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domingo, 23 de mayo de 2010

Crónicas del Señor Tonelero (y IV): El día de San Bonifacio


Por fin Bilbo ganó, quizá más por buena suerte que por inteligencia, pues al plantearle a Gollum otro enigma, encontró en el bolsillo el Anillo que había recogido y olvidado y exclamó: ¿Qué tengo en el bolsillo?.
- J. R. R. Tolkien


Viene siendo habitual, en los últimos años, celebrar el catorce de Abril el día de San Bonifacio, patrón del Barrio de las Putas. Nadie sabe quién fue el tal Bonifacio, porqué el catorce de Abril es su día, los motivos de su santidad, caso de ser tal, o cual fue su relación con el Barrio, pero desde hace ya mucho tiempo se festeja ese día en su honor. Es entonces cuando el pleno del Barrio se echa a la Plaza Grande, se olvidan rencillas y malas intenciones y, haciendo gala de un sentido de la hipocresía sin límite, disfrutan de la mutua compañía. Se montan grandes mesas y cada uno trae cosas buenas para comer y beber. Los niños disfrutan con juegos y actividades que siempre organizan algunos adultos con la intención de que pasen un rato agradable. Todo tipo de diversiones se procuran a los asistentes al festejo. Algunos años se ha instalado un karaoke para regocijo de muchos y vergüenza de unos pocos que se entusiasmaron guiados por el vino. No sé bien como describirlo, siempre hay algo nuevo e interesante. Gymkhanas, piñatas, búsquedas del tesoro, actuaciones variadas (payasos, músicos, titiriteros, malabaristas...), y un sin fin de ideas para el entretenimiento, algunas muy originales y otras no tanto, otras nada en absoluto.

El año pasado las expectativas estaban puestas en Ragulín el sabio. Nadie sabía ni como, ni cuando, ni por donde había llegado al Barrio pero era una realidad que estaba ahí de repente, sin demasiadas explicaciones. Pronto ganó la fama en el Barrio de las Putas y todo el mundo le consultaba sus problemas y pequeñas historias cotidianas. Ragulín siempre tenía una respuesta adecuada.

Ciertamente Ragulín no tenía mucha pinta de sabio. No era viejo, vestía de un modo muy formal y a duras penas se le veía calmado. Itálico Martínez estaba negro a causa del susodicho. No comprendía como había conseguido que todas las miradas de admiración se canalizasen hacia él. Es más, no estaba dispuesto a admitirlo durante mucho tiempo y se le ocurrió una idea: si tan sabio era que resolviese todos los acertijos y adivinanzas que la gente quisiera plantearle durante la fiesta de San Bonifacio. Fue de este modo como el bueno de Itálico Martínez se vio enredado en la organización de los festejos del día del patrón del Barrio para el año pasado.

Para su objetivo de dejar en evidencia a Ragulín, Itálico Martínez preparó una mesa con megafonía a la cual se iría acercando todo el que quisiera para plantear un enigma. Allí Ragulín tendría que responderlo de modo que todo el mundo oyera la pregunta y la respuesta. Si alguien conseguía plantear un misterio cuya respuesta Ragulín no encontrara, ganaría un jamón de pata negra que había sido donado para la ocasión por Ignitius Realmente y su tienda. Suficiente como para que todos en el Barrio se pusieran manos a la obra a buscar o componer acertijos especialmente para ese día. Era un auténtico reto para Ragulín y para la gente del Barrio que realmente lo consideraba un gran sabio, y por lo tanto se esforzaban en buscar acertijos complejos y a todas sus luces insolubles. Era, por ende, una actividad que arrojaba, por fin, algo de originalidad a la fiesta y que, por consiguiente, fue aceptada de buen grado por todos.

A muchos les puede parecer mentira, pero durante los días que transcurrieron desde el anuncio de la actividad hasta la fiesta de San Bonifacio el Barrio desarrolló, como el que no quiere la cosa, un amor desmedido por los acertijos y adivinanzas. Todo el mundo quería ser el que propusiese un enigma irresoluble a Ragulín, aunque, en realidad, lo que todo el mundo quería, principalmente, era el jamón prometido. Durante esos días la biblioteca del Barrio, otrora casi vacía, bulló en una continua actividad en la cual todos buscaban un libro, revista o semejante que contuviese un misterio que Ragulín no fuera a ser capaz de resolver. Desde el niño más niño hasta el viejo más nihilista,  los vecinos  con unanimidad aceptaron la oportunidad que San Bonifacio les brindaba, de la mano de Itálico Martínez, de conseguir la gloria y un buen jamón. Yo, por mi parte, observaba intrigado todo el devenir del Barrio, más entregados a la preparación del día de San Bonifacio de lo que lo habían estado en mucho tiempo. El bueno de Itálico Martínez, aunque no consiguiera dejar a Ragulín en evidencia, había movilizado a todo el mundo y había conseguido despertar en ellos la ilusión por la fiesta de su desconocido patrón.

Por fin, después de muchos preparativos, llegó el día de San Bonifacio. Itálico Martínez andaba un poco agobiado por el tema de los acertijos. Eran muchos ya los que se habían acercado a contarle el mejor que tenían, y todos resultaban pueriles y carentes de dificultad. Algunos habían conseguido encontrar o componer acertijos de una complicación mayor, pero nunca suficiente...El bueno de Itálico Martínez sufría al pensar que su estrategia para desacreditar a un farsante iba a dar por resultado un reforzamiento de su estatus de divo sabelotodo.

La comida de aquel día fue muy buena y abundante, como siempre. La bebida, también como siempre, acabó siendo demasiada para más de uno y suficiente para que casi todo el mundo esbozase una artificial y divertida sonrisa etílica. La sobremesa se acercaba a pasos agigantados y, con ella, la hora de los acertijos estaba cada vez más próxima. La expectación fue incrementándose poco a poco y a medida que esta crecía la gente se acoplaba alrededor de la mesa que ocuparían Ragulín e Itálico Martínez. Pronto, también, se empezó a formar una fila frente a la mesa, en aquella estaban los futuros preguntadores, en esta nadie, pues la hora de empezar todavía no había llegado.

A la cabeza de la fila iba Braulio López hijo. Había sido el más rápido de todos y estaba ansioso por contarle a Ragulín su adivinanza que, en su inocencia de niño de siete años, creía que el sabio jamás resolvería. Tras Braulio López hijo estaba Braulio López padre. Su adivinanza sí que era buena, creía él, y le otorgaría el jamón nada más empezar la sesión. Se decía a sí mismo << pobres ilusos, tanto tiempo buscando su adivinanza y no la van a poder ni decir >>. Como no podía ser menos, a continuación de Braulio López padre estaba Dorotea Fernández, la mujer de Braulio López, que sí que traía el acertijo definitivo. Luego el niño Pérez, Lukky la peluquera, Jacinto el maestro carpintero, Lisandro el tabernero, Ugurdulo el misterioso con un gran enigma secreto para exponer, Loty la Puta y todas sus compañeras del gremio, Oosc el titiritero, Rrrr, Marisa Realmente, Aluko Mako, Emérito Tiñoso, Pimentola Braun... suma y sigue. Todo el Barrio de las Putas pendiente del jamón y la gloria. Sólo unos cuantos nos quedamos al margen como meros espectadores. Algunos por falta de interés por el jamón, otros por falta de interés por la gloria, otros por falta de interés sencillamente. De modo que así la historia tuvo sus espectadores, que fueron aumentando conforme Ragulín empezó a adivinar, una tras otra, todas las propuestas que se le hacían.

 - Oro parece, plata no es - empezó Braulio López hijo con total seriedad. Se lo estaba poniendo tan difícil que hasta se sintió mal por no darle una pista. No fue hasta varios años después que comprendería porqué habían hecho pasar al siguiente, su padre, sin responder a su complejísimo acertijo y sin darle ningún jamón. 

Así empezó la ordalía de adivinanzas y que para las intenciones del buen Itálico Martínez empezaba a semejarse a una catástrofe de esa que cuentan los libros antiguos de cuando los dioses se enfurecían con los humanos. Cierto es que algunas propuestas sí que hicieron contener la respiración del público presente al ver que Ragulín tardaba en responder pues tenía que pensar seriamente la solución.

Natuschka le planteó un bello acertijo, que no recuerdo exactamente pero algún día le pediré que me lo dé para transcribirlo, sobre las brujas de antaño y sus usos de los alucinógenos naturales. Ragulín lo resolvió rápidamente, aunque todos quedamos gratamente sorprendidos tanto por la adivinanza como por la respuesta.

Rrrr, que sabía de filosofía, trató de ponerlo contra las cuerdas con algo que sacó de un antiguo volumen griego. Ragulín no solo le resolvió el acertijo en un santiamén, sino que, además, le citó la fuente y le recomendó una traducción mejor.

Un tipo raro que no conozco le hizo una pregunta rara que yo, al principio, no entendí. 
 - ¿Qué tengo en el bolsillo? 
Ragulín respondió, tras preguntar si le había tomado por Gollum y obtener una respuesta afirmativa, que llevaba en el bolsillo un Anillo Único. Aunque luego se vio que el tipo no llevaba en realidad ningún Anillo Único en el bolsillo, la respuesta se dio por correcta. Itálico Martínez me lo explicó más tarde y mis lecturas posteriores me llevaron a entenderlo plenamente, aunque no recomiendo esas lecturas a nadie a quien aprecie.

La afluencia de preguntadores se acababa y nadie había conseguido el jamón. Desde mi posición veía claramente como Itálico Martínez se agobiaba ante el patente fracaso de su plan. Parecía que nadie iba a derrotar a Ragulín en esa tarde. De hecho la cola de voluntarios se había acabado y el supuesto sabio había solucionado todos los enigmas que se le habían presentado. Entonces habló Itálico Martínez instando a la participación de alguien más.
 - Si en un minuto nadie más plantea alguna adivinanza daremos por acabada la prueba que, tan amablemente por su parte, ha pasado Ragulín. 
Se le veía a legua que estaba deseando que se presentase alguien en el último momento y venciese al sabio. Sus deseos se hicieron realidad.

Un frío peculiar empezó a apoderarse de las últimas filas y una voz de hombre mayor, cascada y profunda al tiempo, se dejó oir.
 - ¡Yo tengo un misterio que plantear!
Era el señor Tonelero. Todos los ojos se volvieron hacia él cuando habló y lo siguieron mientras caminaba cojeando, pero sin perder su porte señorial, apoyándose en su bastón, hacia la mesa de la prueba. Nadie habló, todos sentían esa mezcla entre pavor, respeto y curiosidad que el señor Tonelero inspira. Conforme avanzaba aquellos que estaban más cerca de los lugares por los que pasaba sentían un profundo escalofrío al tenerlo cerca. Finalmente llegó a la mesa y habló.

 - Existe algo que todos temen pero deberían buscar. Algo que está más allá de la razón y la emoción, de la moda y de los modos. Algo que es capaz de desmembrar al más fuerte y respetar al más débil pues conoce la debilidad del fuerte y la fortaleza del débil. Millones de años de dolor y sufrimiento avalan su alegría. Está siempre presente y acallado, es un ausente que susurra al oído cuando tienes miedo. Existe algo que no se conoce pero está ahí y hace que las cosas sucedan. ¿Qué es ese algo?

Ragulín pensó y pensó. Dió varias respuestas, todas ellas relacionadas con dioses y deidades de algún tipo, algunas olvidadas y otros totalmente actuales y de moda. Pero el señor Tonelero, imperturbable, siempre negaba con la cabeza. 

Hay quien dice que incluso hoy, mucho tiempo después, Ragulín busca la respuesta al acertijo del señor Tonelero, pues este no la dijo aquella tarde. Cuando comprobó que Ragulín no sabía que más decir, pidió su jamón y se dispuso a marcharse de vuelta por donde había venido. Itálico Martínez, emocionado por hablar a su ídolo, le dijo que sería bueno que dijera cual era la solución de tan interesante enigma. El señor Tonelero se negó. 
- Todavía no estáis preparados para la respuesta. Hay cosas que es mejor no saber antes de tiempo pues la comprensión de un hecho viene en gran parte dictaminada por el momento en que se conoce.


Todo el mundo quedó muy sorprendido, intrigado y ligeramente aterrado por la siniestra aparición, adivinanza y contestación del señor Tonelero. Esto hizo correr muchos más rumores sobre él y, además, consiguió que se le viera como un personaje aun más macabro. Por otro lado, también hubo, y fueron muchos, quienes se cuestionaron el hecho de que recibiese el jamón sin haber dado una respuesta, que Itálico Martínez se lo permitiese y que nos dejase a todos por estúpidos con un acertijo sin respuesta, resumiendo, que se sospecha que hubo tongo. Sin embargo yo he hablado mucho con Itálico Martínez sobre el tema y siempre hemos llegado a la misma conclusión. No tenemos ni idea de cual es la respuesta al acertijo, pero, sea lo que sea, un poco de miedo da, el señor Tonelero sabe cosas que quizá nadie debiera saber.