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sábado, 16 de octubre de 2010

Otros personajes entrañables (y IV): El ardiente Ignitius vs el maestro Segismundo



¡Fuegoooooooooo!

  - Popular. Palabra utilizada para informar de un incendio.


Marisa Realmente ganó, a finales del siglo pasado, un peculiar premio. Peculiar no por la dotación económica, bastante substanciosa y cargada de ceros a la derecha, sino por la hazaña que realizó para conseguirlo. Batió el record del mundo de tiempo hablando sin parar por tres teléfonos móviles simultáneamente. Semejante proeza le llevó tres meses, cinco días, diesisiete horas, cuatro minutos y un puñado de segundos, durante los cuales habló sin parar por los tres terminales, uno en cada oreja y otro frente a la boca con el manos libres puesto. Evidentemente, esta ordalía da ella misma para contar mil historias y chacarrillos, de hecho, desde entonces, Marisa Realmente se dedica a hablar una y otra vez de ello con todo aquel que se presta a escucharla, y con quien no se presta también. Habla y habla, y habla y habla, y parece que no supiera hablar de otra cosa, puede llegar a ser muy cansina, lleva treinta y tantos años hablando de lo mismo. Es por ello, y porque no tiene demasiada importancia para lo que hoy voy a contaros, que no voy a entrar en detalles aquí. Lo relevante es que, tras su triunfo, Marisa volvió al Barrio de las Putas para celebrarlo cogiéndose una monumental borrachera que le llevó a rematar la fiesta encamándose con uno que, bajo los báquicos efluvios del ron dulce con limón, lima y angostura, le pareció un Adonis. A la mañana siguiente, cuando la felicidad se transformó en dolor de cabeza, el atractivo compañero de cama se había metamorfoseado en un engendro que, para colmo, ni siquiera le había echado un buen polvo. En resumen, una de esas noches que es mejor olvidar, y Marisa Realmente se alegró de que la borrachera le ayudase a no recordar demasiado. Sin embargo, los hechos se conjuraron en su contra y se quedó con un recuerdo de esa noche para toda la vida al que puso Ignitius y que, como no tenía padre reconocido, llevó el apellido materno. Esta es la historia de la concepción de Ignitius Realmente que sería baladí de no ser porque al nacer los presentes comprobaron aterrados que el niño había nacido con una increible mutación. Tanto tiempo sometida a las ondas electromagnéticas de tres teléfonos móviles había causado daños irreversibles en su ADN, daños que provocaron que su primer y único hijo le naciese monstruito.

El ADN es una cosa muy curiosa, supongo que ya sabes de ello. Es algo que tenemos por todas partes del cuerpo y que lleva escrita la información de como se tiene que comportar hasta la última de nuestras células. Vamos, así por encima, más o menos, que suele decirse. Cuando se produce un cambio en el contenido de esas células se pueden dar mutaciones en los bebés que hereden semejante desaguisado en el cual las células hacen lo que les viene en gana y nadie tiene muy claro por donde puede salir la cosa. Historias de mutantes, reales e imaginarias, crueles o lúdicas, hay miles y para todos los gustos. Desde mutaciones amables que entretienen de un modo sano, a hórridas mutaciones que entretienen saciando la sed de morbo. Así pues, como parece, a tenor de lo expuesto, que las historias de mutantes entretienen, me he decidido a contar la extraña y divertida historia de Ignitius Realmente, el mutante del Barrio de las Putas. Que aquí tenemos de todo y muy bien de precio.

Decíamos que una vez que se tira la ruleta de mover el ADN se puede salir por cualquier parte, aquí jugábamos al rojo y salió de rayas rojas y negras, esto es, que le tocó una mutación de las que podríamos considerar amables, pero que le da algunos problemas muy peliagudos, tanto más cuanto que se antojan irresolubles. El tema es que Ignitius Realmente nació con el peculiar don de hacer arder todo aquello que entraba en contacto con su cuerpo. Por eso Marisa Realmente, que es una guasona, le puso de nombre Ignitius, que manda huevos la cosa. Fijaros el asunto cuando el médico le fue a sacar de su madre y le salieron ardiendo las manos. Un jaleo. Menos mal que Marisa Realmente, cosas que tiene el tema este del ADN, era inmune a los poderes de su hijo. Bueno, inmune, lo que se dice inmune, no es que fuera, pero podía cambiarle los pañales antes de empezar a notar el calor que presagiaba la llama. Por cierto, que ahora que menciono los pañales, el lector dirá que si los pañales no salían ardiendo. La respuesta es que no pues le hicieron unos pañales especiales de amianto. No olvidemos que Marisa Realmente estaba podrida en pasta después de lo del concurso, a lo que hay que añadir que le dieron un buen montón de subvenciones para poder sacar adelante al monstruito. Claro, pobrecita, había tenido un mutante.

Ignitius Realmente no creció como uno más. Cuando jugábamos en el patio del colegio del Barrio se aburría jugando al coger porque nadie estaba tan loco como para intentar cogerle. Eso marca. Pronto, sin embargo, el ingenio de su madre vino en su ayuda con unos trajes de amianto integrales que le cubrían de arriba abajo de modo que nadie sufriera una quemadura al tocarle. Y funcionó, vaya si funcionó, se convirtió en la atracción del colegio. ¡Qué cabrones somos cuando somos niños!. Donde antes nadie quería jugar al coger con él, ahora todos estaban deseando tocarlo. Tocar al monstruito se convirtió en la pasión de los niños del patio de ese colegio mientras los profesores hacían la vista gorda. La cosa llegó al extremo, pasados un par de cursos, de convertirse casi en un rito inciático para los alumnos noveles, que tenían que demostrar su valor mediante esta prueba para poder ser aceptados en la comunidad del recreo. Por supuesto creo que aquello le afectó un poco a Ignitius Realmente a nivel psicológico. Hacía cosas raras. Le gritaba a la gente que se le acercaba. Esto era lo que más asustaba a los párbulos, evidentemente. Amenazaba con quitarse un guante y hacer arder a alguien, pero al final nunca lo hacía por miedo a su madre. Una infancia bastante jodida. Escuché en cierta ocasión a uno diciendo por lo bajini que una vez había cumplido su amenaza, justo coincidiendo con un día que yo estaba malo en casa disfrutando de mi absentismo anginoescolar, y que le había quemado la mano a un tal Ramirez. Con los años la historia se hizo más terrible y, lo más misterioso, nadie sabía quién era Ramirez o que había sido de él. Por supuesto, que nadie lo supiera no era óbice para que se contasen mil historias.

La cosa se agravó cuando llegó a la pubertad, sus hormonas, como las de todos, se volvieron locas pidiendo satisfacción inmediata y continua y se encontró con que, ¡oh!, ¡tragedia!, follar con un condón de amianto y mirar desde una silla como se hace un pollo al horno vienen a ser eventos que producen el mismo placer, salvo en determinadas ocasiones en las que gana por una deliciosa goleada de olores el segundo. Y si el pobre Ignitius Realmente ya estaba frustrado no voy a haceros un dibujo de como se sintió con esto. La cosa se puso muy mala y tuvo que acudir a buscar la ayuda de profesionales.

Como todo problema en esta vida, si tú no sabes qué hacer siempre hay alguien que te lo puede solucionar por un módico precio. Tras unas sesiones de Tarot en casa de Natuschka todo estaba claro. No había nada que hacer con su mutación así que tendría que resignarse y aguantar como buenamente le fuese posible. Lo mejor, a decir de la bruja, era buscarse un trabajo duro, extenuante, que le cogiese todas las horas del día y así no tener tiempo ni ganas para pensar en el asunto. Ante tan curioso consejo, Ignitius Realmente preguntó a la bruja si no conocería algún ensalmo para convocar unas cuantas súcubos que, por aquello de ser seres infernales, lo mismo no ardían y podía sacarse las ganas del cuerpo. Natuschka lo despachó con un extraño comentario sobre las telarañas que no tendría en algunos lugares de su cuerpo si conociera esa receta e Ignitius se marchó dispuesto a seguir su consejo. No se le ocurría nada mejor.

Para no andar con problemas de tener que explicar su mutación en cada entrevista de trabajo, conviene no olvidar que Ignitius Relamente iba con esos trajes integrales de aminto, tadis para los amigos, cosa bastante engorrosa, su madre le montó un negocio propio. Una panadería. A decir de Marisa Realmente es el trabajo en el que más se trabaja y en el caso de su hijo tuvo razón. De siete y media de la mañana a doce de la noche, con un leve descanso para almorzar, siete días por semana, Ignitius Realmente regentaba con éxito su panadería a la vuelta de la esquina de la calle Luminaria. Lo más curioso es que Natuschka acertó y el trabajo sanó a Ignitius Realmente de sus conflictos consigo mismo. Una buena rutina tiránica le quita los pajaritos de la cabeza a cualquiera, así demostró ser en este caso, cumpliendo con la escalofriante profecía que en cierta ocasión oyese proferir a Raimond, uno de los militares que viven por estos andurriales. Además, una paradoja por si alguien quiere la recoja, los litros de cerveza que despachaba en su tienda Ignitius Realmente eran los más fresquitos de todo el Barrio de las Putas.

Fue pasando el tiempo e Ignitius, dentro de su tadi, se fue adaptando a su entorno a pesar de su condición de monstruito, al mismo tiempo que el entorno se fue adaptando a él, aunque fuera con el soborno de una cerveza de a litro bien fría. Y así iba todo. La vida de un encargado de panadería de barrio acaba siendo transitada por miles de historietas y cotilleos que Ignitius Realmente pronto dominó con soltura y elegancia. Resultó ser un zascandil nato, de ahí a la eternidad en la colmena del Barrio de las Putas. Nada hubiera cambiado de no ser por un día en el que todo cambió. Esto es así y no se puede pedir más. Las cosas no cambian hasta que cambian. Y cambian de repente, sin previo aviso, en medio de una conversación.

Ébrula había parado esa mañana, como cualquier otra mañana, a comprarle el pan a Ignitius,
- y un cartón de huevos, pero de los buenos de gallina de granja, no como esos que te venden en el supermercado que los fríes y desaparecen; un litro de leche, entera, que la leche es leche y hay que tomarla cuanto más parecido a como sale de la vaca mejor; el pack de botellines para mi Ronnie, mi marido, que tú sabes, hijo, que al Ronnie le gusta tomarse unas cervecitas viendo el tele y sino las tiene me se va al bar con los amigotes y para qué queremos más; comida de perros para Ronnie, el perro, que no te voy a volver a contar porque el perro y mi marido se llaman igual...; algunos tomates, dámelos bien rojos que los voy a hacer con aceite,ajito y orégano...
y un cuponcito a Obelix el ciego que frecuentaba la puerta de la panadería de marras. Dicharachera como es, turbolengua por definición y cotilla como sólo están llamados a serlo un número muy limitado de personas a lo largo y ancho del Multiverso, Ébrula no tardó en enrredar a Ignitius en una conversación en la que elogiaba la calidad de las bolsas de plástico en las que este daba los productos. Ignitius pasaba muchas horas allí, se aburría tela, no tuvo inconveniente en dejarse reliar por Ébrula y entrar al trapo, vanagloriándose, y afirmando que él siempre buscaba bolsas de calidad para que sus clientes no tuvieran problemas al transportar las compras. Ébrula, siempre con la maledicencia en el ánimo, el auténtico espíritu chijeto del cotilla por excelencia, relató cuanto quiso de las bolsas de otra de las panaderías del Barrio, no diré cual pues la regenta un amigo y no pretendo hacerle mala publicidad, que
- se rompen siempre a mitad del camino a casa y tiene una que acabar llevándolo todo cogido en brazos, sin ver casi el suelo, y, claro, más de una vez me he metido un guarrazo con un escalón que no había visto. Total que calculas mal la distancia y hala, Ébrula al suelo, y los niñatos, los jodíos, en vez de venir a ayudarme, ahí riéndose, y todos los botellines de mi Ronnie rotos por el suelo...
en algún momento de todo este discurso, Ignitius Realmente perdió la pista, su cerebro colapsó. Vamos lo normal si Ébrula te pilla por banda y se pone a hablarte, salvo que Ignitius Realmente tiene un nivel de tolerancia mucho mayor a estas cosas, pero no es de piedra. Hace que las cosas salgan ardiendo, de acuerdo, pero para todo lo demás es un ser humano con un límite.

Como poseído por un demonio miró a Ébrula con ojos de furia y le dijo en tono seco que se fuera a ponerle la cabeza del revés a su puta madre. Ébrula, estupefacta ante semejante insolencia, se enojó y empezó a gritarle a Ignitius Realmente que no tenía vergüenza, que era un degenerado, que si se había vuelto loco. La circuitería de la placa base del cerebro de Ignitius Realmente estaba ya lo suficietemente saturada como para esta nueva sobrecarga, de modo que, instintivamente, se quitó los guantes de su tadi y avanzó hacia Ébrula con claras intenciones de achicharrarla viva. Ella salió corriendo del local. Tras la huida, desde dentro, Ignitius Realmente cerró la persiana.
- Pues no, que mira como que me ha tratado, bueno, mirar no mires, que tú no puedes que eres ciego, pero vamos, que yo te lo cuento. Y por cierto, ¿es verdad que a tí te llaman Obelix por aquella vez que...
Ébrula había encontrado una nueva víctima en la persona del pobre, y también sufrido, vendedor de cupones.

Cuando hubo acabado con Obelix, Ébrula contó la historia a Trini y Laela, por supuesto a Ronnie, a Susa, la vecina de enfrente, y unas cuantas personas más, siempre exagerando un poquito más el incidente. Obelix hizo lo propio con Asterix, que ese sí que es cotilla, con Rrrr que tenía un presentimiento sobre un número acabado en siete, con Braulio López padre que venía de recoger a Braulio López hijo del colegio, y con unos cuantos cientos de personas más que se acercaron en busca de la fortuna. Y además Trini y Laela se lo contaron al señor Tonelero entre otra mucha gente. ¿Qué duda cabe que todos estos a su vez lo contaron a otros, exagerando a cada repetición algún ingrediente de la historia? Más o menos en lo que tarda en irse el Sol a expulsar a la noche de la otra parte del mundo, en el Barrio de las Putas de Ciudad Lejana ya todos sabíamos que Ignitius Realmente había enloquecido y casi había asesinado a Ébrula, que logró escapar por un pelo pero tenía severas quemaduras en varias partes de su cuerpo (según otras versiones Ébrula había muerto en el encuentro, pero su omnipresencia cotillomarujil tiró por tierra la hipótesis). En todo el Barrio de las Putas reinaba una tensa normalidad, todos temíamos, de un modo u otro, al fuego. La venganza de Ignitius Realmente podría caer sobre la cabeza de casi cualquiera.

Pasaban las horas y nada sucedía. En la “Taberna 19” los ánimos empezaban a calmarse gracias a las bebidas espirituosas que allí se dispensan y algunos incluso se permitían hacer chistes sobre el tema. Otros no estaban tan tranquilos, recordaban con pesar tal o cual día en el que, de niños, habían sido especialmente crueles con el monstruito. Temían que ahora viniese a por ellos henchido en cólera. En el aire estaba el tema, era inevitable. Por eso, cuando la puerta se abrió e Ignitius Realmente entró en el bar, todas las miradas se volvieron espectantes hacia él. Lo primero que constatamos todos con relativo alivio era que llevaba puesto el tadi completo. No venía dispuesto a liarla, o no a liarla directamente con lo que siempre quedaba un resquicio para la esperanza que se cumpliese aquello de hablando se entiende la gente, pero ¿y la gente y los mutantes?. En ese momento el abismo social, que separaba el mundo de Ignitius Realmente del de todos los demás, parecía infranqueable.

Avanzó por el bar tímidamente, con la mirada baja, como si no quisiera ser visto. Un repeluco me corrió por todo el cuerpo, supongo que a Turulo, Civo e Itálico Martínez que estaban conmigo a la mesa también les sucedería, cuando no hubo duda que venía hacia donde estábamos nosotros. ¡Vaya pastel!, pensé mientras repasaba mentalmente las ocasiones en las que yo también he sido un hijo de puta con él, dispuesto a pedir perdón de todo corazón y de rodillas si hacía falta para que al menos, si va a acabar conmigo, que me pegue un tiro en la cabeza que morir quemado tiene toda la pinta de ser horrible. Sudaba a chorreones cuando Ignitius Realmente llegó a nuestra altura, pidió permiso para sentarse muy cortésmente y dijo a las claras lo que venía buscando, ¡a mí!. Recé mentalmente, a la velocidad de la luz, a todos los dioses que me acordé que alguna vez habían sido inventados por un ser humano y funcionó. No me pregunteis cual fue el que me sacó del embrollo, pero funcionó. Probablemente no fuese el dios de la religión mayoritaria en Ciudad Lejana, ese no me tiene ningun tipo de estima casi seguro. Ignitius venía porque necesitaba mi ayuda. ¿Y eso?

Para resumir, o no acabamos nunca, que todavía me queda mucho que contar, os diré que Ignitius Realmente venía a buscarme para que escribiera un cuento sobre lo ocurrido esa mañana en su panadería, pues había llegado a sus oídos la historía en versión Ébrula y quería que la gente supiese que no estaba loco. ¡Qué original!, si me dieran un billete de diez por cada uno que ha venido con la canción de escribe un cuento sobre mí, hace tiempo que no tendría que trabajar. En este caso, sin embargo la cosa prometía una buena historia si me dejaba que la escribiese cuando lo considerase más oportuno, y eso es lo que hago, cumplir con mi parte del trato. Ignitius Realmente se estaba levantando para irse agradecido por mi promesa cuando Civo le cortó diciéndole que ya tenía que estar hasta las pelotas para haber reventado de esa manera. Mientras Ignitius Realmente contaba su versión del asunto, Civo que es un espíritu libre sintió toda la opresión de la vida que el narrador llevaba y hasta que punto Ébrula lo había llevado al no va más. El mutante, conste que a él no le molesta que los colegas le llamemos así, se sintió súbitamente comprendido y volvió a tomar asiento y a relatarnos sus penas y sus angustias. Cierto que la picazón sexual a base de abstinencia ya ni tan siquiera la sentía, pero ese trabajo horrible le tenía extenuado y al borde de sus fuerzas. Apenas dormía, no le quedaba tiempo, y todo el cotilleo del Barrio empezaba a pesarle como una losa. Y siguió añadiendo ademases durante un buen rato para acabar llegando a la conclusión que Natuschka se había equivocado al solucionar su problema. Civo volvió los ojos del revés, Turulo se quedó pillando moscas, yo pregunté si había oído bien e Itálico Martínez, que se había levantado para ir a por otra ronda, no hizo nada porque no lo oyó, pero todos estábamos de acuerdo en lo fundamental. Natuschka no se equivoca nunca.
- Sí que sí, os digo que conmigo Natuschka se ha equivocado.
Itálico Martínez, que en ese momento venía con las cinco copas, se quedó tan alucinado que se cayeron al suelo con el consiguiente cabreo de Lisandro. Un lío. Y lo peor era que Ignitius Realmente estaba convencido de ello. A base de razonar y explicarle las cosas conseguimos convencerle de que solucionar un problema en esta vida no es necesariamente garantía de que no vayamos a tener ningún otro problema nunca, y menos que este no venga derivado de la solución del primero, que es que así es la vida, que no se le puede pedir más, pero que eso de que Natuschka se equivoca, de eso ni mijita, que ella no se equivocó sino que han pasado los años y la solución que tenía pues ha dejado de servirle porque la situación ha cambiado. Fue duro pero gracias a la increible capacidad de Turulo para vanalizar cualquier cosa o idea y traersela al mundo cotidiano conseguimos hacérselo entender. Aquí empezó la segunda parte de la conversación.

Ya sabíamos que esa noche nos iba a durar hasta por la mañana pues estábamos bastante cocidos y aquello daba la impresión de ir para largo. Otra ronda y una de chupitos de bourbon. Se acercaba el momento de pensar en prospectiva, ¿qué hacemos ahora? Lisandro amenazaba con la hora de cierre pero nosotros teníamos aún mucho que hablar así que, una vez el malencarado camarero nos mandó muy cariñosamente a que nos follase un perro, nos fuimos a mi casa a terminar la velada haciendo antes escala en la panadería de Ignitius Realmente para aprovisionarnos de botellas de todo tipo. Lo que tenía muy claro era que no pensaba volver a abrirla así que algo había que hacer con todos esos bebedizos aún por vender. De camino a la calle Luminaria, que no está tan lejos del bar de Lisandro, pero nosotros hicimos el camino en varias veces por lo zigzagueante de nuestro etílico caminar, Ignitius Realmente nos contó que no necesitaba trabajar para nada, que entre el premio, las subvenciones y todo lo que había ganado y ahorrado en esos años con el negocio, tenía más que de sobra para no volver a molestarse por ello en mucho tiempo. Ya camino de mi casa y con nuestras voces eufóricas que se prometían amistad retumbando por toda la calle Emperador, le preguntamos que pensaba hacer, qué le apetecería más. Y él decía no tener respuesta, pero sí mucho tiempo para encontrarla.

En mi casa instalados, Ignitius Realmente se soltó a hablar de nuevo de su desgracia pero esta vez, gracias al alcohol ingerido en cantidades masivas, fue directo al grano de lo que más le importaba, su tragedia, su condición de mutante. Nunca había decidido nada en su vida, todo había sido condicionado por su mutación y todos sus esfuerzos iban dirigidos a controlarla, eliminarla, conseguir vivir su vida como si esta no existiera. Iluminado por el alcohol alguno de nosotros le dijo que porqué no, en vez de luchar contra su mutación, intentaba aceptarla y sacarle beneficio.
- Podrías meterte a superheroe tipo la patrulla X, jajaja.
A todos nos entró la risa floja de borracho rebebido, incluido Civo que rara vez toma algo que no sea una copa de vino y casi que ni eso.
- Podrías salvar el mundo de los malvados.
Mentes borrachas, y lo que no se incluye en el término borrachas, ante tan sugerente situación dan para muchos chistes y desparrames. Me fui a vomitar un momento y para cuando volví estaban de bajona, que si te acabarías convirtiendo en un tirano, que si el ejercito te asesinaría, que entonces sí que voy a ser un monstruo a ojos de todo el mundo, que además qué son exactamente el bien y el mal, que si yo he echado una raba que no os la podeis ni creer y me voy a dormir.

Mil cuchillos al rojo atravesaban mi cabeza, mi cuerpo dolorido con frío en las articulaciones y una sed infinita, a más de un tremendo deseo de visitar el baño para dejar un oloroso recuerdo que presumiblemente saldría en modo aspersor. Así es como me sentí cuando el teléfono taladró mi cabeza al día siguiente, ya casi noche. Era Ignitius Realmente para darme las gracias por haber echo por él más de lo que nunca hubiera esperado y sin cobrarle más que unas cuantas botellas que habían dejado en mi casa para cuando las quisiera. Tan sólo pensar en bebérmelas me dieron ganas de vomitar otra vez.
Al parecer la terapia alcoholica había surtido efecto e Ignitius Realmente se había puesto en contacto con un conocido que le consiguió que fuese contratado por unos estudios de cine para encargarse de todos los efectos especiales que tuviesen relación con la pirotecnia en las películas que rodasen. Y encima ¡iba a ganar un dineral exagerado! ¡Para que luego digan que el alcohol no soluciona los problemas!

Este hubiera sido un final de lo más feliz del mundo, el modo perfecto de cerrar la historia de Ignitius Realmente. Y además se puede considerar en gran medida el final de su historia pues de momento sigue en lo mismo y se lo ve considerablemente satisfecho de sí mismo. Sin embargo, en los últimos años ha sucedido una cosa muy curiosa y extraña en relación a su persona que me veo obligado a relatar pues me siento bastante responsable de ello.

Hace un tiempo se presentó ante mí el maestro Segismundo. Me cogió por sorpresa, no me lo esperaba, pero allí estaba él. El transunto de Sigmund Freud en el Barrio de las Putas. Siempre había estado ahí de algún modo. El maestro Segismundo Fraude. En algún momento había escuchado un chiste con el parecido entre ambos apellidos. Más de una vez he reflexionado sobre porqué en determinadas ediciones de Nietzsche se traduce su nombre de Friedrich a Federico, y sin embargo, en ninguna edición de Freud que yo conozca se traduce Sigmund por Segismundo. Quizá, suelo concluir cuando me pierdo por ahí, sea que desde que la vida es sueño el nombre de Segismundo tiene muy mala baba entre los amigos de la letra impresa. Finalmente, y para acabar de completarlo he andado enrredado últimamente con algunos libros de su discípulo, el de Freud no el de Fraude, Jung. Toda esta palabrería sobre mis perversas lecturas nocturnas no habrían sido necesarias sino fuera porque cristalizaron en el maestro Fraude que, súbitamente, tomó existencia ante mí y me preguntó, mientras acababa los últimos párrafos con un café en la “Taberna 19”, si soy amigo de Ignitius Realmente y si sé donde puedo encontrarlo. Le he respondido con amabilidad y ha ido en su búsqueda. De repente, Ignitius Realmente lleva varios años asistiendo a sesiones de psicoanálisis con el maestro Fraude. Yo aún no comprendo como puede ser así, si me lo acabo de inventar, pero en nuestro Barrio puede suceder cualquier cosa, así que, curado de espanto, no ha parecido demasiado preocupante.

Sucedió en los primeros años de Ignitius Realmente en el cine. Sus efectos pirotécnicos pronto se hicieron famosos en todas las partes del mundo donde se ven películas. El culto a su arte llegó al extremo de filmar una serie de películas llamadas Fuego y de la que van ya por la vigesimoséptima entrega, totalmente dedicada a las orgías de llamas que Ignitius Realmente es capaz de crear. Y como le gusta siempre se perfecciona y las películas son cada vez más espectaculares, aunque yo me sigo quedando con Fuego XXII que tiene un algo especial que no podría definir. Su fama llegó a oídos del maestro Fraude que por aquel entonces estaba empezando un estudio sobre la histeria de conversión. Al leer una entrevista en profundidad a Ignitius Realmente en una revista de moda, quedó sorprendido de como su frustración sexual estaba siendo sublimada en un acto creativo de una dimensión social apabullante. El caso de histeria de conversión más importante de toda la historia del psicoanálisis.

Así pues, vino al Barrio de las Putas a conocer al paciente de sus sueños. Como muchos otros lugareños, el éxito no consiguió apartar por mucho tiempo a Ignitius Realmente del Barrio, siempre que acaba una película volvía para descansar. Parece que nadie es capaz de resistirse al encanto que tienen estas callejuelas. No tardó mucho el maestro Segismundo en dar con él, recién me preguntó pero ya hace como cinco o seis años que están en el tema. La cosa fue que se acercó a casa de su futuro paciente y se ofreció a curarle gratuitamente si podía luego redactar un informe científico sobre su caso. Glosó las maravillas de una histeria de conversión como la suya y aseguró que daría con la clave para arreglarlo. Ignitius Realmente no tenía muy claro qué demonios era eso de una histeria de conversión, pero le pareció buena la idea de tener un psicoanalista gratis y empezó la terapia.

Para poder seguir el tratamiento en todo su esplendor, el maestro Segismundo se trasladó a vivir al Barrio y no tardó en dar conmigo. Mi afición por el modo en que los psicoanalistas cuentan sus historias es bien conocida y él sintió que yo era lo más parecido a un colega que iba a encontrar por aquí. Muchas noches, en la “Taberna 19”, me cuenta los avances que hace en la terapia y las maravillas que descubre sobre la etiopatogénesis de la histeria de conversión del señor Realmente. Le apasiona. Durante los primeros años buceó en la dura infancia de su paciente, los abusos y malos tratos de sus compañeros, la ausencia del falo paterno, la evidente relación edípica mal resuelta con su madre. Estudió mucho el tema y me lo venía a contar. Era casi su única obsesión en la vida. Eso y cierta substancia de uso poco recomendable que se dispensa en polvos blancos. Me divertía y a Ignitius no parecía hacerle ningún mal, ni tampoco ningún bien.

El avance del tiempo le llevó a centrarse en el fatídico día del cambio, a su encuentro con Ébrula y todas esas emociones contenidas que sin duda eran lo que le había llevado a desviar la libido contenida por tantos años y somatizar provocando una temperatura corporal extrema.
- No cabe duda, - continuaba, - que su superyo es especialmente fuerte debido claramente a la relación con su madre, ¿hemos hablado ya de su madre castradora y el Edipo mal resuelto...
Y el tema es que a mí, que soy muy perverso, me divertía escucharle perorar durante horas sobre el tema.

Pero en los últimos meses ha estado más bajo de ánimos, ya lleva mucho tiempo con la terapia y no consigue nada. Los beneficios secundarios, dinero, fama, creatividad, que obtiene de sus somatizaciones son mucho mayores de lo que él esperaba y la resistencia es brutal. Al maestro Fraude se le estaban acabando los recursos cuando, bromeando, le dije que porqué no le buscaba las sucubos que él quería a ver si a base de darle al asunto canalizaba en condiciones su libido y todo se ponía en orden. La parte junguiana del maestro Fraude salió a relucir y, llevando el tiempo que lleva en el Barrio ya sabe moverse, rápidamente dijo saber a donde ir.
- Natuschka no sabe nada, ya lo intentó Ignitius. - Le avisé yo.
Él me dijo que no me preocupara que iba a ver a su amigo Vicente, él sí la sabría. ¿Vicente?,¿quién es Vicente?. Increiblemente siempre hay alguien en el Barrio al que uno no conoce. El maestro Segismundo me miró con cara de extrañeza.
- Todo el mundo sabe quién es Vicente, - aseguró y se fue.

Que nadie me pregunte como lo consiguió porque si lo supiera no estaría aquí escribiendo esto. ¿Qué pasa? Cada uno sublima como quiere y puede. El tema es que le consiguió las súcubos a Ignitius Realmente y que, además, tal y como este había supuesto desde un principio, estas no arden al entrar en contacto con él. Lo demás ni te lo cuento. Yo creo que por eso no son tan buenas Fuego XXIII, XXIV, XXV, XXVI y XXVII, pero no porque ya no sublime la libido ni nada de eso, sino porque está todo el día liado con las súcubos recuperando los años perdidos y le pone menos entusiasmo al trabajo. Pero los síntomas de conversión que apoyan la hipótesis del maestro Segismundo no desaparecen.

Anoche estuvimos hablando, se iba, se daba por vencido, no sabía que más hacer. Soy un mal psicoanalista, se lamentaba entre raya, copa y raya. Se va del Barrio, así tal y como llegó, como un suspiro que desaparece. Estuvo hablando durante horas de la resistencia de los síntomas de Ignitius Realmente y diciendo que el gran Sigmund Freud seguro que lo hubiera curado, o Jung o incluso Adler, pero que él era un fracasado. Entonces se me pasó por la cabeza preguntarle sino se le había ocurrido que no tuviera una histeria de conversión sino que es que, simplemente, Ignitius Realmente es un mutante. Una chispa de comprensión iluminó sus ojos y dijo,
- A que va a ser eso.
Se levantó, pagó la cuenta de los dos y se fue sin decir adiós ni mirar atrás. La puerta se cerró tras de él y fue como si nunca hubiera estado aquí, nadie lo recuerda, ni si quiera Ignitius Realmente. Todo está como al principio. ¿Todo?, ¡no!, ahora sí que no sé como pero Ignitius conserva a sus súcubos y está más contento que nunca en su vida, llegando a afirmar que no sabe de donde han salido, que siempre han estado ahí. Lo único que sé es que al maestro Segismundo le enseñó como conseguirlas Vicente. ¿Quién es el tal Vicente?