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sábado, 20 de febrero de 2010

Crónicas del Señor Tonelero (I): ¿Qué pasó con el gordo Hilario?


A todo el mundo le gusta usar palabras injuriosas,
pero nunca ha creído nadie que a él se le aplique con razón una sola de ellas.
- F. Nietzsche



El señor Tonelero vivía en el Barrio de las Putas desde hacía más tiempo del que nadie pudiese recordar. De hecho, era una parte importante de la fauna del lugar. Era exactamente el tipo de individuo que las mentes bienpensantes y de caduca moralucha que habitaban en el resto de Ciudad Lejana temían encontrarse si osaban adentrarse en el Barrio de las Putas. Respondía al cien por cien a la imagen del tiparraco sórdido, siniestro y grotesco que fuera del Barrio tenían de los personajes que por aquí pululan. Era bastante mayor, aunque no viejo. Rondaría los cincuenta años y, a pesar de que estos no habían pasado en balde, se conservaba muy bien. Llevaba el pelo largo más allá de los hombros, pero con el flequillo cortado a la altura de los pómulos. La alopecia parecía haberse olvidado del señor Tonelero que lucía orgullosamente su melena cuidada, frondosa y brillante, de un color negro azabache que era la envidia de muchas mujeres cansadas de intentar ese color con tintes que siempre deterioraban sus cabellos. El señor Tonelero no usaba ningún tipo de coloración y parecía como si las canas nunca fuesen a asomarse a su cabeza. Algunos incluso llegamos a pensar que quizá el pelo no fuese más que una peluca, sólo salíamos de la duda cuando Lukky, la peluquera, nos contaba que recibía la visita del señor Tonelero cada quince días para mantener siempre su pelo correctamente. Hay quién dice que no te puedes fiar mucho de Lukky, que es muy cotilla y capaz de inventar cualquier cosa con tal de tener algo de qué hablar, pero yo sí me fío, de momento. En cualquier caso hoy no vamos a hablar de Lukky, sino del señor Tonelero.
 Como iba diciendo, era un personaje oscuro y eran muchos los que le tenían miedo e incluso afirmaban haber sentido un intenso frío recorrerles la espalda cuando, por cualquier motivo, habían estado cerca de él. No era especialmente alto el señor Tonelero, tampoco de complexión demasiado consistente, no obstante transmitía fuerza, emanaba una especie de vitalidad que hacía temer que se enfadase. Su nariz bien hubiese merecido un soneto de Quevedo y su boca, ni grande ni pequeña, estaba perfectamente delimitada, como si hubiesen dibujado sus labios con carboncillo. Pero lo que más inquietaba de él eran sus ojos, engastados en profundas ojeras, fruto de años de noctambulismo e insomnio, como dos pedazos de hielo azul casi gris, siempre vigilantes e incapaces de perder un detalle. Andaba siempre cojeando ligeramente de la pierna izquierda, cosa que solucionaba, en parte, con un bastón que le acompañaba donde quiera que fuese y que añadía un algo de sobriedad y distinción a su macabra imagen. Macabra imagen que debía en buena medida a su vestuario ligeramente anticuado y raído, consistente en ropas oscuras, cuando no totalmente negras, y un viejo abrigo largo. He de reconocer que a mí también me asustaba un poco el señor Tonelero, pero es que se rumoreaba mucho sobre él. Los rumores eran, a veces ,demasiado terribles. Hablaban de muertes sin resolver en las que de un modo u otro había estado implicado; de antiguas religiones olvidadas y siniestras; de continuas visitas a Natuschka, la bruja, en busca de hierbas de todo tipo; de largas noches de alcohol, drogas, sexo salvaje y música; de horas interminables en la oscuridad con una única luz iluminando viejos y ominosos libros casi desencuadernados; de sueños que cualquier psicoanalista interpretaría como pesadillas... De hecho muchas de las historias que voy a contar sobre él, empezando por la de hoy, son puramente rumores que no he podido comprobar personalmente. Aunque aquí los cuentos tienen el mismo carácter que las verdades, sobre todo si son tan siniestros como los que circulan sobre el señor Tonelero.

Visto todo esto pues, no podría asegurar la veracidad de la historia del gordo Hilario. Personalmente, me siento bastante inclinado a creerla. Ese señor Tonelero no me gustó nunca y está claro que al gordo le pasó algo. Yo lo conocí antes y era un tío muy hiperactivo, siempre hablando y riéndose. De acuerdo que era un poco hijo de puta, en el mal sentido claro está, pero nunca pensé que se mereciese acabar hecho un muerto viviente. Desde hace ya mucho tiempo únicamente pasea por el Barrio, siempre solo, sin hablar con nadie, pálido y con la mirada perdida. Todos los sonidos que es capaz de articular se reducen a gruñidos guturales e inexpresivos, y, al mismo tiempo, se ha quedado tan delgado que seguir llamándole gordo es una mera cuestión de costumbre. Le recuerdo socarrón y molesto, siempre sarcástico e irónico hasta resultar hiriente. A veces, no pocas veces, se pasaba bastante y, esto sí que lo he visto yo personalmente, llegaba a hacer llorar a las personas que estaban a sus alrededor, hombres, mujeres, niños, cualquiera. No guardaba ningún tipo de respeto a nada ni nadie, incluyendo aquí a los ancianos y a las Putas. El gordo Hilario resultaba incluso muy repugnante, se podría decir que era un personaje intrínsecamente nauseabundo. Creía saber más que nadie, que estaba por encima de todo el mundo y que ello le daba derecho a comportarse como lo hacía. Supongo que por esto pasaba tantas horas solo, a pesar de que tenía su pequeño foro de incondicionales en la “Taberna 19”, su bar habitual. La verdad es que, ahora que lo pienso tranquilamente, sí que se merecía acabar como ha acabado, sea o no verdad la historia que voy a contar.

Aún recuerdo el día que vino Itálico Martínez a contarme esta historia. Él es un artista boligráfico, jamás vi arte más ingratamente tratado que el de los artistas boligráficos, que se gana la vida honradamente malvendiendo sus dibujos y que admiraba profundamente al señor Tonelero vete tú a saber por qué oscuro motivo. Incluso se jacta de haber hablado con él en algunas ocasiones y haberle vendido alguna de sus obras. El caso es que un buen día me vino y me preguntó si yo sabía la causa de que el gordo Hilario estuviese tan raro. Yo no tuve mucho tiempo para pensarlo, de hecho, sí que me había extrañado un poco la actitud del gordo Hilario, aunque casi ni me había percatado del hecho en sí mismo hasta que Itálico Martínez me hizo reparar en ello. Fue más o menos así como el bueno de Itálico Martínez, no por muy bondadoso poco cotilla, me narró la historia de lo que según él le había pasado al gordo Hilario.

Parece ser que aquella noche el señor Tonelero estaba tomando una copa en la “Taberna 19” la cual, como ya dije antes, era el lugar habitual y recurrente de Hilario y su foro de incondicionales. Todo era normal. No cualquiera puede entrar allí, sobre todo si en el pasado ha dado problemas. Pero el señor Tonelero no se ha metido en la vida con nadie que no le haya provocado, de modo que no existía ningún motivo por el cual no debiera estar allí. El problema está en que el gordo Hilario no pensaba así. De hecho, tal y como entró en el bar y vio al señor Tonelero en la barra le soltó un:
 - ¿Qué hay de nuevo, viejo?,
 que por lo visto sonó muy despectivo. ¡Estúpido gordo!. Sea como fuere, no dio la sensación de tener mucha relevancia. El señor Tonelero tenía aire de no haberse enterado, o más bien de no quererse enterar. Las cosas habrían terminado ahí si el gordo hubiera sido una persona normal, pero ya dije que no lo era, ¿verdad?. Pues bien, resulta que ahí tienes al señor Tonelero tomándose tranquilamente una copa sentado en la barra y de repente el gordo Hilario empieza a chillar, más que hablar, con su camarilla de piojosos acerca de lo que, según él, estaba bebiendo aquel siniestro personaje. Se hizo un silencio sepulcral en el bar, si has estado alguna vez en “Taberna 19” quizá te costará trabajo creer que esto sea posible, no te preocupes, a mí también me lo cuesta. A la tercera impertinencia del mantecoso pregonero de falsas miserias ajenas, su farándula de patéticos apéndices notó la tensión en el ambiente y compartieron el silencio que se extendía cada vez más pegajoso. El gordo Hilario no quería percatarse de esto, su exaltación iba in crescendo poco a poco, por lo que continuaba gritando e imprecando al señor Tonelero.
 - Sí, sí, el viejo borracho ese quiere que veamos como se pone ciego de Bloody Marys.
Más tensión.
 - ¿Querrá esa vieja cotorra desgreñada demostrarnos cuanto es capaz de chuparse antes de reventar en una esquina?.
Mayor elevación del tono de la voz del gordo. Los asistentes a tan lamentable exhibición comenzaron a sentir que el ambiente comenzaba a cargarse más de lo soportable y algunos incluso optaron por irse. El señor Tonelero continuaba bebiendo sin dar señales de ser consciente de lo que estaba sucediendo. En la mente de todos estaba el rumor de que el señor Tonelero había sido alcohólico y que había conseguido dejarlo tras haber sufrido un infierno de dolores y delirios que casi acaban con él. El gordo acabó finalmente reuniendo el resto de desfachatez que le que daba por mostrar y se dirigió directamente al señor Tonelero.
 - ¿Qué pasa, asqueroso, que no tienes güevos de enfrentarte a mí? ¿Tan borracho estás que ni te coscas de lo que digo?.
En ese momento el señor Tonelero acabó su copa y le dijo a Lisandro, el camarero:
 - Ponme otro zumo de tomate, Lisandro.
Esperó a tenerlo y entonces se volvió hacia el gordo Hilario. Se acercó a la mesa donde estaba su seboso afrentador y se sentó frente él. Bebió un trago. En ese momento fue cuando empezó a hablar.
- No creo que el zumo de tomate emborrache a nadie. Quizá funcione contigo que eres anormal hasta para eso, pero conmigo desde luego no tiene ese tipo de efectos. No te preocupes, de todas formas ya contaba con ello. -  Mientras hablaba no cesaba de clavar su fría mirada azul y gris en el gordo Hilario que a duras penas mantenía su socarrona sonrisa.
El bar mantenía el insano, molesto, enrarecido y pegajoso silencio, todo el mundo pendiente de cualquier cosa que sucediese en la mesa del gordo. El señor Tonelero siguió hablando.
 - Lamento, por otro lado, seriamente la concepción tan errónea que tienes de mí. No es que no beba, o que beba muchísimo. Eso no es asunto tuyo. Es algo que ni tan siquiera estoy dispuesto a comentarte. Pero te equivocas de pleno si te crees tan importante como para que me emborrache en tu presencia. Sólo compartiría algo tan personal como eso con mis amigos suponiendo que los tuviese, cosa que tampoco es de tu incumbencia. Eres la última mierda a la que le permitiría entrar en mi intimidad de esa forma y, no te ofendas, pero los mierdas como tú me dan asco.
Durante toda esta disquisición el frío que emanaba la mirada del señor Tonelero no paró penetrar el cuerpo del gordo Hilario, desgarraba todo lo que en su interior daba coherencia a su persona. Una mirada maligna, de esas que casi matan, peor que las palabras que la acompañaban aunque subyacente a ellas. Hay quién dice que fue aquí cuando empezó a emitir esos gruñidos guturales que en la actualidad son todo su vocabulario. De hecho, nadie lo volvió a oír diciendo nada inteligible. Cada vez más pálido ese asqueroso gordo no podía parar de mirar a los ojos del fantasmagórico personaje que, poco a poco, le estaba destrozando la mente sin que nadie fuera capaz de entender como lo hacía.
 - ¿Sabes una cosa? Ciertamente hay mierdas que son bastantes honorables, tú no. Crees que sabes mucho y que eso te da derecho a hablar, ya no hablarás más. Eres demasiado impertinente y la impertinencia es una de esas cosas imperdonables bajo cualquier supuesto. Te has equivocado de persona a la que intentar joder, yo nunca perdono a nadie. Podría hacerlo, podría incluso darte la oportunidad de aprender o ir más allá y enseñarte yo mismo. Sí, podría hacerlo. Pero no lo voy a hacer. Sólo te voy a enseñar a no molestar nunca más.
Acercó su mano a la boca del gordo Hilario y se la tapó durante un segundo. Le susurró unas palabras al oído en un idioma desconocido, o a lo mejor es que nadie llegó a enterarse de qué había dicho exactamente, y la pálida cara del gordo comenzó a expresar más dolor y sufrimiento de los que puedan ser imaginables haber padecido nunca mientras desde sus ojos rodaban, a lo largo de sus todavía infladas mejillas, dos lágrimas de desesperación y sordo padecimiento de lo indecible.

El resto es historia. Al parecer el señor Tonelero no se quedó a ver como acababa su intervención. El silencio duró aún un buen rato en “Taberna 19”. Luego todo el mundo volvió a lo suyo e hizo todo lo posible por olvidar lo sucedido. Nadie recuerda el asunto o reconoce recordarlo, ni siquiera Lisandro, lo cual no quiere decir que no haya pasado tal y como lo he contado, simplemente es que no hay nadie dispuesto a hablar del tema.
De todas formas lo que sí que es seguro es que el gordo Hilario ya no está gordo y se pasea por el Barrio esquelético, pálido y ojeroso sin ser capaz de emitir ningún tipo de sonido que no sean esos raros gruñidos parecidos al canto de un cerdo. Itálico Martínez me contó algo más, pero eso ya sí que es difícil de creer e imposible de comprobar. Por lo visto, a veces el gordo Hilario consigue balbucear alguna palabra o frase para dirigirse a alguien, entonces su pálida y demacrada cara adopta una expresión de dolor y terror infinitos, para luego volver a su nuevo estado de normalidad y continuar gruñendo. No falta quién dice que cuando esto sucede es porque está viendo en su interlocutor el rostro siniestro y los ojos fríos del señor Tonelero condenándolo a la incomunicación, a la muerte en vida.