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sábado, 13 de marzo de 2010

Crónicas del Señor Tonelero (II): La desaparición de Tinna


Llega un punto en el que nuestro odio y nuestro temor nos cambian.
- J. Long


Tinna era muy querida en el Barrio de las Putas. No podía ser de otra forma. No en vano Tinna era hija de Loty, una de las Putas más emblemáticas del Barrio. Casi todo el mundo, hombre o mujer, había pasado alguna vez por la cama de Loty, lo cual hacía que, de algún extraño modo, todo el mundo se sintiera un poco padre o madre de Tinna. Este tipo de cosas son bastante más que normales por aquí, aunque si se lo cuentas a alguien en Ciudad Lejana se echará las manos a la cabeza, independientemente de que hubiese pasado la noche antes degustando la miel de los labios y los pechos de Loty. Es más, en este caso, probablemente, sus aspavientos seguro estarán desproporcionados en mayor medida si cabe. La verdad es que no conozco a mucha gente por aquí que comprenda que es lo que en el resto de Ciudad Lejana ven de raro y aberrante en todo ello, pero es que allí las cosas son muy difíciles de entender, o al menos eso dicen, yo no lo sé sobre seguro por que casi nunca salgo del Barrio, no me hace falta. Pues bueno, el tema es que a Loty se le tiene mucho cariño y respeto por estos andurriales y esto, claro está, se hace extensivo a su hija que, además, podría ser hija de casi cualquiera. Pero si hay alguien que siempre se ha sentido especialmente unido a Tinna es mi amigo Itálico Martínez. Ese tío se ha pasado más tiempo entre las piernas de Loty del que podría pagar nadie, solo que a él le hace precio especial por cliente habitual. Un día me confesó que Loty era su Musa, esto era innecesario por que yo ya lo sospechaba, pero siempre es bueno saberlo todo. Itálico Martínez, además, tenía en mucha estima a Tinna y eso que él sí que no podía ser su padre. Para cuando Itálico Martínez llegó al Barrio, siendo un chaval de apenas diecisiete años, con ansias de ser el mayor artista boligráfico de todos los tiempos, Tinna ya tenía siete años y supongo que esto lo convertía en una especie de hermano mayor-padrastro por horas. Esto sí es ya un poco más extraño, incluso aquí, pero no seré yo quien se ponga a juzgar esos temas. Además, los dibujos de Itálico Martínez mejoraron notablemente desde que encontró la “inspiración adecuada”. En fin, no fue ni el primero ni el último en encontrar su Musa en una de nuestras insignes Putas, para eso están, entre otras cosas, y se sienten muy orgullosas de que así sea.

Pasaron unos pocos años desde que Itálico Martínez había arribado al Barrio y ya nos habíamos hecho bastante amigos. Él se había hecho de una reputación como artista boligráfico y hacía conocido en profundidad a la fauna del Barrio y sus costumbres, casi como si fuera de aquí. Además, como era un muy cotilla, encajó bastante bien con el ambiente general que recorre nuestras calles en las que él estaba todo el día pintando. No podría jurarlo, pero creo que era muy feliz aquí. Tenía todo lo que siempre había deseado: talento reconocido que le daba para medio vivir, y eso que lo de artista boligráfico está peor pagado que ninguna otra cosa en este mundo; una amante que le cobraba un precio justo, quizá algunos dibujos, en lugar de dinero, en más de una ocasión; una hijastra, hermanastra o algo más allá de eso, a la que adoraba y que le adoraba; amigos y gente con la que charlar sobre cualquier cosa que se cociera en el Barrio; y, por encima de todo, un ídolo, una especie de héroe al que dedicaba toda su atención en cuanto lo veía aparecer en lontananza hasta que desaparecía por cualquier callejuela, del que trataba de estar siempre al día de todo lo que sobre él se dijera y que, además, le admiraba a él y se había acercado alguna vez para comprarle algún dibujo y mantener una breve conversación, al menos eso decía Itálico Martínez siempre con un gran sonrisa al evocar estos sucesos, este hombre, que tan profundamente había marcado la vida de mi amigo, era, por supuesto, el señor Tonelero. Así pues, la vida de mi amigo era considerablemente feliz sobre todo comparada con la de esas mujeres ruidosas, lloronas, amigas de lo insano que tan a menudo salen en los programas “para mujeres” de los canales de televisión de Ciudad Lejana. Es decir, que Itálico Martínez siempre estaba de buen humor, vivía las pequeñas cosas cotidianas como motivos de alegría y esto le hacía parecer un tipo realmente feliz. ¿Qué más se puede pedir? Supongo que en estos casos lo más apropiado es desear que la situación dure, ¿no?. Es más estoy convencido que es lo único que se puede desear, aunque no se haga conscientemente, por que vi como se quedó el pobre Itálico Martínez cuando su maravilloso mundo se vino abajo y su diáfana existencia comenzó a ser digna del más bajo y amarillo de los programas de televisión lejanienses. El tema es que, sin saber muy bien como fue la cosa, un buen día, sin avisar, Tinna desapareció.

El pobre Itálico Martínez se quedó de una pieza cuando Loty le preguntó si sabía algo de Tinna, llevaba dos días sin saber nada de ella, y él le tuvo que decir que no. A partir de ese momento fue todo un tumulto de sentimientos enfrentados el que sacudió a Itálico pues, para acabar de arreglarlo, pronto comenzaron los rumores de que había sido el señor Tonelero el que había hecho desaparecer a Tinna. Empezó siendo un rumor basado en algo real y tangible. Las dos últimas semanas antes de su desaparición, Tinna había sido vista en incontables ocasiones y por incontables personas hablando con el señor Tonelero. Yo les vi, puedo asegurarlo. Pero, como siempre sucede en estos casos, el rumor acabó convirtiéndose en una truculenta historia de sexo brutal y violento en la que el viejo e indeseable señor Tonelero, en un ataque de lascivia y violencia incontenibles, y probablemente bajo los efectos del alcohol o cualquier otra substancia, violaba y golpeaba hasta matar a la pobre Tinna, para luego usar su sangre y visceras en algún ritual bizarro dedicado a una deidad olvidada y de nombre abyecto que pugnaba por volver a nuestro mundo para someternos a todos a su voluntad.

Nada es perfecto y nuestro Barrio tampoco. La gente es terrible cuando se pone a hablar de algo. La maledicencia es una de esas cosas que le ponen color al Barrio, pero que pueden hacer que vivir en él sea insoportable. El pobre Itálico Martínez tenía que cargar con el dolor no sólo de la pérdida de Tinna, sino también con los crueles rumores que sobre su héroe, el señor Tonelero, se estaban extendiendo por el Barrio. A estos, además, Itálico Martínez, por su natural condición de cotilla, no podía ni hacer oídos sordos, ni, por supuesto, dejar de creerlos. Lo curioso de todo esto es que el señor Tonelero paseaba por el Barrio tan tranquilo como siempre y nadie le decía o preguntaba nada al respecto. Supongo que será por que la hipocresía no es una característica únicamente de los habitantes de Ciudad Lejana, sino de las personas en general, a más de por el pánico subrepticio que el viejo urraco despierta. Claro que todo esto fue creando un clima de insana tensión en el Barrio. Loty sufría, y no precisamente en silencio, por la pérdida de su adorada hija y todo el mundo sufría con Loty, especialmente mi amigo Itálico Martínez. Fue un poco un caso de locura colectiva, de repente la gente del Barrio de las Putas se organizó, la noche que hacía diez de la desaparición de Tinna, para tomarse la justicia por su mano y linchar al señor Tonelero.

El resultado quedó un poco como las películas antiguas de Frankenstein, esas en blanco y negro, en las que el pueblo monta en cólera y van con antorchas, montaña arriba, a destruir al monstruo. La multitud enfurecida se presentó en casa del señor Tonelero. El señor Tonelero vivía en la Plaza Grande del Barrio en una antigua casa de tres plantas con un extenso jardín delantero, muy verde y descuidado, cubierto de hiedra por todos lados, a cuyo interior cerraba el paso una gran verja de hierro forjado. Desde la calle se podía ver luz en una de las habitaciones del segundo piso. La muchedumbre supuso que era donde se encontraba el monstruo que perseguían y hacia allí dirigieron sus imprecaciones y gritos, así como algunas consignas preconcebidas que todos gritaban a coro, a pesar de su total carencia de originalidad y estilo. Cosas como <<¡Tonelero asesino!>> o <<¡Urraco, macaco, fuera del Barrio!>>. Itálico Martínez, presa de la más completa de las desolaciones, observaba todo este espectáculo desde un banco en la Plaza Grande que estaba justo enfrente del lugar de los hechos.

La muchedumbre formaba un maremagnum de voces enfurecidas que increpaban al señor Tonelero, pero sin osar forzar la verja y penetrar en casa del interfecto. Todavía había algo en el siniestro, pero señorial, porte del señor Tonelero que les infundía respeto y miedo más allá de todo el valor que al individuo pusilánime y mediocre insufla la masa. Y entonces, en mitad de tan cobarde manifestación, el señor Tonelero salió al portal y se quedó mirando y escuchando a la marabunta. Se lo veía totalmente serio, no enfadado, ni molesto, ni nada por el estilo. Solamente estaba serio, observando atentamente todo cuanto sucedía en la puerta de su casa. Alguien le echó valor y gritó una de las estúpidas consignas que llevaban preparadas y entonces pasó algo inesperado. El señor Tonelero empezó a reírse a carcajadas, una risa fría, profunda, inexpresiva, los presentes no sabían si se reía de ellos por las tonterías que habían dicho, por lo patético de su manifestación de linchamiento que no era capaz de traspasar una verja por miedo, por que realmente había matado a Tinna e iba a salir impune de ello o por que no había tenido nada que ver con el suceso que se le imputaba y se divertía viendo a los vecinos del Barrio hacer el ridículo. El caso es que la risa del señor Tonelero hizo mella en la masa, primero consiguió que todos callaran hasta el punto de que sólo se oían sus carcajadas, cada vez más sonoras. Luego todo el mundo se sintió mal, como si a cada risotada del señor Tonelero algo dentro de cada uno de los presentes se quedase bloqueado por el miedo más profundo. Finalmente, poco a poco al principio, casi corriendo los últimos, todos se fueron de allí. Entonces quedó solo el señor Tonelero en la puerta de su casa e Itálico Martínez sentado en el banco de enfrente mirando atentamente a su ídolo. El señor Tonelero dejó de reírse, le mandó una sonrisa socarrona acompañada de un gesto con el pulgar de la mano derecha a Itálico Martínez y se volvió a meter en su casa.

Varios días después los ánimos se habían calmado y, aunque todo el mundo lamentaba y se extrañaba de la misteriosa desaparición de Tinna, el asunto quedó casi olvidado pasando a formar parte de las miles de historias con las que se ha forjado la leyenda negra del señor Tonelero. Pero lo curioso no es eso. Yo sí sé lo que pasó con Tinna. Dos o tres días después del incidente en casa del señor Tonelero, me encontré con Itálico Martínez. Venía extremadamente feliz, le pregunté que le pasaba y me lo contó porque se suponía que yo estaba al margen de todo el asunto. Loty había recibido una carta de Tinna, estaba bien, se había ido a conocer Ciudad Lejana y le había gustado, de modo que se hizo con un trabajo de dependienta en una tienda de pasteles y se quedó allí. No había escrito antes porque no había tenido tiempo y no había avisado antes de irse para que nadie intentase convencerla de que no lo hiciera. Lo realmente interesante es que el señor Tonelero había tenido mucho que ver con su desaparición, fue él quien le enseñó a confiar en sí misma y a adoptar sus decisiones por cuenta propia, animándola a hacer algo que de verdad quería hacer, ver con sus propios ojos Ciudad Lejana y descubrir como era más allá de los prejuicios que aquí tenemos de ella. Loty sólo se lo había contado a Itálico Martínez porque no quería que todo el Barrio se avergonzase de su conducta para con el señor Tonelero. De todas formas, en último término, con lo cotilla que es Itálico Martínez la historia de la carta no tardó en convertirse en jugoso y bien fundamentado rumor y, a fin de cuentas, aquí los rumores tienen casi tanta importancia como la realidad.

3 comentarios:

Rocío dijo...

Tu relato me ha hecho pensar en el inmenso poder de imaginación que posee el ser humano. Pones de manifiesto como la maledicencia es imprescindible para colorear el Barrio y su condición humana. Siempre habrá alguien dispuesto a alimentarla. Todo aquello que desconocemos, necesitamos, cuanto menos, inventarlo y siempre habrá alguien hacia quien dirigir la mirada. Entre otros fragmentos, me quedo con: "Todavía había algo en el siniestro, pero señorial, porte del señor Tonelero que les infundía respeto y miedo más allá de todo el valor que al individuo pusilánime y mediocre insufla la masa."

Félix dijo...

A mi me hace especial gracia el ver a los habitantes del Barrio en plan peli antigua de Frankenstein a intentar quemar al señor Tonelero, me parece una imagen superpoderosa y me gusta jugar con ese tipo de imágenes. Gracias por tus comentarios.

Rocío dijo...

Estoy de acuerdo contigo. A ese momento en el que los habitantes del Barrio intentan quemar al señor Tonelero, yo también le sumo el de no atreverse a traspasar la verja de su casa, con esas carcajadas de fondo hablando por sí solas en el silencio reinante. Sin duda, puedes permitirte jugar con ese tipo de imágenes.