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jueves, 17 de marzo de 2011

UNA DE... piratas. (II): El cruel corsario Arcafosiol


Bajel pirata que llaman, por su bravura, el temido,
en todo mar conocido, del uno al otro confín.

 - J. Espronceda.


Los cuentos del Barrio de las Putas no estarían completos sino narrase algunas de esas viejas historietas que las madres cuentan a los niños para dormirlos y que están ambientadas en nuestro querido Barrio. Claro que ello exige un poco de investigación para encontrar la forma más interesante de exponer una aventura que, aún cuando todo el mundo la conoce, en cada casa se cuenta de una manera distinta. Esta es una idea que recién se me ocurrió y fue a raíz de una acalorada discusión que tuvimos la otra noche. No hace falta que te insista mucho para convencerte de que es verdad que estábamos en la “Taberna 19”, supongo que lo que a estas alturas te sonaría extraño sería que estuviésemos en algún otro bar como pueda ser el “Obabakoak”. Es por ello que, estando en nuestro marco habitual, la gente de siempre y en el estado acostumbrado, nos pusimos a discutir sobre la piratería y sus nefastas implicaciones. Vamos, que Civo, Turulo, Itálico Martínez y yo, con un medio punto de cerveza y tal y cual, en la “Taberna 19”, nos pusimos a darle vueltas a la última novedad que había acontecido por aquí: la noche antes Rastapopoulos había recibido una paliza de espanto mientras volvía al Barrio después de hacer su ruta diaria por Ciudad Lejana, y luego habían destrozado con bates de béisbol, muy del Imperio de la Hamburguesa los agresores, su laboratorio.

Rastapopoulos es uno de esos personajes silenciosos que pululan por el Barrio de las Putas.Silencioso porque no llama demasiado la atención a primer golpe de vista. Personaje porque ha heredado en su persona la épica legendaria de la figura del pirata, aunque está pasada por el tamiz de los tiempos modernos en los que los antiguos bucaneros más podrían ser denominados musicorsarios.

Su nombre verdadero no es, ni por asomo, Rastapopoulos. Este es su alias para la vida piratil, y por él ha acabado siendo ampliamente conocido allende nuestras fronteras. Su nombre de pila es Pepe, Jose no sé qué para ser exactos. Parece que a Rastapopoulos no le estimulaba ser conocido por Pepe el pirata, quizá demasiadas oclusivas, por lo que adoptó un nombre más sonoro y rimbombante que creía haber oído en alguna parte y que estimaba más sugerente de cara a la actividad que se disponía a desempeñar. Si hubiese sido otro tipo de persona se habría preocupado de averiguar de donde provenía el apelativo que adoptó, el mero hecho de no haberlo hecho le dejaba mal cuando, preguntado por su origen, aseveraba que se trataba de un nombre que se remontaba en su árbol genealógico a la época en que su tataratataranosecuantosabuelo, el de la túnica, era amigo íntimo de Aristóteles. El pobre Rastapopoulos no tenía ni idea de quién había sido el tal Aristóteles, ni siquiera sabía que veinticuatro siglos nos separan del filosofo, igual que ignoraba que su nombre lo había sacado de un comic de Tintín que, siendo él un niño, le contó un amigo. Él continuaba ufano luciendo su peculiar apodo mientras las risas se multiplicaban a sus espaldas. Tristemente también sembraba la admiración entre mucha gente que quedaba incluso bastante impresionada tras conocer a un descendiente directo de un amigo del grandísimo Aristóteles, aquel famoso pensador que inventó el telescopio a pesar de la Inquisición y las maquiavélicas intenciones de sus enemigos, un ignorante denominado Sócrates y el malévolo y bigotudo loco ese, ¿cómo se llamaba?, ¡ah, sí!, Nietzsche. En fin, al menos la imagen de Sócrates no queda muy distorsionada entre las comidillas populares, algún día habrá que explicarles que además era un tipo muy feo, pero por el momento saben lo suficiente. Rastapopoulos es feliz, Aristóteles, Sócrates, Nietzsche y Hergé están muertos y por mucho que se quejen no se les oye, y Civo y yo nos reímos cada vez que escuchamos a Rastapopoulos intentando deslumbrar a alguien con su pedigrí.

Desde que salieran al mercado las grabadoras de CDs, Rastapopoulos había estado montando un emporio de copias masivas de música para vender a bajo precio y de beneficiosos exclusivos para él. Tenía un local lleno de ordenadores con cientos de estos aparatos instalados. Allí pasaba las noches y parte las mañanas haciendo copias que luego vendía en Ciudad Lejana y por el Barrio. Tenía un catálogo de miles de títulos para elegir desde Bach y Paganini a Malevolent Creation u Obituary, pasando por Guns´n´Roses y Julio Iglesias. Lo suyo era un negociazo, duro pero productivo, pues a cada disco que encajaba le sacaba un mil por cien de beneficio y vendía bastante.

Hacía su ruta diaria. Cada día de la semana tenía unos lugares con los que cumplir, allí entregaba los pedidos hechos la semana anterior y recogía los nuevos. Algo así como un club del libro en versión semanal y musicorsariomorfa. Tenía sus centros de distribución, que solían ser bares, donde acudía puntual al encuentro de sus progresivamente más numerosos clientes. Un negocio próspero aunque maldito, siempre pendiente de la policía que podía acabar con su carrera. Curiosamente el palo no le vino por ahí sino por otro lugar del que no se lo esperaba. Pero eso vendrá luego, antes vamos a contar un cuento de piratas de los de verdad, los de las películas de Errol Flynn y los libros de Salgari, que surgió al hilo de nuestra conversación sobre lo que le había pasado a Rastapopoulos y que trata de un pirata de leyenda autóctono de nuestro Barrio, el cruel corsario Arcafosiol.

Tantas vueltas le estaban dando mis amigos a la aventura de Rastapopoulos que no pude por menos que recordarles el hecho de que la piratería y el Barrio de las Putas han estado unidos desde antes llevar esos nombres. Todos consintieron.
- La historia del cruel corsario Arcafosiol es un auténtico y genuino cuento de piratas. - Expliqué y todos me asaltaron a preguntas.
He de reconocer que, como ya dije, esta es una historia que habría que investigar y relatar con propiedad, pero no puedo resistir la tentación de ser el centro de atención, así que como me empezaron a acosar a preguntas, y yo estaba imaginativo, les fui respondiendo mezclando las ficciones que recordaba haber oído alguna vez, con ficciones que inventaba sobre la marcha, y que parecían coherentes, con algunos datos verídicos que tenía preparados pues, ya te contaré luego porqué, intuía que el tema aparecería en breve en nuestras conversaciones y me gusta tirarme el moco de que sé muchas cosas.

Itálico Martínez es un buenazo, un ser extraordinario y un artista boligráfico como nunca hubo otro. Esto no le salva de sí mismo, de ser un cotilla irreverente e irremediable. En consonancia con su naturaleza lo primero que preguntó fue por los amores de Arcafosiol. Yo, dispuesto a afrontar cualquier dificultad con tal de hablar durante horas para un público atento, relaté la curiosa historia de los amores del cruel corsario Arcafosiol.

- Otrora, las cosas eran muy distintas a nuestros días en miles de aspectos fundamentales y en millones de cosas pequeñas. Comprenderéis que Arcafosiol vivió en el siglo XVI y en aquel entonces no tenían luz eléctrica ni televisión ni radio y lo más parecido al Internet que llegaban a imaginar era el correo que iba de ciudad a ciudad a lomos de un caballo, el sistema de postas que le llamaban. Esto, que parece obvio, a veces se olvida y distorsiona la correcta comprensión de los hechos. Pero hay algo que nunca ha cambiado, al menos desde hace un montón de tiempo, desde antes del Libro Gordo de la Religión Mayoritaria. El ser humano no se reproduce por esporas y, para que tengamos interés por la reproducción, la Madre Naturaleza ha ingeniado un método infalible para que sintamos la imperiosa llamada del acto reproductor. Todos sabemos cual es el sistema pues todos sabemos el inmenso placer que deviene de las relaciones sexuales. Arcafosiol, hace quinientos años, también se lo sabía bastante bien. Dicen que tenía su residencia aquí, en el Barrio de las Putas, que ya por entonces era tal. Parece que el pirata era un putañero de los buenos, de los de a diario.

Aquí venía una pausa para añadir dramatismo que Itálico Martínez no pudo resistir.
- Pero entonces, ¿no estaba enamorado de una joven bella de elevada clase social por cuya correspondencia hubiera de meterse en mil aventuras trepidantes? - Dijo el impaciente artista boligráfico.
- El amor que tú buscas es un invento de Petrarca y no fue conocido por aquí hasta más tarde. - Apostilló Civo, el tío es una enciclopedia con patas.
- En verdad que no estaba enamorado, pero sí que fingió estarlo. A raíz de ello tuvo una inmensa aventura que puso de manifiesto lo malvado que era con sus enemigos y la poca vergüenza que gastaba. - Añadí yo, que tenía que defender mis fueros para no perder la atención que había conseguido.
- Cuéntanos por favor. - Pidió Itálico Martínez, deseoso de cotilleos fuesen de cuando fuesen.
- Bien. - Me concentré en la historia que estaba a punto de inventarme sobre los cuatro retazos previos que tenía.
Carraspeé, que siempre sienta fenomenal antes de empezar una parrafada de grandes dimensiones, y dejé que mi piquito de oro funcionara solo.
- El cruel corsario Arcafosiol era un forajido, había sido condenado a muerte en un par de países y en la isla de los bebedores de té tenía a su peor adversario, Smith. Por aquella época Smith era un apellido de mucha enjundia y relevancia social. Smith era un viejo burgués que comerciaba, por vía marina, con el continente. Estos negocios ya le daban papeletas para ser víctima de las actividades de Arcafosiol cuando estaba en el mar, pero es que, para acabar de arreglarlo, había un odio atávico entre ellos que se remontaba a las épocas en las que Smith, el padre de Smith, había hecho su esclavo al abuelo del cruel corsario Arcafosiol. Varias generaciones más tarde el nieto del esclavo se vengaría en la figura del hijo del burgués. Ya sabemos que el ser humano funciona así y que este tipo de patrimonios fundamentan odios que pueden devenir en guerras raciales o, peor todavía, en partidos de fútbol sangrientos. Precisamente por esto las naves de Smith eran la presa favorita de Arcafosiol y el señorón teinómano, que lo sabía, cargaba de mercenarios sus barcos para defenderlos. ¡Que deleite para un corsario cruel y sanguinario que los barcos de su archienemigo le presentasen resistencia! Luego, si algún mercenario se ofrecía a cambiar de camisa lo recibía con los brazos abiertos, se emborrachaban juntos, celebrando el triunfo, con ingentes cantidades de vino tinto. Finalmente el mercenario acababa colgando de los pies, suspendido del palo mayor, rajado de arriba a abajo como si fuese un cerdo y con las tripas colgando mientras se desangraba, estrategia que había aprendido de Giovanni Pendenccieri, un colega italiano. Por algo le llamaban cruel al corsario. Sin embargo, los supervivientes del abordaje que se entregaban como prisioneros tras la derrota, lejos de ser asesinados o vendidos como esclavos, eran liberados en el puerto más cercano al que se pudiera acercar el “Goleto”, el barco de Arcafosiol, sin riesgo de ser apresado. Arcafosiol apreciaba y premiaba el valor. Además de algún modo tenía que crecer su leyenda y Arcafosiol no era muy listo, pero tampoco tonto y con el paso de los años había aprendido que cuanto más fama tienes más se comporta la gente contigo respecto a esa fama. La eterna profecía autocumplida.

- Todo eso está muy bien, pero ¿y la historia de amor que me habías prometido? - Itálico Martínez estaba visiblemente ansioso por llegar a ese punto.
- A eso iba, porque resulta que Smith tenía una hija en edad casadera.
Itálico Martínez pareció quedar satisfecho con el giro que acaba de darle a la narración.
- Continúa, por favor.
Tanta atención como mostraba la concurrencia me estimulaba a seguir, así que no me hice mucho de rogar.
- La bella Bella era el ojito derecho de Smith. A la postre, el orgulloso padre, ciudadano de pro, había acabado siendo nombrado alcalde la ciudad costera en la que residían y desde la que regía sus negocios. Esta posición le permitía soñar con emparentarse con la nobleza mediante un matrimonio de conveniencia entre su hija y algún lord o semejante. La bella Bella era su única descendencia, su mujer murió al darla a luz y él se negaba a reconocer a ninguno de sus bastardos como hijo legitimo, además ya estaba mayor para plantearse nuevos escarceos amorosos en pos de aumentar la familia. Su semilla ya no era tan fuerte y, ¿cómo decirlo que no suene obsceno?... no sé. El tema es que no se le ponía dura.

La concurrencia rió ante mi supuesta incapacidad para encontrar un eufemismo valido y yo callé algo fundamental, que el chiste venía preparado desde casa. Me alegré entonces de haber leído e interiorizado el interesante ensayo Del uso de la palabrota y la expresión vulgar , intercaladas en un discurso poco atractivo y técnico, para conseguir escasos instantes de atención y éxito social del admirado A. J. L. Buenos consejos contiene tan magna obra para los buscadores de atención y admiración constante.

Tras el chascarrillo continué mi apasionante invención.
- De tanto que amaba Smith a su hija, la bella Bella, la fama se extendió por toda la isla de los bebedores de té y gran parte del continente. Lo cierto es que la bella Bella era realmente hermosa.
Al llegar a esta parte observé como la cara de Itálico Martínez denotaba mayor interés si cabe con lo que intenté una descripción que cuadrase con las expectativas de mi querido amigo.
- Era una joven de diesipocos años. Alta para ser mujer y bien formada. Se cuenta que tenía dos pechos enormes y redondos como dos sandías, pero que a pesar de su tamaño eran firmes como una piedra. Hoy día cualquiera pensaría que son de plástico, pero entonces solo podían denotar una lozanía y energía juvenil casi infinitas. Curiosamente se cuenta que era morena de piel y de oscuros cabellos negros, esto es algo raro hoy día en aquella isla, no te digo entonces. Al parecer la única hija legitima de Smith era bastarda pues su madre la había engendrado con un sirviente. El orgullo impidió que el cornúpeta la repudiase públicamente y, con el tiempo, aceptó el engaño como si fuese una realidad y pensó en ella como si realmente fuese sangre de su sangre. La mente humana tiene unos recursos alucinantes cuando se trata de aceptar lo inaceptable.

El introducir el cotilleo de la bastarda hija legítima fue un éxito entre mi audiencia que pronto rompió en comentarios de todos los colores. Civo, como siempre, intentaba desmontar mi historia diciendo que no tenía ni pies ni cabeza. Menos mal que Itálico Martínez estaba entusiasmado con ella y, sin si quiera acabar de escucharla, ya la defendía a capa y espada haciendo proselitismo de mi persona como narrador extraordinario. Turulo, por su parte, aprovechaba la confusión para explicarles a Rrrr y al Garga, que acababan de llegar, de que iba el tema. Yo empleé el descanso sabiamente, me fui al cuarto de baño con excusa de estar reventando y puse a funcionar la quijotera a marcha forzada, tenía que encontrar como seguir tan absurda historia.

A mi vuelta todos, incluso los nuevos, esperaban impacientes que continuase con la narración. Unos por que les estaba gustando y otros para ver como desenmarañaba el embrollo tan extraño que estaba montando. Pero yo he leído a Emilio Salgari con lo que no es tan fácil cogerme cuando me pongo a crear un popurrí de historias piratiles, je, je, je. De modo que les conté las nuevas pamplinas que se me habían ocurrido.

- La merecida fama de la bella Bella era tal que, como no podía ser menos, llegó a oídos del cruel corsario Arcafosiol que tuvo una idea, no inmediatamente, porque era muy valiente pero no muy listo, pero sí en pocos meses. Lo mejor que podía hacer era secuestrar a la hija de Smith, eso era. Una vez secuestrada la pretendería amorosamente y cuando ella cayera loca de amor a sus pies iría a pavonearse de su logro erótico en la cara de su enemigo. Este era un plan arriesgado para él, no sólo tendría que secuestrar a la bella Bella en su propia casa, para acabar de darle interés tendría que enamorarla. Este último punto era complicado porque Arcafosiol follaba mucho pero o bien pagando o bien violando a las damiselas que esporádicamente aparecían en los barcos que abordaba. Algunos dicen que llevaba siempre entre la tripulación un par de chavalitos que le servían para no acumular trabajo durante las largas travesías, pero esto no está demostrado científicamente. El caso es que el cruel corsario Arcafosiol, merced a las muchas batallas navales en las que había participado, tenía una pata de palo, un garfio por mano izquierda y una amplia cicatriz que le afeaba bastante. Vamos que era más feo que el pie de otro.
Civo tosió estentóreamente, era su forma de reivindicar su autoría sobre la expresión que yo le acaba de plagiar. Así es la vida y el género humano, amigo Civo, uno piensa y millones se aprovechan.
- Poco o nada importa ahora como lo planeó y puso en marcha la expedición que habría de conseguir el secuestro de la bella Bella. Lo realmente trascendente es que se hicieron los planes con prisas pues, igual que había llegado la noticia de la existencia de la apetecible adolescente, los cotilleos provenientes de la isla de los bebedores de té auguraban su próxima boda con un sir de gran renombre por allí. Renombre, por cierto, bastante impronunciable por aquí. Por ello, en esta parcela del universo que habitamos, es conocido por un nombre más normal, sir Isidoro.

La historia funcionaba con sus oyentes y yo no sabía muy bien la causa, pero me regocijaba ante ello. La chorrada del nombre impronunciable fue muy reída y yo aproveché para una nueva escapada. Necesitaba tres cosas fundamentales, a saber: respirar un poco, otra cerveza que tenía la boca seca y, ¿cómo no?, tiempo muerto para pensar en lo siguiente que iba a narrar. Me acerqué, con el pretexto de la cerveza, a la barra y le pedí la bebida a Lisandro.
- Una birrita para una garganta seca.
- ¿De qué os reís tanto? - Preguntó intrigado.
- Lo verás en mi próximo cuento. - A estas alturas ya había determinado que todas estas chorradas las iba a poner por escrito.
- Entonces mejor no saberlo. - Contestó mientras me servía el líquido elemental para la existencia en los bares.
Un poco ofuscado por su respuesta, pero sabiendo por donde continuar, volví a la mesa con mis oyentes.

El Garga es el cantante de L´ardiente Sangrienta. En realidad se llama Jose Manuel Gargantaprofunda Arias, pero le dicen el Garganta lo que, abreviando aún más, se quedó en el Garga. Al igual que Turulo y el resto del grupo es un tío muy heavy metal con lo que las historias épicas le encantaban. Supongo que por ello, y porque junto a Rrrr era el que menos tiempo llevaba escuchándome no parar de hablar, me pidió encarecidamente que siguiese con el cuento sin apenas darme tiempo a sentarme.

- Todo fue planeado precipitadamente debido a la inminencia de la boda de la bella Bella. Para que el golpe fuese perfecto, el cruel corsario Arcafosiol quería secuestrarla cuando todavía no estuviese usada, le decía a sus bucaneros. A pesar de las prisas el plan fue muy detallado y preciso. Su ejecución, además fue perfecta. Llegaron a orillas de la isla de los bebedores de té una tarde de primavera, tres días antes de la boda. Esa noche atracaron cerca de la ciudad donde vivía, y cuya alcaldía ostentaba, Smith. Del barco bajaron dos sombras embozadas en capas negras. Eran el cruel corsario Arcafosiol y su segundo Trapero. Normalmente se dice que alguien es la mano derecha de otro, no era este el caso. Trapero era la mano izquierda de Arcafosiol, pues era la que este no tenía. - Todos me escuchaban en tensión, no te puedes hacer una idea de lo emocionante que es eso. - Cruzaron en silencio la ciudad, escondiéndose por los rincones y esquinas menos iluminados. Sus caras estaban en todos los carteles de “se busca muerto o desmembrado” de modo que era mejor actuar con precaución. Llegaron a casa de Smith sin mayor problema. Un par de putas le habían tirado los tejos por el camino y, como ellos no entendían su idioma, pensaron que era un peligro. Pero ellos, caballeros ante todo, solucionaron rápidamente la incertidumbre creada con unos amables cortes de cuello realizados con la maestría de dos expertos genuinos.

El degüello de las dos putas creó revuelo de nuevo entre la concurrencia, les había tocado la fibra sensible. Pero yo ya estaba en racha y no iba a permitir que ahora me interrumpieran. Emocionado con la historia, y quizá también con la cerveza, gesticulé todo el secuestro y, no sé muy bien como, acabé saltando sobre la mesa, justo antes de que Lisandro determinara que ya había estado bien por esa jornada y nos mandara, con todo el cariño del mundo, a tomar por el culo.

Ya fuera de la “Taberna 19” decidimos irnos a la escalera del conocimiento para que siguiera con la historia. A estas alturas hasta Civo tenía curiosidad por saber en qué iba a acabar la cosa. Por el breve camino me asaltaron a preguntas sobre como fue el secuestro. Me había emocionado tanto que no les había quedado muy claro lo que les intentaba contar, eso sí, se habían reído muchísimo.

Llegados a la escalera del conocimiento, y harto de preguntas, decidí que lo mejor era retomar la historia por el asalto a casa de Smith y que todo quedase claro. De este modo me acomodé y recomencé por vez número pi elevado a équis.

- Arcafosiol y Trapero entraron sigilosos por una ventana del primer piso. La casa estaba a oscuras pero aún así se movieron con cuidado. La habitación de la bella Bella estaba en el primer piso y la escalera de madera tenía toda la pinta de crujir con solo mirarla fijamente. Para colmo de males la puerta de al lado de la escalera estaba abierta y de ella salía una tenue e inquieta luz. Al asomarse a ver que había dentro, el cruel corsario Arcafosiol comprobó que se trataba de la biblioteca y en ella, a la luz de unas velas, Smith leía un viejo volumen. Estaba de espaldas a la puerta y hubiese sido muy sencillo matarlo sin hacer ruido, pero el pirata decidió que ya habría tiempo para eso después de humillarlo públicamente.

Todos mis amigotes me miraban de nuevo con atención y yo, que se me había olvidado como conté el secuestro antes y necesitaba tiempo para improvisar, propuse que alguien fuera de excursión a la tienda de Ignitius Realmente a por unos litros de cerveza. Tenía la boca seca de nuevo y en la escalera del conocimiento lo suyo es litronear. El Garga se ofreció voluntario para ir con la condición que no contase nada más hasta que él no volviese. Yo acepté como a regañadientes y el resto instó al Garga para que se apresurase. No hacía falta, él ya se había ido impaciente por volver y escuchar el final del cuento.

Nervioso por conocer como quedaba la historia del corsario, el zascandil artista boligráfico mesaba su incipiente barba. Nunca había sido Itálico Martínez excesivamente allegado a las cuchillas de afeitar, pero últimamente ya era la pera. Se estaba dejando crecer una barba que, a pesar de que todos la identificábamos con la de Karl Marx, le acarreaba comentarios maliciosos y de escasa gracia, del tipo “¿ahora has descubierto a ZZ Top?” o “¿qué pasa con tu rollo, David el gnomo?”. Lo cierto es que su fama de genio del arte boligráfico empezaba a crecer más de lo que él mismo se daba cuenta de modo que, inconscientemente, buscó darse un cambio de imagen que hiciese su efigie reconocible entre la masa de rostros anónimos como ya hicieran Groucho Marx con su bigote pintado, Nietzsche con su bigote exagerado o Einstein con sus pelos eléctricos.

Llegó el Garga y hube de continuar mi relato, ansioso ya por acabarlo pues se me estaban acabando las ideas.
- Con sumo cuidado subieron a la alcoba de la bella Bella y entraron sin hacer ruido. Allí estaba ella, la bella, durmiendo plácidamente, con su fino camisón sobre la piel desnuda, dejando que se adivinase el vello de su magnífico monte de Venus y con los pezones que parecían apunto de reventar marcándose contra la tela. Se acercaron a ella continuando con el sigilo y la amordazaron. En esta operación ella se despertó y empezó a forcejear y gritar lo que podía, teniendo en cuenta que estaba casi amordazada. Arcafosiol acabó de atarla y se la echó al hombro justo en el momento en el que entraban dos guardas, armados hasta los dientes, en la alcoba. Tras ellos, también alertado por la escandalera, llegó Smith con el tiempo justo para ver como el cruel corsario Arcafosiol, el más peor de todos sus enemigos, huía por la ventana raptando a su hija, el más mayor de sus tesoros, lo único que ya le importaba en esta vida. Mientras Trapero se peleaba a muerte con los guardas. Consiguió reducir a uno y rajarlo de costado a costado, pero estando en ello el otro lo atravesó con su vil acero dejando exánime sobre el suelo a la mano izquierda del malvado pirata. - La muerte de Trapero no convenció mucho a la concurrencia, pero lo siento, yo tenía que hacerlo para darle dinamismo y verosimilitud al asunto. - Arcafosiol logró huir y llegar al “Goleto” con su presa. Una vez allí la nave zarpó sin más dilación y la secuestrada fue encerrada en un camarote especial para el evento. Para cuando las tropas que había mandado Smith en persecución del pirata llegaron a la playa donde estaba el barco, este se hallaba ya camino de alta mar. - El final del secuestro sí les gustó y fue públicamente celebrado con comentarios de aprobación.

Mi ego estaba suficientemente satisfecho y, de hecho, no tenía ganas ninguna de continuar inventándome historias de piratas. ¡Maldita la hora en que se me ocurrió empezar con esto!. Pero una vez empezado no tenía más remedio que acabarlo pues mis amigos no perdonarían que los dejase en suspenso hasta el día siguiente.
- Sigue, por favor, ¿en qué quedó la cosa? - Presionaba Itálico Martínez.
No me quedaba otra, acabé el litro de cerveza que tenía más cercano y me dispuse a seguir.

- Lo primero que hicieron los piratas tras su huida victoriosos con la hija del cacique, fue emborracharse seriamente a la salud del colega caído en la acción de esa noche. Cualquier excusa resultaba igualmente buena y considerada por estos rufianes para rendir culto a Baco. Esa noche Arcafosiol se sintió extraño, tenía la sensación de haber sacrificado más de lo que iba a ganar en esta aventura. De este modo, enojado consigo y triste sin saber muy bien por qué, se fue al camarote de la bella Bella. Se las pagaría todas juntas. Una vez en el camarote ella se mostró altiva y orgullosa, exigiendo su inmediata liberación y todas esas cosas tan típicas. Nada que un par de guantazos no solucionaran de momento. Sin mucha preocupación Arcafosiol arrancó el camisón de la bella Bella que, cuando comprendió lo que se le venía encima, suplicó que se apiadara de ella. “¡Solo soy una niña! ¡Aún soy virgen!”. Arcafosiol la miró con ojos divertidos. “Conque virgen, ¿eh?. No te preocupes que eso tiene solución”. Acto seguido todos los que aún no estaban tan borrachos como para no poder ponerse firmes formaron una cola en la puerta del camarote y, uno a uno, fueron entrando y violando a la pobre joven. Pasados ya varios piratas la desdichada muchacha dejó de sentir nada pues, de pura repugnancia se desmayó.

Las caras de la audiencia reflejaban el desagrado con esta parte de la historia. Pues que me expliquen entonces a qué creían que se dedicaban los piratas con sus secuestradas ¿a jugar al mús?. Vi, no obstante, que el efecto había sido lo suficientemente contundente como para permitirme concluir la historia sin mayor dilación y sin recibir muchos abucheos por ello.

- Cuando la bella Bella despertó se sintió dolorida, ultrajada y sucia. Su cuerpo estaba lleno de moratones, sangre, babas y esperma secos. Nunca antes se había sentido tan mal. Entonces encontró la mano amiga de Arcafosiol. El cruel pirata que la entregara a sus agresores, ahora le tendía una sonrisa amable. La ayudo a lavarse e insistió en que se tranquilizara, eso no le volvería a pasar. Y así fue. Durante un largo viaje, en el que los piratas hicieron de las suyas con un par de barcos que habían salido tras ellos para tratar de rescatar a la hija de Smith, la bella Bella no volvió a ser violada por la tripulación del “Goleto”. Eso sí, todas las noches recibía la visita del insaciable capitán que, en pocas noches, la instruyó en las artes amatorias más dispares.
La cara de Itálico Martínez era digna de ver. Se olía la historia de amor y estaba emocionado por tener al fin lo que quería, tras una espera tan larga sometido a las barbaridades que a mí me había dado la gana de soltar.
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Mis amigos me conocen y saben que era un final rápido y de compromiso por que ya estaba harto del cuento. Pero Itálico Martínez no se cansa nunca y, a veces, no se da cuenta de ciertas cosas. De modo que me preguntó por el después.
- ¿Fueron felices y comieron perdices?
No sé si le miré con cara iracunda demostrándole explícitamente la poca gracia que me hacía seguir dándole vueltas al tema, o decidí obviarlo y que se diese cuenta de lo inoportuno de su comentario cuando, posteriormente, lea estas líneas. En cualquier caso le contesté porque se me ocurrió, de momento, un final simpático, e inapelable, para la historia de marras.

- Arcafosiol se mosqueó un poco de no haber sido él con su propia espada el que segara la vida de Smith, pero por otro lado tenía todas las de ganar pues era, de buenas a primeras, heredero legítimo de todo el patrimonio de su enemigo. El nieto del esclavo desposeía al hijo del cacique. No le disgustaba nada la idea. De este modo pusieron rumbo a la pequeña ciudad de bebedores de té donde estaban tan excelsas propiedades esperando a un propietario. A pesar de las reticencias lógicas nadie pudo evitar que la pareja tomase posesión de lo que era legalmente suyo y el corsario acabó siendo alcalde y prohombre de la pequeña ciudad costera. Pasaron los años y la bella Bella empezó a molestar a Arcafosiol tanto en la casa como en la cama. El seguir llamándola la bella Bella era cuestión de costumbre pues lo único que le quedaba de su belleza de antaño era el volumen del pecho, ahora marchito y caído. Además ya le había dado descendencia, con lo cual lo principal ya lo había cumplido; una vez más se demuestra que en el fondo a todo el mundo le preocupa lo mismo. Su antigua vida de putañero indolente le seguía llamando con lo que, igual que el resto de los caciques locales anteriores, sembró el puerto de bastardos, y esto su mujer no lo llevaba muy bien. Pensó que era hora de deshacerse de ella. Pasó unos días buscando la mejor, y menos sospechosa, forma de eliminarla. Un buen día, tomando un té que le había preparado su amante esposa, creyó dar con la solución a su problema y bramó enormes risotadas de regocijo que, de repente, se convirtieron en estruendosas toses y juramentos en varios idiomas que aprendió en su vida de pirata. Al parecer la bella Bella tampoco estaba especialmente a gusto con su consorte y determinó que era el momento apropiado de ponerle fin a tan desafortunado matrimonio. Durante el entierro de su honorable marido, la desconsolada viuda estableció el compromiso de contraer matrimonio con el aún dispuesto sir Isidoro. No es bueno que una mujer esté sola sin un hombre y si, ya de paso, se introduce una en la nobleza pues mejor que mejor.

Ahora ya no podía nadie preguntarme más por el pirata. Me adelanté a Itálico Martínez y le expliqué que nunca he sabido que fue de la bella Bella ni de los hijos de Arcafosiol. Aún así el bueno del artista boligráfico me preguntó por todo cuanto había quedado en el aire. Mis amigos discutieron sobre la historia. Unos a favor, otros en contra, y yo, cansado, desconecté de la discusión y me dediqué a litronear mientras pensaba en nada. Era hora de ir a casa y nos despedimos.

Cada uno tiró por su sitio de modo que yo me fui a casa con Turulo y el Garga que van en mi misma dirección. ¡Por fin! Ya tenía yo ganas de coger a estos dos en solitario y hablar con ellos. Estaba tan cansado que no tenía ganas de andarme con rodeos, pero necesitaba saber si era verdad lo que yo creía así que les pregunté directamente.
- Habéis sido vosotros, ¿verdad?.
No me lo iban a poner fácil, se hicieron un poco los nuevos. Que si no sé de qué me hablas, que si nosotros no hemos hecho nada... ¡Pamplinas! Odio que me obliguen a ser tan claro cuando no hay necesidad.
- Fuisteis vosotros los que le disteis la paliza al pobre Rastapopoulos. Os habéis pasado un poco, ¿no?.
Se vieron cogidos y lo reconocieron. El resto del camino hasta mi casa lo hicieron balbuciendo excusas y pidiéndome por favor que no se lo dijese a nadie. ¡Serán ilusos! ¡Para una vez que pasa algo interesante y me entero el primero, ellos pretenden que no lo cuente!. Al final les dije que quizá simplemente lo metería en un cuento y se quedaron más tranquilos yo no sé por qué, si mis cuentos los lee el Barrio entero. Cuando entraba en el portal el Garga me preguntó como lo supe.
- Muy fácil, me di cuenta que últimamente Rastapopoulos había metido vuestros discos en su catálogo y que los vendía más que vosotros mismos. - Les dije y subí riendo las escaleras que llevan a mi casa.
Lo que no les dije, y a lo mejor haría bien callándomelo ahora, es que yo fui el primero en pedirle a Rastapopoulos las copias de esos discos. Pues anda que no cuesta caro un CD como para ir por ahí derrochando en discos de gente que lo que tenía que hacer era regalarte una copia que para eso somos amigos. Y si no que por lo menos me hubiesen metido en los agradecimientos, que siempre se olvidan de mí los muy mamones.

3 comentarios:

Rocío dijo...

Félix, una vez más, me has sorprendido. Me encanta como escribes, esa manera que tienes de decir las cosas. Lo haces de un modo tan inteligente, tan reflexivo y con unos toques de humor tan peculiares... Eres ingenioso donde los haya e ingenioso como tú solo. Interesante relato. Todo un arte el de la improvisada inventiva, más aún con tan veraz resultado. Ante el clima de expectación creado en la "Taberna 19", a la par que los amigos del narrador, yo también escuchaba con atención las aventuras del cruel corsario Arcafosiol. Dejé volar la imaginación y viajé en el tiempo sin demasiada dificultad ya que tus palabras facilitan el traslado a la época. Por cierto, muy bueno lo de introducir el tema de la pirateria musical justo en una de piratas, lo que a ti no se te ocurra...

Me quedo con: "¡Que deleite para un corsario cruel y sanguinario que los barcos de su archienemigo le prestasen resistencia! Luego, si algún mercenario se ofrecía a cambiar de camisa lo recibía con los brazos abiertos, se emborrachaban juntos, celebrando el triunfo, con ingentes cantidades de vino tinto. Finalmente el mercenario acababa colgando de los pies, suspendido del palo mayor, rajado de arriba a abajo como si fuese un cerdo y con las tripas colgando mientras se desangraba, estrategia que había aprendido de Giovanni Pendenccieri, un colega italiano. Por algo le llamaban cruel al corsario. Sin embargo, los supervivientes del abordaje que se entregaban como prisioneros tras la derrota, lejos de ser asesinados o vendidos como esclavos, eran liberados en el puerto más cercano al que se pudiera acercar el 'Goleto', el barco de Arcafosiol, sin riesgo de ser apresado. Arcafosiol no era muy listo, pero tampoco tonto y con el paso de los años había aprendido que cuanto más fama tienes más se comporta la gente contigo respecto a esa fama. La eterna profecía autocumplida."

"Así es la vida y el género humano, amigo Civo, uno piensa y millones se aprovechan."

Félix dijo...

¿Qué puedo decir sino gracias Rocío? Es un placer encontrar tus comentarios, ver que sigues ahí pendiente y que no te aburren ni decepcionan las novedades.

Rocío dijo...

El placer es mío. Desde que leí el primero de tus relatos, ya supe que iba a seguir pendiente de ellos y que no me iban a aburrir y mira que yo tengo el defecto de aburrirme rápido, pero con tus Cuentos ese tal aburrimiento, ya de entrada, tiene la batalla perdida. Sí que hay algo que me "decepciona" y es el hecho de tener que esperar otro mes para leer el siguiente (la paciencia, que no es lo mío). La verdad es que, como ya te han dicho por ahí, saben a poco.