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domingo, 18 de abril de 2010

Crónicas del Señor Tonelero (III): La secta de los Eclípsides

Quizás el hombre que elige el mal es en cierto sentido mejor
que aquel al que se le impone el bien.

- A. Burgess

Se hacía llamar Ozobuky, venía del país de la gente amarilla y tenía cara de pocos amigos. Tanto Itálico Martínez como yo sospechábamos, y hablábamos a menudo de ello por falta de algo mejor sobre lo que hablar, que aquel no era su verdadero nombre y que sus intenciones eran más turbias que las aguas de Guqui, ese sucio y verde río que cruza Ciudad Lejana. Además a nadie en el Barrio de las Putas parecía gustarle Ozobuky, pero no por su origen. Aquí ese tipo de cosas no le preocupan a casi nadie. No por ser un lado u otro se te va a odiar o a querer, tanto el amor como el odio te las tendrás que ganar como lo que eres, como una persona normal y corriente. Hasta que llegó Ozobuky al Barrio de las Putas nunca había escuchado a nadie hablando mal de nadie procedente del país de la gente amarilla, pero este tío no podía ocultar que no era trigo limpio. Si, como dicen, la cara es el espejo del alma, este tío tenía que ser lo más perverso del Multiverso porque gastaba un careto de los que dan mucho miedo. Por si todo esto fuera poco, se vino a hacer amigo del señor Tonelero con lo que el rumoreo marujil del Barrio no precisó de mayores comprobaciones para decretarlo una mala persona, recibió oficiosamente el título de persona non grata en el Barrio de las Putas, y eso no hay quien te lo quite... hasta que llegó Ozobuky.

Igual que había conseguido ser el primer nativo de su patria en ser destripado por la maledicencia popular, Ozobuky consiguió, para asombro de Itálico Martínez y mío, pasar de ser un indeseable a ser una especie de líder carismático para un amplio número de personas, habitantes del Barrio de las Putas y del resto de Ciudad Lejana. Después de varios meses en el Barrio, montó unos talleres de “Autoestima y Autoconocimiento”, pronto conocidos como el AyA, que fueron un bombazo entre la gente que pulula por estos lares y, además, dieron mucho de que hablar pues de ahí salió una curiosa historia, esta curiosa historia.

Un día, por la mañanita, los más madrugadores vieron como el Barrio amanecía empapelado con unos sugerentes, casi hipnóticos, carteles del AyA. En ellos se invitaba, a todo aquel que quisiera, a participar en unas jornadas de reflexión y autotrascendencia, a romper con la vulgaridad de lo cotidiano y a empezar a vivir la vida con una nueva perspectiva, un mayor conocimiento de uno mismo y una superior dignidad. Sólo había que ir una tarde determinada a una sala del Ateneo Ecologista del Barrio, que amablemente les había sido cedida para las primeras reuniones mientras encontraban otra cosa, con ropa cómoda y muchas ganas de participar activamente. Eran, verdaderamente, unos carteles preciosos y funcionaron mejor de lo que muchos hubiesen podido suponer a priori.

El día del AyA, a la hora convenida, había una legión de personas dispuestas a conseguir las jugosas metas que los carteles cacareaban. Tan buena fue la publicidad subliminal que estos hicieron que a ninguno de los asistentes al AyA le importó que este fuera presentado por el señor Tonelero dando paso al coordinador del taller, el perverso Ozobuky. Todos los reclutas estaban tan excitados por las posibilidades que se les prometían, que ninguno se acordó todo lo que lo habían criticado hasta incluso cinco minutos antes de empezar el AyA. De algún modo que se les escapaba a comprender como, sin darse cuenta de que el cambio se estaba llevando a cabo, pasaron de sentir un profundo desprecio por Ozobuky a respetarlo, a desear que hablase, a amar a este Gran Hermano que empezaba a dirigir sus mentes hacia realidades nuevas y más prometedoras.

Nunca llegué a entrar en ninguna de las reuniones del AyA, Itálico Martínez tampoco, por lo que todo lo que sabemos sobre ello es por rumores y por la observación de las reacciones de los asistentes fuera del tiempo que pasaban, cada vez mayor, bajo los auspicios de su gurú. El caso es que ahí estaba sucediendo algo, sobre eso no había ninguna duda. Del aluvión de público inicial nadie quiso abandonar el AyA. El siguiente paso era llevar a las reuniones a cuantos amigos y familiares pudieron convencer de las excelencias del asunto. Y quien iba un día ya no dejaba de ir nunca. Pronto, no obstante, empezaron a denegar la entrada a cualquiera que se acercara, siendo necesarias algunas, muchas, buenas referencias y un duro rito iniciático para poder formar parte de los asistentes al taller. La sala que el Ateneo Ecologista les tenía cedida no tardó en quedarse pequeña, su número había crecido pasmosamente en poco tiempo, y tuvieron que trasladarse a un local nuevo que pagaban entre todos y donde se reunían a desarrollar su taller que, también en cuestión de escasas semanas, pasó de ser una vez cada siete días a ser una constante en la que en el momento que se acercase un miembro había actividad del AyA al margen del día y la hora que fuese. Todos sabían en el Barrio que aquel local era del AyA y que allí se reunían, pero, al margen del trasiego de gente que habitualmente tenía, no había signos externos que indicaran las actividades que pudieran realizar dentro. El círculo del AyA se iba cerrando.

Los participantes del taller empezaron a distinguirse del resto del vulgo pues formaron una especie de sociedad al margen, una élite, que solo entraba en relaciones con extraños cuando no había más remedio que hacerlo, por ejemplo para comprar algo determinado, y eso cada vez era menos pues con la ampliación de personal pronto tuvieron gente en todos los ámbitos de la vida cotidiana a los que dirigirse para cubrir sus necesidades. Tenían un distintivo para reconocerse entre ellos y que se hizo también popular fuera de su círculo en sentido inverso, cuando veías a alguien con el distintivo lo mejor era no perder tu tiempo con él o ella pues sabías que se creía miembro de un grupo selecto y te despreciaría sistemáticamente. El emblema concretamente era un Sol Negro, un eclipse, del tamaño de una uña, bastante bonito por otro lado. Se creó la sensación en el Barrio de las Putas de que en su seno se había formado una secta. De hecho, como no podía ser menos, hubo algunas filtraciones de información, mínimas, que, maximizadas por la rumorología popular, dotaron de un nombre a la secta. Los Hijos Del Eclipse. Vete tú a saber de donde habían sacado Ozobuky y el señor Tonelero la genial idea de sectarizar a medio Barrio y hacerlos adorar eclipses, si por lo menos fueran adoradores de algo más consistente, pero es que está claro que lo fudamental es sentirse parte de un grupo que te haga ser importante y ante eso pica muchísima gente.

Itálico Martínez y yo pasábamos muchas horas hablando del tema pues nos resultaba muy curioso todo el devenir de la historia. Nos afectaba en parte pues algunos amigos y conocidos habían caído en las garras del lidercito este, que ahora era más odiado todavía por todos aquellos que no lo amaban a rabiar. Yo sé que a Itálico Martínez, aunque nunca me lo dijo explícitamente, también le jodía bastante que el señor Tonelero estuviese en el ojo de ese huracán. Pero a mí, que nunca me gustó ese tiparraco, no sólo no me molestaba sino que incluso me parecía coherente con muchas de las cosas que había oído por ahí de él. Itálico Martínez, en medio de su muda amargura, hablaba del tema con bastante perspectiva e incluso rebautizó a la secta. Había estudiado griego clásico en alguna etapa anterior de su existencia y de ahí sacó que eran la secta de los Eclípsides lo cual, como sonaba simpático, adoptamos para referirnos a ellos.

Se creó con todo esto un status quo que, aunque fuera desagradable, no resultó difícil de aceptar y acostumbrarse a ello. Total con no hablar con unos pocos que habían demostrado no merecer la pena y evitar ir a determinadas tiendas, estaba todo solucionado. Entonces sucedió una tragedia de dimensiones bíblicas. Hipólito, el bibliotecario, se apuntó con los Eclípsides. La captación de miembros había bajado hasta, en los últimos tiempos, ser casi nula, con lo que nos sorprendió bastante el hecho. Hipólito lo llevaba bastante en secreto al principio y era muy discreto con donde se ponía el pin del eclipse, que ya había dejado de parecerme tan bonito. No podíamos comprar libros porque “Librillos y Papelillos”, la librería del Barrio, también había caído en manos de Ozobuky y su piara de adoradores de eclipses (con la de pocos eclipses que hay se podían meter a adorar a los Rolling Stone que al paso que van no se van a retirar en la vida). Nuestra salvación estaba cifrada en la biblioteca, en último término nos salía más barato y nos cogía cerca, hasta que Hipólito se apuntó a adorar eclipses, como si teniendo toda una biblioteca a su cargo no tuviese nada mejor que hacer que ponerse un ridículo pin y vetarnos el acceso a los libros más interesantes, que pronto empezaron a estar sospechosamente reservados a perpetuidad, aunque rara vez se movían de estanterías pues, luego lo supimos, a los Eclípsides solo se les permitía leer muy de cuando en cuando y bajo estricta supervisión de Ozobuky. Aquello clamaba venganza fiera, no sólo no podían leer ellos sino que nos lo ponían difícil a nosotros. Que el japonés quisiera controlar el acceso de sus acólitos a los libros nos iba a costar un disgusto más fuerte de la cuenta a Itálico Martínez y a mí, pobres como somos no tenemos televisión ni semejantes con los que entretener las muchas horas libres, los amigos libros son tan vitales como la comida. Así pues decidimos no dejar pasar ni una más, hasta ahí se podía llegar, íbamos a hacer algo... ¿el qué? no teníamos ni la más remota idea.

La prensa empezó a pregonar que se aproximaban las elecciones locales, que quedaban dos meses y que si tal o cual candidato era no sé qué o no sé cuántos. Cuanto menos tiempo queda para ello peor y más pesados se ponen con el tema. Nosotros nunca votábamos, cuestión de principios, por lo que nos manteníamos al margen del tema. Esas elecciones despertaron nuestro interés por primera vez en mucho tiempo pues resultó que coincidían en el mismo día dos eventos que no parecían relacionados pero que teñían el primero, la cita con las urnas, de un cierto exotismo esotérico. Ese domingo habría un eclipse completo de sol. Por si eso fuera poco, resulta que a última hora se presentó un candidato tan exótico como la singular coincidencia meteorológica, un candidato originario del país de la gente amarilla llamado Ráscalo y que, al margen de que si no estás acostumbrado a verlos te parezcan todos iguales, tenía toda la cara de malo de Ozobuky. Vamos que era Ozobuky presentándose a alcalde de Ciudad Lejana.

Intenté tranquilizar a Itálico Martínez sobre el hecho. Los Eclípsides podían ser muchos pero no suficientes para que Ráscalo ganase las elecciones. Lo que nos faltaba era que los Eclípsides se hicieran con el control del Ayuntamiento. El problema es que la secta estaba mucho más extendida de lo que creíamos. De hecho, había quince focos más como el que teníamos en el Barrio a lo largo y ancho de Ciudad Lejana. La cosa podía empezar a ser preocupante, para cualquier observador avispado estaba claro cuales habían sido las intenciones de Ozobuky, reconvertido en Ráscalo para la vida pública, desde un principio. Para acabar de arreglarlo resulta que un amplio porcentaje de los medios de comunicación dependían, estaban en manos, de los Eclípsides. La campaña de desprestigio y destape de escándalos de los otros candidatos fue brutal, llegando a extremos dantescos en determinados momentos y rozando lo increíble en ocasiones puntuales. Una candidata, del JJ, incluso abandonó la campaña presa de un ataque de nervios por no poder hacer frente a la difamación a la que estaba siendo sometida. Nunca hasta entonces había sentido simpatía hacia los miembros del JJ. Todo parecía que estaba perdido.

Los rumores, rumores son. Como los sueños, tienen algo de irreal que los envuelve siempre y hace que tengan algo misterioso que aumenta su atractivo y que, por ello mismo, se propaguen como la pólvora. Cuando además sucede algo sobremanera extraño e inexplicable la tendencia natural del ser humano a intentar comprender lo que le rodea, le puede llevar a elucubraciones de lo más sui generis sobre lo que necesita entender. Es por ello que cuando pasó lo que pasó con Ráscalo y la secta de los Eclípsides, todo el que no sabía como había sucedido desarrolló su propia teoría y algunas llegaron incluso a ser tomadas como verdaderas. Yo voy a exponer una que es la que me parece, con la perspectiva que da el tiempo, más acertada. No deja de ser un rumor, pero me lo contó Itálico Martínez que sabe de lo que habla. Sea cierto o no, es un desenlace curioso para la historia y una explicación, sino plausible al menos coherente, a lo que sucedió.

Lo que el gran público vio fue algo así como la espectacular caída de una estrella mediática al poco tiempo de empezar a brillar con una intensidad cegadora. Ráscalo cayó en desdicha del modo más extraño que jamás se haya visto pues, sin que nadie supiera porqué, el día de su último discurso antes de las elecciones, con todas las cámaras de Ciudad Lejana retransmitiendo su discurso a todos los hogares que le escuchaban hipnotizados, ante todos los Eclípsides que abarrotaban el pabellón donde daba el discurso, Ráscalo, con voz calmada y serena, sin perder un ápice ese potencial sugestivo que hacía que le escucharas con la máxima atención aunque hablara durante diez horas sin parar, contó como había engañado a todo el mundo con su secta de estúpidos adoradores de eclipses y como se había servido de ellos para conseguir sus fines y satisfacer sus ansias de poder. Ráscalo abandonaba las elecciones y daba por separada la secta que había creado ante el bochorno general, después de tener palabras especialmente duras para todos los que habían confiado en él dándole su tiempo, su dinero, su cariño y sus vidas que quedaban irremisiblemente dañadas con todas sus relaciones de amistad y familia cercenadas. La multitud sintió lo que sólo podríamos denominar como vergüenza colectiva, mayor cuanto más hablaba Ráscalo y salían de esa especie de trance en el que estaban. Por suerte para Ráscalo, para cuando la vergüenza colectiva pasó a ser ira, sus guardaespaldas, que eran conscientes de cual era su trabajo, lo habían sacado de la vista del público justo a tiempo para salvar su vida. Nunca nadie más lo vio ni se sabe qué fue de él. Hay quien dice que volvió a intentarlo en otra ciudad extranjera y que allí sí tuvo éxito, puestos a imaginar describen grotescas sociedades de personas sin voluntad subyugadas por Ozobuky en un huxleyano intento de dominar su mundo feliz.

Los Eclípsides siguen existiendo. Ahora son solo diez o doce que están más locos de la cuenta. Creen a pies juntillas que en el próximo eclipse Ozobuky volverá para enseñarles de nuevo el camino y reinstaurar su gloria. Mantienen su número constante, más o menos, porque captan algún chiflado como ellos de vez de en cuando. También es cierto que de vez en cuando se suicida alguno, nada tan espectacular como las grandes sectas del Imperio de la Hamburguesa, pero sí que causa cierta sensación, cuando llega un eclipse y Ozobuky no aparece. Esto, no obstante, lo superan siempre a base de fe y de explicaciones del tipo de "no era un eclipse lo suficientemente importante...". En fin, de todo tiene que haber es lo que da color y sentido a la vida.

La mitología popular se ha cebado con esta rara historia, ya lo dije. Se ha contado de todo. Yo he escuchado de todo y de todos, y todos afirman que todo lo que cuentan se lo contó alguien que lo sabe todo con total certeza. Ahora es cuestión de cada uno el creérselo o no. Pero yo sé algo más, me lo contó Itálico Martínez algún tiempo después y sus fuentes, aunque no las citó, sé cuales son, por lo que considero esta información la más fiable además de la más coherente con un detalle del que todo el mundo parece haberse olvidado y que sólo sale a relucir muy de cuando en cuando, la implicación del señor Tonelero en toda esta historia.

Ozobuky no empezó su plan en el Barrio de las Putas de Ciudad Lejana por casualidad. Había escuchado, en algún remoto paraje allende las fronteras de Ciudad Lejana, que aquí vivía un hombre que poseía la sabiduría necesaria para ayudarle a llevar a buen puerto sus planes. Una especie de shamán asceta de sabiduría inenarrable y ciertos poderes raramente explicables. Si conseguía juntar su ambición y su talento para la sugestión a la sabiduría y las capacidades de ese personaje, tendría el mundo a sus pies tal y como siempre soñó. Todo era jugar bien sus cartas. De ese modo tomada la decisión puso rumbo a Ciudad Lejana, al Barrio de las Putas, y entró en contacto con este hombre que buscaba, el señor Tonelero.

Itálico Martínez asegura que el señor Tonelero se dejó convencer fácilmente por la curiosidad que le despertaba el individuo este y todas sus intenciones no declaradas, pero casi explícitas, de dominio, que banalmente trataba de ocultar tras un velo de trasnochada y falsa filantropía. A Ozobuky no le gustaba su nuevo socio, el señor Tonelero lo percibía con claridad y disfrutaba a veces atormentándolo con su presencia y comentarios totalmente a propósito, aunque ocultos tras una apariencia de metedura de pata. Cuando por fin empezaron con la historia de la secta, el señor Tonelero se aseguró que disfrutaría de todas sus ventajas sin ninguno de sus inconvenientes y se apartó del asunto. Se mantuvo fuera de todo el tema y, aislado voluntariamente del mundo externo como vivía, no se enteró de la movida que Ozobuky, ahora Ráscalo, había montado para ser alcalde hasta dos días antes del discurso fatídico. Entonces tomó consciencia de que la cosa había ido demasiado lejos. Llamó a Ozobuky y le pidió una cita para darle unos consejos de última hora...

Itálico Martínez no sabe más que lo que acabo de contar. Para cuando el señor Tonelero pudo hablar con Ozobuky apenas quedaban unas horas para el discurso que debía clavar la puntilla de su triunfo, cerrando de este modo la cadena sobre Ciudad Lejana. El discurso ya sabemos como fue. No me importa hasta qué punto sea creíble la historia, qué fue lo que le dijo el señor Tonelero a Ozobuky o si esto tuvo algo que ver con todo lo demás. Creo que esta versión es la más fidedigna y que el cambio de actitud del director espiritual y candidato vino dado en exclusiva por lo que le dijera el señor Tonelero. Con respecto a que fue lo que le dijo el señor Tonelero, tengo la certeza de que es mejor no saberlo.