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sábado, 19 de junio de 2010

HISTORIA DE K.

UNO

Algo.

A medio camino entre oráculo y ermitaño, una especie de extraña mezcla de shamán y predicador; en cualquier caso un viejo insólito. Su larga barba blanca y su túnica raída le daban aspecto de mago de cuento de hadas. De hecho, vivía en una cabaña perdida en medio de un bosque de ensueño, comiendo de lo que daba su huerto y bebiendo del agua de un arroyo cercano. Aveces, si alguien lo veía, daba miedo pues irradiaba un aura de sabiduría que pareciera permitirle penetrar en los más profundos secretos de cualquiera.



Comienza la historia de K.

K. es uno de los miles de personajes que pululan por el Barrio de las Putas. Fue fruto de una pesadilla que tuve anoche, luego no pude volver a conciliar el sueño, no por miedo sino por desasosiego. Una inexplicable sensación de inquietud, de profundo descontento, algo más allá de la razón que me obligaba a sentirme mal. Entonces recordé que quizá hubiese visto a K. antes.

Era un tipo oscuro, parecía vivir en un mundo irreal y frustrante, peligroso por ser incomprensible, en un infernal paraíso kafkiano. Daba la sensación de estar pasando por un proceso judicial sin pies ni cabeza o, más allá de eso, de estar a punto de convertirse en insecto gigante. Supongo que es por todo ello que lo he llamado K.

El aspecto físico de K. era ligeramente desordenado. Su pelo negro caía en anárquicos mechones sobre sus ojos casi cubriéndolos, esto impedía verlos con claridad, pero eran unos ojos negros como el carbón, con un peculiar brillo de tristeza, siempre mirando más allá, como si estuviesen imbuidos en fantasías extraterrenas, y en parte era así. Su tez pálida, su rostro regordete sin apenas facciones marcadas y su boca perturbadora, sus labios siempre apretados en un rictus de triste resignación. Todo en K. era inquietante. Era de baja estatura, no demasiado, y estaba un poco gordo, sin llegar a la obesidad. Su ropa mantenía una línea constante que venía definida principalmente por las combinaciones de colores que elegía, siempre negro y gris. Quizá la gota que colmaba el vaso de su aspecto cetrino.

Sin embargo, K., a pesar de todo, era dios en su mundo y su mundo podía ser visto por cualquiera todos los días, cuando la tarde empieza a convertirse en noche, en el piano bar del Barrio de la Putas. Allí trabajaba K., de pianista.



El retrato boligráfico de K.

Los artistas boligráficos son una especie autóctona del Barrio de las Putas, no los hay en ninguna otra parte del mundo y si ves alguno estarás en lo cierto al pensar que no es auténtico a no ser que sea originario de aquí y esté de viaje en el lugar donde lo veas. El artista boligráfico, como su propio nombre indica, se dedica a hacer dibujos a bolígrafo, no importa ni el color del bolígrafo ni el tipo o marca de este, la única condición para que sea una genuina obra de arte boligráfico es que el dibujo debe ser comenzado con un bolígrafo que se estrena para hacerlo y, en el mismo modo, debe ser terminado cuando el bolígrafo se acabe, sin poder usar otro bolígrafo para este dibujo ni este bolígrafo para cualquier otra cosa, además el dibujo tiene que ser hecho en una sola vez.

En el Parnaso de los artistas boligráficos Itálico Martínez era especialmente reverenciado, era prácticamente el punto de referencia de todos los demás artistas boligráficos del Barrio. Esto no deja de ser curioso, pues Itálico Martínez no era natural del Barrio sino que vino aquí a aprender el arte boligráfico de los mejores maestros que encontrara, por supuesto todos ellos callejeros, e intentar dedicarse a ello. En pocos años se adaptó perfectamente al Barrio y su gente despuntando como el mayor artista boligráfico del momento, siendo sus obras de lo más cotizadas. Su colección de dibujos “Tótems de Carne” fue muy aplaudida y se dice que la mayoría de ellos decoran las paredes de la inexpugnable vivienda del señor Tonelero. Esta colección de monstruosidades deformes de carne y vísceras llegaron incluso a inspirar canciones al grupo musical más relevante del Barrio, L´ardiente Sangrienta, y hay quien dice que Civo, el poeta maldito, escribió algunos de sus más perversos versos a la luz de estas obras. Figuras retorcidas, muestras de un agudo sentido del terror de pronunciado carácter lovecraftiano, esta colección de piezas de arte boligráfico marcaron definitivamente el estilo de Itálico Martínez y su legión de imitadores, al tiempo que encumbraban al primero como el mayor artista boligráfico vivo y uno de los mejores de todos los tiempos, a la debida distancia de la leyenda de este arte, Lucrecio Plasmattix.

Un día, como otro cualquiera, K. se vio en medio de la Plaza Grande del Barrio, en la zona donde siempre estaban los artistas boligráficos creando sus obras. 

 - ¡No te muevas de ahí, K.! - K. se sobresaltó por el grito. 

Era Itálico Martínez. En pocas palabras le explicó a K. que quería hacerle un retrato. K. aceptó sintiendose honrado de que un artista boligráfico de la talla de Itálico Martínez, el cual, por otra parte, era de lo más modesto, quisiese hacerle un retrato. De modo que se quedó quieto, sin mover un solo músculo mientras Itálico Martínez se enfrascaba en su deliroide tarea creativa. Tres horas tardó en estar listo el retrato, tres horas durante las cuales K. no se movió para nada, solo pensaba una cosa, cuanto subiría su prestigio como pianista si utilizase como cartel para anunciarse un retrato boligráfico realizado por el mismísimo Itálico Martínez. Cuando el retrato estuvo acabado y K. pudo verlo se sobrecogió por la fuerza que este transmitía y no pudo evitar echar una lagrimilla de emoción, de alegría en estado puro.


DOS


Algo se mueve.

Un día como cualquier otro, el sol vino a saludar la cabaña del viejo de la barba y la túnica. De repente, sin saber muy bien como ni porqué, supo que tenía que irse que dejar su cabaña y comenzar a caminar. Para la persona normal acostumbrada a la rutina esto puede plantear un problema, de buenas a primeras dejar, como Zaratustra, tu patria y los lagos de tu patria puede ser pedir demasiado. El viejo de la barba y la túnica supo de algún modo místico, sobrenatural, casi sagrado, que tenía que irse y se fue. Abandonó su cabaña, su huerto, su arroyo y su bosque de ensueño y empezó a andar siempre hacia delante sin mirar nunca atrás, ¿para qué perder el tiempo en ello?


K. sentado al piano.

Cansado de oír hablar de K. como pianista decidí ir un día a tomar una copa al piano bar con el mero objetivo de escucharle. Me gusta mucho la música, de hecho es mi afición principal, y esa noche el programa de K. incluía algunas de mis sonatas favoritas de Beethoven, así que puse rumbo al piano bar. Cuando entré vi a Civo, el poeta maldito, sentado en una mesa oscura al fondo del bar desde la que, por estar en una tarima, se veía perfectamente el piano. Civo es amigo mío y me invitó a ver a K. desde su mesa. Puede parecer que Civo es un ser insensible, sobre todo cuando se lee su obra más gore, pero esto no es correcto, es un gran melómano y no me extrañó en absoluto encontrarlo allí. Pedimos una botella de buen vino, Civo, que nunca bebe, me aseguró que ver tocar a K. bien merecía esto. Hablamos un poco sobre literatura. Él me contó como iba su libro nuevo sobre el infierno, yo le conté que estaba pensando en escribir sobre K., era otro de los motivos por los que fui esa noche al piano bar, y Civo se mostró muy interesado, él dice, o por lo menos a mí me lo dice, que nunca el Barrio de las Putas tuvo mejor cronista que yo, lo cierto es que es un halago viniendo de un poeta de su categoría. En ese momento apareció K. y sentó al piano. Se hizo el silencio más absoluto imaginable.

K. miró al público, su mirada torva y triste me desconcertó. Puso sus manos sobre el teclado del negro piano de cola que tenía ante sí, inspiró profundamente y empezó a tocar. Fue casi cosa de magia. Tan solo con escuchar los primeros compases de la sonata 14 de Beethoven me sentí totalmente atrapado por K. y su música. ¿Cuántas veces no habría escuchado antes el famoso Claro de Luna?. Desde la primera nota a la última creó un clima acogedor, envolvente, vivo, como estar en los paisajes que tantos pintores románticos plasmaron en sus cuadros. Algo tan visual como sonoro. Un deleite casi pecaminoso para los sentidos. Luego vino el segundo movimiento, más saltarín, y luego el tercero, ¡presto agitato!. Y cuando acabó la sonata estaba tan alucinado que ni siquiera supe reaccionar para aplaudir. Civo, que ya lo había visto antes en acción, se regocijaba viéndome tan desconcertado. En ese momento supe que nunca volvería a ser capaz de disfrutar con ninguna de las grabaciones que tenía en casa de la sonata 14. Me puse en pie para irme. 

 - ¿Porqué te vas? - me preguntó Civo. 
 - Déjame que me vaya corriendo antes de que me quite algo más. - respondí.
 - Lees demasiado a Nietzsche. - aseveró el poeta.
Le dediqué una sonrisa forzada, algo así como decir "lo sé", y me fui.

Creo que me faltan palabras para describir el deleite que supuso la interpretación que K. hizo de Beethoven, al menos la que yo presencié pero, ¿vale la pena un instante de máximo goce al precio de no volver a disfrutar?.



 

El amor de K.

Es usual en nuestro Barrio que más de uno se enamore de su Puta habitual, no sé que mecanismo psicológico es el responsable de que muchas personas echen un polvo y se enamoren, pero es algo comprobable. Este no fue el caso de K. Hasta para eso era raro. Itálico Martínez, que además de genio es un cotilla de cuidado, me dijo en una ocasión que K. no iba con Putas. Bueno, cada uno puede hacer lo que quiera.

El caso es que K. se vino a enamorar de Lukky, la peluquera, de modo que un buen día apareció perfectamente pelado y peinado, y vestido con ropas de colores vivos, sembrando la expectación y extrañeza a partes iguales entre los corrillos marujiles del Barrio. Paseaba K. por el Barrio luciendo su nuevo peinado y orgulloso de que Lukky había aceptado su invitación para ir a verle tocar. Civo montó en cólera, K. había tenido la desfachatez de reservar su mesa de visión privilegiada para Lukky. Probablemente, si no estuviese tan enganchado a la música de K., Civo no hubiese soportado la afrenta y jamás hubiese vuelto al piano bar, pero, como genio que era, K. tenía algunos privilegios que incluso otro genio como Civo tenía que respetar. Esa noche Civo asistió a la actuación de K. desde las mesas de abajo, como el resto de los mortales y recordó que él también lo era, días después me confesó que al final se había alegrado pues había sido una necesaria cura de humildad. Desde la mesa habitual de Civo, Lukky observó todo el concierto sin comprender gran cosa pero sabiendo que le gustaba. Cuando todo acabó ni K. ni Lukky durmieron solos.

Eran una pareja de lo más curiosa, se los veía pasear por el Barrio cogidos de la mano y mirándose con cara de corderitos. La torva mirada de K. cambió y empezó a parecer otra persona. Por otro lado, como Lukky era una de las grandes cotillas oficiales del Barrio, aunque haya quien dice que no te puedes fiar mucho de ella, todo el mundo sabía como iba su relación con pelos y señales. Me hubiera alegrado de la felicidad de K. si no fuera por que lo destruía como personaje siniestro y triste, tendría que cambiarle el nombre y solo se me ocurre Ramón, cosa que no me convence demasiado. Por suerte su felicidad no duró demasiado, una mañana Lukky amaneció asesinada en su peluquería. Por razones que no vienen al caso las sospechas recayeron sobre el señor Tonelero. Acabó aquí la felicidad de Ramón que, para respiro de todos los que no lo veíamos con ese nombre, volvió a ser el K. de siempre, oscuro y taciturno.

TRES


 

Algo más.

Ya había dejado atrás totalmente el bosque de ensueño donde había vivido desde antes de lo que nadie pudiese recordar. El viejo de la barba y la túnica estaba llegando a Ciudad Lejana y se resintió fuertemente de la contaminación que reinaba en el ambiente y, por un breve segundo, calibró la posibilidad de volver a su cabaña, su huerto, su arroyo y su bosque de ensueño. Pero.
por algún motivo, sabía que tenía que seguir hacia delante  de modo que continuó andando.

 

Donde se cuenta como era el retrato boligráfico que de K. hizo Itálico Martínez.

K. subsumido en un mundo onírico, lisérgico, de espirales nebulares y atroces desgarros del dibujo dibujados en el mismo. Sus ojos tristes, más vivos que nunca queriendo salir de su cara, a duras penas mantenidos en sus cuencas por los denodados intentos de sus virtuosos dedos reconvertidos en garras. Mirando más allá, en el fondo de la retina de los ojos del K. dibujado se podían observar los horrores de tormentos que, allende los horizontes teñidos de sangre y luz, representan la soledad y el desamparo. De su pecho manaban monstruos fláccidos, tentáculos, fauces enfurecidas luchando por morder algo jugoso, un odio inenarrable contenido en unos cuantos trazos, una búsqueda de lo complementario allá donde no existe. K. en el dibujo tenía alas, pero no para volar, alas esqueléticas, tan solo cubiertas por algunas escamas. Y en esta debacle de aberraciones la boca de K. mantenía su rictus particular mostrando los dientes que formaban en sí mismos el teclado del piano de K., ese maldito instrumento del que fluía una música tan divina que convertía en fútil cualquier otra melodía.

No estaba firmado. No hacía falta, todo ello gritaba el nombre de su autor. Itálico Martínez lo había conseguido de nuevo. Había captado la esencia de K. Su desconcertante y bella fealdad exterior, su espeluznante vida interna, los tormentos y ominosos elementos que hacían su sentir visceral y conflictivo. Por eso K. no pudo reprimir una lágrima al contemplar el retrato, era tanto él como ni siquiera él mismo sabía que fuera y al verse y reconocerse olvidó que era pseudoviudo desde el asesinato de Lukky, de modo que, cual Narciso ante un río, se enamoró de sí mismo.

La egolatría es una buena cura para las depresiones. K. no volvió a ser Ramón, continuó siendo el K. de siempre pero orgulloso de serlo, tanto que de hecho utilizó el retrato como reclamo publicitario de sus actuaciones en el piano bar. La audiencia, efectivamente, aumentó.

 

El disco de K. (I)

Un talento interpretativo como el de K. no podía pasar desapercibido a la industria discográfica por mucho tiempo. K. había conseguido incluso que gente guapa de Ciudad Lejana se dignase a poner sus enmocasinados pies en el Barrio de las Putas para poder escuchar a tan famoso concertista. La fama de K. había traspasado las fronteras del Barrio.

Fue a partir de la invasión de hordas de personas autodefinidas como la élite de Ciudad Lejana como la fama de K. llegó a oídos de una discográfica. La casa X, por no meternos en hablar de nombres reales que quieran luego cobrarme derechos de lo que sea, se interesó por K. tan pronto como se puso de moda entre todos los snobs, prepotentes con complejo de progre culto, de la Ciudad. Un buen día, sin que K. tuviese constancia de ello, su actuación fue presenciada por un tal Lupaigne Capçoise, caza talentos y promotor discográfico. Como no podía ser menos el Capçoise este se quedó bastante anonadado ante el talento desbordante de K. Al día siguiente K. tenía ante sí un contrato por una suma hipnotizante por hacer algo tan sencillo como dejarse grabar mientras interpretaba, una noche cualquiera, un par de sonatas de Beethoven. No había mucho que pensar, K. firmó.

Cuando yo me enteré fue un par de días después tomándome una copa con Itálico Martínez en la “Taberna 19”. Fue él, cómo no, el capitán de los cotillas, el que me contó lo del disco de K. Aunque, sinceramente, esta vez no creo que lo hiciera tanto por cotilleo como por ilusión. K. le había pedido por favor que dibujase la portada del disco, que presenciase la grabación y que dibujase la música que escuchase esa noche. Itálico Martínez estaba realmente entusiasmado con la idea, iba a ser la máxima expresión de su arte boligráfico, dibujar una música, un sentimiento. También de pasada, pero fue lo más importante, me dijo que K. pensaba grabar la sonata 14 de Beethoven. De repente fue como si algo que dentro de mí estaba muerto volviese a vivir, recuperar el goce de escuchar tamaña pieza interpretada por semejante prodigio del piano era lo único que deseaba desde que tuve que huir de su actuación.

La noche de la grabación la concurrencia fue muy superior a la habitual. Yo pude entrar gracias a Civo que disfrutaba de ciertos privilegios tanto por su estatus como por ser cliente asiduo. La expectación que se había creado era inmensa. Justo frente al piano había una mesa acondicionada para que Itálico Martínez pudiese dibujar sin dificultad ninguna todo lo que necesitase. Todo el mundo callaba, no se oía siquiera un leve murmullo, era como si todos aguantaran la respiración. Apareció K. y se dirigió con paso firme al piano, por un momento dudé de mis recuerdos y pensé que semejante individuo era incapaz de tocar la música que yo recordaba. K. se sentó, miró al público, luego a Itálico Martínez al que le dirigió una sonrisa de complicidad, finalmente al técnico que le indicó que podía empezar cuando quisiera. Puso sus dedos sobre las teclas y empezó a tocar. Efectivamente mis recuerdos no eran exactos, K. tocó aquella noche de una manera que me resultaba inimaginable hasta entonces, mucho mejor que en mis mejores sueños musicales.


CUATRO


Algo llega al Barrio de las Putas.

El viejo de la barba y la túnica siguió caminando. Sabía que ya faltaba poco aunque no sabía para qué. Cruzó Ciudad Lejana con paso sereno, sin apenas reparar en la gente que se apartaba aterrorizada de su lado. Así, poco a poco, pasito a pasito, llegó al Barrio de las Putas donde sintió, por primera vez desde que salió, que estaba en un sitio donde podría estar a gusto. Allí no se aterrorizó nadie al cruzarse con él, ni nadie lo miró con cara rara, y de esto sí se dio cuenta. Supo, igual que supo todo lo demás, sin saber muy bien como, que ya estaba casi al lado de allí donde debía llegar.


El disco de K. (y II)

A muchos de los que presenciamos la grabación en directo del disco de K. casi se nos pasó por alto el trabajo de Itálico Martínez. Frenético, totalmente absorto en las notas que escuchaba y le subyugaban, Itálico Martínez comenzó el dibujo de lo que no podía por menos que ser su obra cumbre, aquella que le pondría por encima de los grandes nombres pretéritos del arte boligráfico como Lucrecio Plasmattix, Youlano Piero o Jasum Saaar. Dibujaba y dibujaba con trazos salvajes, agresivos, casi desgarrando físicamente el papel, enloquecido sin pensar en que era lo que hacía exactamente. Sudaba copiosamente y las gotas de sudor caían sobre el papel mezclándose con la tinta emborronando el deforme dibujo. Cuando K. acabó de tocar Itálico Martínez acabó la tinta del bolígrafo que estaba utilizando y con ella el dibujo. K. se levantó de la banqueta del piano a recibir sus merecidos aplausos, Itálico Martínez dejó caer el bolígrafo y se desmayó sobre el dibujo que se emborronó aún más con el sudor que le empapaba.

Nadie, a excepción de K., la gente de X e Itálico Martínez, vio el dibujo que este había hecho para la portada del disco hasta que el disco no estuvo en el mercado. El ansia de que el disco saliese a la venta fue generalizada y doble, todo el mundo quería tener la posibilidad de escuchar a K. interpretando a Beethoven y todos queríamos saber si la obra de Itálico Martínez marcaría, tal y como se prometía, un antes y un después en la historia del arte boligráfico.

Por fin llegó el día. La música contenida en el disco tuvo un arrasador apoyo unánime de ventas y crítica. La obra de Itálico Martínez fue elogiada y atacada a partes iguales, pero desde entonces los niños aprenden en el colegio que los grandes maestros del arte boligráfico son cuatro Lucrecio Plasmattix, Youlano Piero, Jasum Saaar e Itálico Martínez.


 

Algo extraño se encuentra con K.


Desde la publicación de su disco, K. no había vuelto por el Barrio de las Putas en varios meses. El piano bar contrató a otro pianista, era un chaval joven y bien parecido, tocaba muy bien e indefectiblemente acababa en la cama con alguna de las asistentes a sus actuaciones, pero no tenía la magia de K. tocando el piano. Hasta Civo dejó de ir al piano bar y la clientela empezó a ser muy distinta de la que atraía K. Salieron más discos de K. a la venta, todos de igual calidad pero con portadas más convencionales que recogían momentos de sus actuaciones en fotografías normales y corrientes. K. amplió sus horizontes e incluso grabó conciertos para piano y orquesta de Beethoven, Mozart, Grieg y Rachmaninov.

Un buen día K. reapareció por el Barrio de las Putas. Fue directamente a la zona de en medio de la Plaza Grande, allí donde se ponen siempre los artistas boligráficos, a buscar a su amigo Itálico Martínez. Este continuaba allí, dibujando para sobrevivir, el haber sido reconocido como uno de los cuatro mejores artistas boligráficos de la historia no le había cambiado la vida demasiado.

K. e Itálico Martínez estuvieron paseando juntos por el Barrio y conversando durante horas. Los dos viejos amigos y colaboradores tenían muchas cosas que contarse. K. había visto mucho mundo, Itálico Martínez había dibujado muchos mundos. Dando el paseo los recuerdos invadieron la mente de K. que sintió nostálgico poco a poco, esta nostalgia pesada y profunda que cuando te toca no te deja sentir casi ninguna otra cosa. 
 - ¡Eres tú! - gritó una voz que pertenecía a un viejo con larga barba blanca y una túnica. 
El viejo señalaba con su huesudo dedo índice de la mano derecha a K.
  - Ya estoy acostumbrado a estas cosas - explicó K. a su amigo mientras buscaba su pluma para firmarle un autógrafo a su viejo y curioso admirador que avanzaba con paso decidido hacia él.


EPÍLOGO



Algo se muere.

El viejo de la barba y la túnica seguía andando por el Barrio de las Putas, hacia delante, siempre hacia delante. De repente vio a K. Nosotros sabemos que era K., el viejo de la túnica no sabía quién era. Pero supo, igual que lo sabía todo, sin saber exactamente como, que K. era la razón de su viaje.
 - ¡Eres tú! - le gritó mientras le apuntaba con el dedo y avanzaba hacia él. 
El viejo sabía que había venido hasta aquí para morir en los brazos de ese hombre, aunque fuera incapaz de explicar porqué o como lo sabía. De este modo avanzó con paso decidido hacia el sonriente K. y, antes de que este pudiera reaccionar, se dejó caer entre sus brazos cumpliendo con su destino de morir allí.