Religión Verdadera... No tengo ganas de entrar en teologías, pero me veo forzado a decirlo. Los de la Religión Verdadera eran unos capullos y los de la Religión Maldita reciben este nombre de aquellos. Ellos se autodenominan de una forma más respetuosa y acertada.

Volviendo a Marco, lamento no poder contar más de su trabajo. Es camarero de un bar de aquel Barrio, que es realmente hermoso todo sea dicho, pero cuando vuelve al Barrio de las Putas por la noche no tiene ningún tipo de ganas de hablar de ello, comprensiblemente. Por contra, siempre está dispuesto a departir durante horas sobre cualquier tema, máxime si es uno de sus temas favoritos, el cine o las mujeres.

Pero la conversación favorita de estos tres mosqueteros de la bandeja redonda, cuando se juntan cualquier noche en la “Taberna 19”, es siempre de la misma índole: que bien nos lo pasamos el fin de semana pasado o, en su defecto, que bien nos lo vamos a pasar el fin de que viene. Más de una noche, y más de dos, hemos malgastado juntos inmersos en este tipo de conversaciones. Ellos siempre cuentan sus aventuras en los bares y discotecas que llenan de luz y emoción la noche lejaniense. Yo, y mis compañeros habituales, escuchamos y reímos sus anécdotas. Itálico Martínez siempre habla de cómo, antes de venir al Barrio, participó de esas historias nocturnas, incluso conoce algunos de los lugares donde el trío acostumbra ir. Rrrr, por supuesto, también conoce aquello. Civo, en su pedestal, escucha, sonríe, participa, pero se mantiene alejado. El y yo somos los más reacios a acercarnos a Ciudad Lejana.

Las historias que cuentan pasan, indefectiblemente, por luces estroboscopicas, hermosas mujeres que caen rendidas a sus pies, locales de todo tipo, copas, alguna que otra sustancia, risa, diversión y amaneceres cefaleicos en sudadas camas extrañas. Con mayor o menor similitud, dependiendo de lo buena que estuviese la niña en cuestión, la música que les pusieron, u otros detalles baladíes más, siempre cuentan la misma historia. Eso sí, divertidísimas. Siempre se lo han pasado de miedo y más todavía que se divierten contándolo.

Supongo que era inevitable, puesto que yo soy una persona extremadamente curiosa, que acabara aceptando una de sus continuas invitaciones para acompañarlos en una de sus excursiones en pos de la diversión nocturna en la Ciudad. El lector quizá se indigne. ¡Que te fuiste a Ciudad Lejana!, entonces ¡que mierda de cuento del Barrio de las Putas me estás contando! Querido lector, no le falta parte de razón, pero la historia empieza y acaba aquí, en el Barrio de las Putas y, nos guste más o nos guste menos, esto está casi en pleno centro de Ciudad Lejana. ¿Qué puedo hacer yo? La elipsis sería demasiado brutal, lo siento mucho, tengo que hablar de ello. Si no le gusta le invito amablemente a que no lea el resto de la historia, eso sí, bajo su propia responsabilidad pues creo que es bastante interesante.

Una noche de lunes Remio y Marco hablaban entusiasmados, como siempre, del fin de semana recién extinto. Lisandro los escuchaba con cara de interés. Yo también me acerqué y me dejé atrapar por la historia. Civo, Itálico Martínez, Rrrr y los demás aun no habían llegado. Polo había ido a dormir directamente desde el trabajo, tras el fin de semana no tenia fuerzas ni para tenerse en pie. Precisamente de eso estaban hablando. Pero, para poner una nota de color, Polo se había ido de llanero solitario y no había contado con sus compinches de todas las semanas. Marco y Remio, que aun sin su tercer elemento lo habían pasado en grande, ya tenían más repasadas sus peripecias y sus, como diría Remio, dancings. Cuando yo me uní a la conversación todo era especulación en torno a Polo. ¿Qué habría hecho semejante individuo, solo, durante el fin de semana, que no podía ni dar una vuelta después de currar?
Directo al sobre, niño, - decía Lisandro que lo había visto pasar horas antes y le había preguntado, - eso sí, con una cara de felicidad que lo flipas.
Todo eran dudas.

Dos días más tarde se resolvió el misterio, por fin llegó Polo y contó a todos su historia. Era bastante simple. Llevaba meses preguntándose cómo sería un local que veía siempre en una calle alternativa a las que solían recorrer al salir de marcha por la Ciudad, el “Mira como bailo”. Había insistido mucho a Remio y Marco para ir, y estos habían insistido más en que aquello no merecía la pena, con mil excusas basadas en nada. Así las cosas, en un arranque de individualidad que algunos creían imposible en él, Polo pasó de sus aliados y decidió que no le iba a pasar nada por romper con las cadenas de la cotidianeidad. Sin más, cuando cerraron la cafetería el viernes, se fue con un compañero de trabajo a tomar una copa por la Ciudad y luego, lo tenia todo calculado, lo convenció para ir allí. ¡Al paraíso!

Aquí la aventura de Polo empezó a resultar interesante, se les veía claramente en las caras, a Marco y Remio. Polo narró un oasis de lujuria y diversión, un universo paralelo habitado casi en exclusividad por mujeres de hermosura inenarrable dispuestas a todo por un poco de conversación, un baile y una o dos copas. Los limites de la decencia, que sospecho haber sobrepasado en más de una ocasión, se verían seriamente transgredidos si contase toda la historia que refirió este personaje sobre el “Mira como bailo”. Vamos que hasta a mí me entraron ganas de ir. No te cuento a Remio y Marco.

No fue, sin embargo, hasta un mes y medio, o algo así, después que yo me apunté a ir con ellos. Durante todo ese tiempo escuché contar mil y una maravillas del “Mira como bailo”, de cuanto se habían divertido, de las tías que se habían ligado, lo fácil que era y lo buenas que estaban, ¡top models, coño!, del ambiente tan maravilloso, música selecta... vamos que si uno quisiera inventarse otra religión, lo mejor sería prometer a los fieles un fin de semana en el “Mira como bailo” tras su muerte, siempre que hubieran seguido todos los preceptos al pie de la letra. Y, evidentemente, Polo era el profeta de esta nueva forma de vida. Así que, de buenas a primeras, obtuvo un protagonismo que siempre le había faltado, siempre un poco a la sombra de sus dos carismáticos compañeros de parranda. Yo me alegré mucho por él, siempre me pareció un nota que, aunque sencillo, era un gran tipo. De este modo, tras semanas de bombardeo en torno a las excelencias del lugar, una noche, habiendo ingerido más cerveza de la media, me dejé reliar para ir con ellos al “Mira como bailo”.

La primera me la llevé, como está mandado, en la frente. Antes que nada tuve que ir a mi casa a afeitarme y cambiarme de ropa porque en los bares y discotecas de Ciudad Lejana no se puede entrar de cualquier forma. Para que los armarios empotrados que tienen estos negocios en las puertas te dejen acceder al local, y para ello además hay que pagar un dineral, tienes que llevar puesto el uniforme de salir de noche. La más mínima desviación de la norma que ellos establecen te vale una desagradable sesión de no puede usted pasar (usted es basura, esto queda implícito), que puede acabar contigo reventado en el suelo si al individuo en cuestión se le ocurre que dejarte fuera no es suficiente castigo por tener personalidad y decide pegarte una paliza para que nunca más te salgas del rebaño. En mi Barrio a esto se le llama con una palabra muy fea que no voy a transcribir.

Así pues, hube de disimular mi capacidad de reflexionar por mí mismo y expresarlo como mejor me venga en gana y disfrazarme de borrego que cruza los dedos para que el pastor licántropo no se huela el engaño y lo despedace a la luz de la luna llena. ¡Oju que miedo!

Llegamos al local, intenté poner cara de yo soy uno de los vuestros, y, de algún modo milagroso, previo pago de una jugosa cantidad, me dejaron pasar.

El sitio, en efecto, era un hervidero de mujeres que estaban, evidentemente, solas, ¡como para estar acompañadas!. Al principio pensé que había un error y que habíamos ido el día de la vieja, bajita, gorda y fea. ¡Ojo! que yo no digo que estas mujeres no tengan derecho a salir, divertirse, bailar, ligar, follar y todo lo demás. Para nada. Lo que digo es que aquello no era el paraíso prometido, más parecido en mi imaginación a la mansión Bigchurrita que a aquel verídico esperpento de las bellezas que tanto gustaba Rubens.

Quise hablar del tema con mis compañeros, pero la música, por llamarlo de algún modo, estaba a tal volumen que ni gritando me enteraba de lo que yo mismo pensaba. Además, Remio, Marco y Polo, que parecían no compartir mi impresión sobre el asunto, ya se habían olvidado de mí y del resto salvo de sí mismos y de las posibilidades que ofrecían aquellas beldades. Antes que me diera tiempo a nada más los vi dispersarse y acercarse a la que cada uno creyó más oportuna.

Bueno, pensé, aquí se viene a eso, la sala es grande, voy por una copa y quizá por el camino vea algo interesante. En realidad, no sé si pensé esto más o menos porque eso que sonaba no me dejó escucharme con claridad. De camino a la barra del fondo, una vez llegdo hasta aquel antro estaba dispuesto a darle una oportunidad y verlo entero, contrasté in situ que el resto de la concurrencia se adaptaba perfectamente a aquel primer modelo que, a juzgar por la reacción de mis amigos, era el normal en aquel lugar.

Cierto que había también representantes del sexo débil, osea hombres, en el local y, ¿para qué engañarnos? a mí me dieron un poco de miedo. Más parecían camellos, proxenetas y asesinos que gentes que hubiesen salido a dar una vuelta. Yo no tengo nada contra los camellos, se ocupan de darle a gente que quiere algo aquello que otros hipócrita y absurdamente se empeñan en negarles, pero hay camellos y camellos. Los de allí tenían más de dos jorobas. Los que sí que me disgustan son los proxenetas, hace años que estos individuos no tienen cabida en nuestro Barrio, y los asesinos. ¿Qué como sé que esos tíos eran camellos, chulos o matarifes? Bien, eso se ve a legua y si no eres capaz de verlo puedes llegar a tener un problema.

Llegué a la barra sin incidentes. Cierto que el público no era el tipo de gente que más me gusta, aunque también son gente que van a lo suyo, tú no les jodes y ellos pasan de ti.

Tras gritarle siete veces al camarero lo que quería tomar, mi voz consiguió abrirse paso entre el estruendo. Obtuve mi copa y el camarero, sonriendo, me transmitió el precio con los dedos. Entonces, en medio del infernal ruido, se oyó el más estridente y gutural grito de dolor del mundo. El de mi cartera. Pagué y decidí, por si no estaba claro de sobra, que me iba de allí tal y como me bebiese el oro líquido de garrafón que acaba de pagar con los ahorros de toda mi vida.

Me asomé a ver las evoluciones de Marco, Remio y Polo. Cada uno por su lado intentaba conseguir sus propósitos.

Marco, el más guapo de los tres, ya había logrado lo que iba buscando y estaba metiendo mano y besando a una de esas bellezas ancestrales. Sentados en uno de los muchos sofás del local y con las copas sobre la mesa, la pareja empezaba a calentar motores. Dos o tres copas más tarde vendría la pregunta, ¿en tu casa o en la mía?. ¡Bien por Marco! ¡Había triunfado! Claro que el término triunfo siempre depende de la escala de valores de cada uno.

Remio recién volvía de la barra con otra de aquellas cetaceas hermosuras. Copa en mano iban hablando, no sé cómo, de vete tú a saber qué. La estrategia de ligue de Remio consiste en, una vez obtenido el primer acercamiento, acortar distancias hasta el acople. Pero no siempre sale bien. En aquella ocasión debió acercarse más lentamente pues, creo por lo que vi que, a su compañera hubo algo que no le gustó y derramó la carísima copa, a la que acababa de ser invitada, por encima de mi amigo. Este indignado, y a la vista de que aunque gritara ella no le oiría, le hizo un corte de manga y se volvió a hablar con otra. La que estaba más cerca. Le enseñó la mancha, sonrío y la invitó a acompañarle a la barra para costearle una copa, a ver si colaba. Admiro, por encima de cualquier otra cosa, la tolerancia a la frustración de Remio.

Polo tiene un arma secreta. Dicen que nunca falla. Polo tiene un pene enorme, descomunal. Al menos eso se cuenta por ahí. Él se acerca, habla un rato, paga una copa e invita a la que esté interesada a palpar el tema. Parece ser que ante el asunto es difícil que las interesadas renuncien. Cada uno a su manera, ¿qué no?. Me entretuve un rato viéndolo de lejos hablar con tres de aquellas esteatopigias féminas. Al cabo de un rato dos de ellas palpaban, con cara de sorpresa, por encima del pantalón.

Seguí bebiendo mi copa, que me estaba durando menos que lo que se tarda en ganar el dinero para pagar la mitad de ella, y busqué a Remio con la mirada. Estaba bailando con otra mujer distinta, distinta porque era otra no porque se saliera de la norma del sitio, y parecía haber acertado por fin con el modo de acercamiento pues la besaba con fruición mientras se cogían el culo el uno al otro al compás de aquella cosa que sonaba.

Marco y Polo ya no estaban a la vista, a Remio le quedaba un pelo para desaparecer y mi copa estaba exprimida hacía rato. Me dolía la cabeza y no encontraba ningún motivo para permanecer allí. Camino de la puerta me abordó la que probablemente fuese el paradigma de mujer de aquel local, la más en todo. La más fea, la más gorda, la más vieja y la que tenía la cara más dura.
- ¿Me invitas a una copa, guapo? -consiguió decirme entre los decibelios.
No lo pude remediar, me salió del alma y le dije:
- Te buscas trabajo y te la pagas tú.
No sé si me oyó o entendió lo que le que quería decir por mi cara, pero se dio la vuelta sin decir nada más y se fue a otro lado. Yo aproveché para huir de aquel sitio no sin antes prometerme a mí mismo que jamás volvería. A día de hoy la promesa sigue cumplida.

Al día siguiente, cuando llegué a la “Taberna 19”, todo el que vio que me iba con estos tres quería saber como me había ido. Yo dije que bueno, que aquello no era lo que yo esperaba y me había vuelto pronto porque a mí esos sitios no me gustan. Me preguntaron si estos tres también se habían vuelto o si habían tenido suerte.
- Cada uno tiene la suerte que se busca y quiere - respondí y me negué a seguir hablando del tema.

Cuando más tarde Remio, Polo y Marco aparecieron contaron sus peripecias de la noche anterior. ¡El local estaba mejor que nunca! ¡Que música más maravillosa! ¡Que pivitas más guapas!.
- ¡Que mamón este!, - dijo Remio refiriéndose a mí - pues no que se le acerca la mejor tía de todas y coge y pasa de ella, ¿tu que te has creído, chaval?.

Lo cierto es que, echando cuentas, si me hubiera quedado con aquella mujer, entre invitarla a una o dos copas y lo que ya llevaba pagado, me habría costado tres veces más que visitar a Loty. Para colmo aquella era solo una aficionada que no me gustaba en absoluto, mientras que esta es una profesional superatractiva (en mis términos, que parecen no ser universales). Supongo que cada uno cuenta sus historias como mejor le parece para disfrutarlas al máximo y hacer que los demás también disfruten.