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lunes, 19 de julio de 2010

Otros personajes entrañables (I): El desafío de Itálico Martínez


He de reconocer que, desde que empecé a escribir los cuentos del Barrio de las Putas, son muchos los que me han pedido que escriba alguna anécdota que conocen y consideran relevante. Civo incluso me ha pedido que escriba sobre él algún relato. Él y su gran ego no tienen suficiente con una aparición esporádica. Otros quieren que me extienda sobre determinados detalles, que mencione su negocio aunque sea de pasada, que no me olvide aquella vez que no se quién hizo no se qué cosa, que hable de su madre que la pobrecita está mayor y le hace ilusión, suma y sigue, no se acaba nunca. En fin, que inspiración no me falta. Lo que ocupa principalmente mi tiempo es decidir que es lo que me merece la pena escribir. Suelo tirar mucho, lo reconozco, de las historietas que me cuenta, siempre en confianza, como al resto del personal, Itálico Martínez, el cotilla de lujo aquí en el Barrio. Él sí que es un auténtico personaje y no Luis. Es aquí donde empieza el relato pues fue el mismo Itálico Martínez el que me propuso que Luis podría ser un buen personaje. Bueno, en verdad a Luis como persona física lo elegí yo. Me explico pues el lector querrá saber ya quién demonios es Luis. Bien, lo primero es lo primero, Luis no es absolutamente nadie, es una de esas personas de relleno que viven en el Barrio de las Putas en las que jamás te fijarías si no fuese por que a Itálico Martínez le dio, de repente, por cuestionar la selección que hago de personajes y de historias para estos cuentos. Según él, cualquiera tiene una vida lo suficientemente interesante como para ser considerado un personaje, claro, ¿qué va a pensar si él es el primero que es un auténtico personaje?.

Estábamos sentados en la Plaza Grande un domingo por la tarde, bastante aburridos y sin dinero ni para tomar un café a medias. Los domingos por la tarde son así, abúlicos. Como no sabíamos que hacer, el bueno de Itálico Martínez empezó a fantasear con que algún día su arte sería económicamente valorado y que entonces tendría dinero incluso para invitarme a un café para mí solo e, incluso, con leche. Fantasear nunca es malo del todo, pero a mí, personalmente, me apena que uno de los mayores artistas boligráficos de la historia tenga su máxima aspiración en tener dinero para poder invitar a un amigo a un café. Creo que jamás me cansaré de decir que el arte boligráfico es lo peor pagado que he visto en mi vida, mucho más que cualquier otra forma de arte. No todo es el reconocimiento, que al bueno de Itálico Martínez le sobra, en el mundo del arte. Cobrar bien es igualmente importante pues si el arte no te da para vivir, ¿cómo vas a poder dedicarte a él?. Obviamente viviendo al día como buenamente se puede. Como hacemos Itálico Martínez y yo. Por eso aquel domingo, cosa por otro lado habitual, no teníamos dinero para café. En plena somnolencia de la media tarde y sin demasiadas cosas que hacer, acabamos igual que siempre, con Itálico Martínez contándome cotilleos que pudiesen servirme para algún nuevo cuento y yo escuchando sin demasiado interés debido al calor. No sé que historia me estaba contando de Asun la repostera, que era un poco ninfómana, que tenía un lío con un hombre casado que vivía en un barrio bien de Ciudad Lejana y yo que sé que más. Lo cierto es que no me parecía un material adecuado y se lo dije. Estaba ya un poco cansado de cotilleos sin interés, ¿qué quieres que te diga?. Lo gracioso es que coge el tío y se cabrea. ¿Qué le dará la repostera ninfómana esa para que le importe tanto su vida?. El tema es que Itálico se agarró un mosqueo de los gordos y me dijo que quién me había creído yo que era para decidir si era buena historia o no para escribirla. Que yo le dijera que yo era quien iba a escribir dicha historia, y que por tanto creía que sí que tenía algo de importancia mi opinión, no ayudó demasiado a que se calmara. Estaba tan indignado que, después de decirme de todo menos bonito, me dijo que él mismo escribiría la historia. Creo que fue en ese momento cuando se dio cuenta de la que tenía montada por casi nada, incluso llegó a bromear un poco y a decir que lo siguiente que haría iba a ser montar una revista del corazón sobre el Barrio, - ¿qué tal sonaría “Putarrosa” para ponerle de nombre? - me preguntó. Pero de todas formas insistió en que hay muchas historias en el Barrio y muchos personajes a los que no les hago caso. Yo le dije que no cualquiera es un personaje, él insistió en que sí, entonces yo le piqué y le dije que el tío que acababa de pasar por delante nuestra no era un personaje, él dijo que sí.
- Vamos a ver, Itálico. Si ni tú ni yo lo hemos visto en nuestra vida, o estamos hartos de verlo y no nos acordamos, es por que no es un auténtico personaje. - Le dije.
Él dijo entonces que se iba a enterar y que como fuera un personaje tendría que escribir sobre él, y yo, que no sé como meto siempre en unos berenjenales increíbles, cogí y le dije que sí. Bien, pues resulta que ese que pasó aquel domingo por delante nuestra en la Plaza Grande es Luis y, además, Itálico Martínez se tomó en serio el desafío, ¿para qué? me pregunto yo.

Yo andaba bastante tranquilo, de hecho había olvidado el incidente de aquel domingo. Por lo que a mí respecta aquello no habría pasado de ser una típica conversación de “no sé de que cojones hablar” en una tarde aburrida. El tema es que yo iba, como suelo hacer, pululando por el Barrio cuando me viene Itálico Martínez nerviosísimo y se pone a contarme cosas de alguien que no me dice quien es y que además pretende que sean superinteresantes.
- Es un gran aficionado al teatro de aficionados. Va siempre a todas las obras que se hacen en la Sala Vosticum. No se pierde ni una, aunque sean malas. Además, cuando estudiaba, hizo algunas obritas menores y llegó incluso a actuar en un certamen de teatro infantil. Perdió con diferencia, pero participó. - Aquí paró un segundo para tomar aire, fue el momento que yo aproveché para preguntarle de quién me hablaba. - De Luis, por supuesto. - Dijo Itálico convencidísimo.
- No sé de que Luis me hablas. - Era verdad, no tenía ni idea de sobre quien me hablaba.
- De Luis el Gloppy, por supuesto. - Contestó Itálico Martínez cada vez más seguro de que yo sabía de qué iba el rollo.
- Ahora sí que no, ¿quién carajo es Luis el Gloppy? - Por fin Itálico se dio cuenta de que realmente no sabía de quien me hablaba y empezó desde el principio.

Resulta que, como ya dije, Itálico Martínez sí que se había tomado muy en serio nuestra conversación de aquel domingo aburrido. No me preguntes como, el caso es que indagó un poco por el Barrio y, cotilla nato como era, pronto averiguó todo lo que quiso sobre el tal Luis. Había llegado incluso a hablar con él un par de veces con la excusa de venderle un dibujo. Esto último no sería demasiado aparatoso si el bueno de Itálico no hubiese ido a venderle los dibujos directamente a su casa. ¡Nunca antes un artista boligráfico había hecho de vendedor a domicilio!. No me imagino como tuvo la poca vergüenza de hacerlo pero se inmiscuyó en la vida del tal Luis de una forma asombrosa. Conoció a la novia, a los padres, a sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus antiguos profesores... ¡hasta con su dentista llegó a tener una conversación! Lo cierto es que Itálico Martínez es un personaje de los que ya no quedan. Recopiló todo tipo de datos sobre Luis y pretendía que yo los apuntara para escribir el relato que habíamos pactado. Contaba como una gran hazaña épica que cuando Luis era pequeño se cayó en un charco y dijo - Gloppy - y por eso desde entonces le llaman Luis el Gloppy. De verdad, ¿a alguien le puede interesar eso?, pues sí. Itálico Martínez estaba fascinado con este individuo. Centró tanto su atención en él que incluso se le pasaron por alto un par de anécdotas sobre su ídolo, el Señor Tonelero, que sucedieron en esos días. Me sobresaturó con datos, pequeños sucesos y chascarrillos carentes de interés sobre Luis y luego me dijo - ¿para cuando vas a tener acabado el relato? - ¡Que miedo me dio esa pregunta! De hecho para no ofenderlo otra vez, ¿quién sabe de lo que sería capaz?, le contesté que aún necesitaba algunos datos más. Itálico, que ya saboreaba su triunfo, se fue a por más detalles sobre Luis y me dejó un poco preocupado sobre como iba a salir de esa.

Para acabar de arreglar la cosa resulta que el interés de Itálico Martínez por Luis el Gloppy no pasó desapercibido al marujerío del Barrio. Pero es que, para colmo de males, Itálico no tuvo reparos en proclamar a los cuatro vientos que lo único que hacía era recoger información para mí que estaba interesado en escribir un cuento sobre Luis. ¡Ay, Itálico, si te pillo te mato! No te puedes hacer una idea clara de la tortura que fue, durante al menos un mes, todo el que en el Barrio de las Putas sabía algo de Luis viniendo a contármelo. La cosa llegó hasta el punto de que, cada dos o tres días, Luis el Gloppy se paseaba ostentosamente por enfrente de mí; supongo que para que le viera bien y pudiese escribir un curioso relato sobre tan relevante personaje. Yo ya estaba que no sabía que hacer, estaba que me iba a volver loco con toda esta historia.

Tras varios días de resistencia decidí escribir el relato de marras. Lo reconozco, me di por vencido. Llamé a Itálico Martínez para que me ayudara a agrupar toda la información, ¿quién sabe, lo mismo sí que resulta interesante? me dije como autojustificación. Mi amigo estaba fascinado por este individuo, algún motivo debía de tener. Pasé varias horas con Itálico Martínez dando vueltas una y otra vez a las mismas tonterías sobre el tal Luis al que, además de no parecerme interesante como para un relato, empecé a odiar sutilmente. Finalmente, largué a Itálico con la excusa de que iba a escribir ya y que necesitaba estar sólo. Entonces me senté y empecé a escribir este relato pues no se me ocurría nada más inteligente para hablar de Luis el Gloppy el cual, se ponga como se ponga Itálico Martínez, no es un personaje del Barrio de las Putas. El auténtico y genuino personaje y protagonista de este relato, como ya habrá deducido mi querido lector, es Itálico Martínez.