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jueves, 12 de septiembre de 2013

Un comprador de almas

NOTA PREVIA. Este relato NO forma parte de la serie de Cuentos del Barrio de las Putas. Fue publicado originalmente en el número 2 de La Biblioteca Fosca, dedicado al demonio. Habiendo comprobado que dicha publicación ya no se encuentra disponible he decidido rescatarlo del olvido mientras retomo el proyecto original de este blog. Espero que sea del agrado de aquellas personas que lo lean.


 
Cuando se dirigía aquella mañana a la oficina, acompañaba a Sargataroniel la ubicua certeza de estar en la picota. Tenía la seguridad casi absoluta de que no iba a ser su día. Lo que sus escasos poderes de diablillo menor, tan insignificante que ni siquiera aparecía en los listados medios de creaturas infernales, no daban para prever, era que iba a ser el peor día de su existencia.

En la oficina le esperaba, como de costumbre, la lista de posibles clientes que el departamento de estadísticas había diseñado para él. Tendría que visitar a cada uno de ellos, e intentar por todos los medios que le vendieran sus almas. Por desgracia, esta tarea no se le daba demasiado bien a Sargataroniel. Conocía las reglas, los recursos y trucos, había leído cuanto sobre este tipo de menesteres había en la Gran Biblioteca del Infierno, incluidos los textos escritos por ángeles y mortales, no sólo los de autoría demoníaca. Sin embargo, este bagaje teoríco no le resultaba útil en la práctica.

Ante el mortal, Sargataroniel se bloqueaba. Se quedaba en blanco. Sabía lo que tenía qué hacer y cómo hacerlo, pero no le salía bien. Siempre fallaba algo. No en todos los casos, nunca falta quien está muy bien predispuesto a venderle su alma a cualquiera por poco que le ofrezcan. Pero, por regla general, Sargataroniel, sin la ayuda de su tridente, se sentía pequeño en presencia de los humanos. Y, evidentemente, no se iba a llevar el tridente a pasear por el mundo de los vivos. Tal y como están las cosas podía acabar en un psiquiátrico o, peor aún, de protagonista de algún microespacio televisivo en el programa nocturno de moda.

Al principio la cosa iba mejor. Recién llegado a este puesto de máxima responsabilidad, sobre todo comparado con su anterior destino, todos los meses cumplía con las cuotas que le asignaban de almas a comprar. Esto se explica por el entusiasmo de la novedad y la cantidad desmesurada de horas extras invertidas.

En los tres últimos meses, la cosa había empeorado. Los mortales eran cada vez más reacios a pactos demoníacos, cuando no se reían directamente de él al tomarlo por loco. “¡Será usted iluso!, ¡el demonio no existe!”. Esto hacía que a Sargataroniel le ardiera la sangre en las venas. “¡¿Cómo que no existe?!, ¡Existimos!, ¡Somos legión!...”. Pero poco podía argumentar contra el escepticismo. Las exhibiciones de poder espectaculares y convincentes estaban más allá de su alcance, pues no era demasiado poderoso que se diga para ser un demonio. Así, entre una cosa y otra, llegó el desánimo, de modo que ni con las horas extras había cubierto sus cuotas de mínimos. Lo peor es que este iba a ser el cuarto mes sin cumplir sus objetivos, y ni aunque convenciese a todas las personas de la lista iba a llegar al mínimo exigido. Cuatro meses en este plan serían más que suficiente para desencadenar la furia de Satanás, perspectiva que aterraba a Sargataroniel.

Como es lógico, toda esta situación le tenía bastante estresado. Desde el principio de los tiempos había servido en las huestes infernales como diablo raso, tridente en mano, atormentando almas en pena. Un pinchaculos, que era como les llamaban en los círculos infernales más elevados. Un golpe de suerte inesperado le había permitido el ascenso a comprador de almas. Puesto, la experiencia lo había demostrado, que ni merecía, ni estaba cualificado para desempeñar. Prueba de ello eran los cuatro meses consecutivos sin rellenar su cuota de compras. Sargataroniel temía que eso supondría su vuelta con los pinchaculos o, quizá, algo peor.

La cosa empezó mal. En algunas casas no había nadie, y en otras no le abrían la puerta. Se veía una sombra detrás de la mirilla y se escuchaban algunos movimientos tenues y voces desconfiadas. Un “¿Quién es?”, que no esperaba presentaciones antes de graznar “¡Váyase!, ¡no queremos nada!”.

Sargataroniel se iba agobiando más con cada tentativa fallida. El asunto tenía poco arreglo.

Una puerta más, la sexta, número demoníaco por excelencia, se abrió al poco de tocar el timbre. En el umbral apareció un niño. “Hola, campeón, ¿está mamá?”. Los niños suelen ser bastante sensitivos, y bastante bocazas también. Concretamente este resultó ser ambas cosas en grado máximo. “¡Mamiiiiiiiiiiiiii!, aquí hay un hombre preguntando por tí, pero no me gusta nada. Es un hombre malooooooo.”. Sargataroniel se tensó al escuchar al niño y empezó a transpirar copiosamente, lo cual no ayudó mucho a mejorar el cuadro, ya que, como todo el mundo sabe, el sudor de demonio tiene un penetrante olor a azufre.

La madre, que había llegado corriendo, alarmada por el anuncio de su vástago, se encontró en su puerta a un hombre apuesto, elegantemente vestido con un traje negro modelo Diabolo y una corbata gris a juego, cara de estar bastante angustiado y rodeado de un intenso y sulfuroso hedor. Mandó al tierno infante a su habitación y se parapetó tras la puerta entornada.

- ¿Es usted Lisergia Cálenton? - preguntó tras consultar su agenda.
- Sí, soy yo. ¿Quién es usted y cómo sabe mi nombre?
- Me llamo Sargataroniel y represento a una de las entidades más influyentes de todo el Orbe. - Esto era lo primero imprescindible, presentarse, y ya estaba hecho. Se relajó un poco y se dispuso a continuar. - Estamos buscando personas que... - No pudo decir más. Lisergia Cálenton le interrumpió.
- ¿Sargota... qué?
- Sargataroniel – respondió, pacientemente, con la intención de resultar amable.
- ¿Sargataroniel? - insistió ella.
- Sí, Sargataroniel.
- ¿Qué tipo de nombre es Sargataroniel?
- ¿Cómo? -repuso él sin comprender a qué venía aquello.
- Sí, es un nombre extraño. Es la primera vez que lo oigo.
¡Como para conocerlo!. Ni después de su ascenso a comercial había alcanzado el mínimo de relevancia como para que su nombre fuese conocido en el mundo de los humanos.
- Supongo que es un nombre poco común. - se vio obligado a reconocer.
- Pues sí, poco común. - apostilló ella. - ¿Cuál dijo que era su apellido?
Sargataroniel intentó poner cara de póker para esconder su sorpresa ante la pregunta.
- ¿Apellido? - balbuceó.
- Sí, apellido. No creo haber oído su apellido. - continuó ella insidiosa y desconfiada.
- Pues verá, señora Cálenton, no tengo apellido. Me llamo Sargataroniel a secas. - reconoció con un matiz de tristeza en su voz, cayendo de inmediato en la cuenta que tendría que haber dado un apellido cualquiera. Pero el daño estaba hecho, había caído en la trampa de esta suspicaz mortal.
- Ajá,- respondió ella – de modo que usted no tiene apellido.
- Bueno yo... - el demonio se sentía cada vez más indefenso y desvalido ante la situación.
- No tiene usted apellido. O no quiere decírmelo. Haga el favor de irse y dejarme en paz.
- Pero señora Cálenton, vengo a ofrecerle...- trato de esbozar a modo de último intento desesperado.
- Adiós, señor Sargatoloquesea sin apellido. - se despidió Lisergia Cálenton dándole con la puerta en las narices.

Sargataroniel tardó unos segundos en reaccionar. Otro fracaso más en una lista que se antojaba interminable. Notaba que el desánimo empezaba a hacer mella en él. “Ahora sí que me la cargo”, se dijo.

Aún así, volvió a echar mano de su agenda del día y puso rumbo al siguiente domicilio. Allí residia Lucio Mara-Villas, un humano que, según todos los datos del departamento de estadísticas, estaba más que predispuesto a firmar un pacto con el diablo. Una de esas almas que se compran solas. Esto tranquilizó un poco a Sargataroniel. Cuanto más cerca se quedase del mínimo, mejor. Una cosa es no cubrir una cuota, y otra no tener ni un solo papel firmado en la cartera.

Al llegar a la puerta del hogar de Lucio Mara-Villas, tocó el timbre y sonaron unos compases de órgano. El inicio de la Tocata y Fuga de Johan Sebastian Bach. Una melodía que dió esperanzas a Sargataroniel.

Percibió la típica sombra tras la mirilla y los correspondientes movimientos tras la puerta. Al momento esta se abrió de par en par, apareciendo tras ella un ser humano bastante extravagante, a tenor de los mortales que estaba acostumbrado a visitar. Su intuición se puso en marcha instantáneamente. Este sí que era un buen candidato.

- Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle? - preguntó, cordial, el hombre de la puerta.
- Buenos días. Yo diría que se trata, más bien, de en qué puedo ayudarle yo a usted, caballero. ¿Lucio Mara-Villas? - inquirió el diablo.
- Sí, soy yo. Y usted es...
- Soy Sargataroniel, y represento a una de las entidades más influyentes del Orbe.
- ¿Sargataroniel?. Suena demoníaco.
- La verdad es que sí. - reconoció el demonio, azorado y orgulloso a un mismo tiempo.
- Hmm, que curioso. - repuso Lucio Mara-Villas – Pase usted, por favor.
- Muchas gracias. - dijo él, aceptando la invitación.
- Pasemos al salón que estaremos más cómodos. Sígame, por favor. - por el pasillo continuó hablando – Su nombre me recuerda algo. Parece como una mezcla de Sargatanás y Samael.
- Por ahí va la cosa, - admitió ufano – aunque el sufijo oniel tiene ciertas connotaciones en el lenguaje demoníaco clásico, que son diferentes de las del ael de Samael, que es más cercano al ángelico clásico.
- Hmm, que interesante. - repuso Mara-Villas, mientras tomaba asiento en un lujoso sofá de cuero negro – Y, ¿qué me dijiste que te trae por aquí, Sargataroniel?. Espero que no te moleste que te tutee.
- Para nada Lucio, mejor así. – convino, relamiéndose al ver que la transacción iba por buen camino – En realidad, venía a ver si podemos ofrecerte algo nosotros a tí.
- Hmm... interesante... ¿qué podeis hacer por mí?
- Eso va en función de tus necesidades. - este era el punto al que quería llegar. Los manuales recomiendan ganarse la confianza del mortal antes de entrar en materia.
- Hmm... - Mara-Villas carraspeó y, tras aclararse de este modo la garganta un par de veces más, continuó – De modo que yo te cuento y tú me ofreces.
- Exactamente.
- ¿Un pacto con el demonio? - contrariamente a lo que se pudiera esperar, no estaba asustado, ni sorprendido, ni tan siquiera nervioso, se le notaba más bien sereno aunque invadido por la curiosidad.
- Sí, eso es.- Sargataroniel ya veía a Lucio Mara-Villas firmando el contrato.
- Suena tentador sin lugar a dudas.
- Me alegra que te guste la idea.
- Pero algo no me encaja.
- Dime.
- Cierto es que... hmm... hueles a azufre que apestas, echas para atrás, y eso queda bastante demoníaco, sí señor. Pero... hmm... podría ser que has estado jugando con cerillas toda la mañana.
- Por favor, Lucio – dijo Sargataroniel con aire ofendido - ¿Cómo dices esas cosas?
- No te enfades, Sargataroniel, - alegó - pero es que... hmm... tu nombre no me suena de nada.
- Hombre, - se defendió – no soy el diablo más popular del Orbe, eso es cierto, pero no quiere decir que...
- Ya, ya, ya. Seguro que eres muy bueno en lo tuyo, pero entiéndeme... hmm... ¿cómo decirlo?... hmm... No luce.
- ¿No luce? - preguntó el demonio boquiabierto.
- Sí. No luce. Vamos a hacer una prueba. - añadió mientras se levantaba de su asiento y se acercaba a su ordenador.
- ¿Una prueba? - ¿En qué estaría pensando este maldito mortal?.

Lucio Mara-Villas se sentó frente a su ordenador, abrió el navegador y entró en la página de un buscador. Una vez allí, tecleó el nombre de Sargataroniel. Tan sólo hizo falta un instante para que la pantalla delatase que el nombre del diablillo no aparecía por ningún lado en Internet.

- Ves lo que te digo. - insistió triunfal Mara-Villas- Ni una sola entrada a tu nombre en toda la red. No luce demasiado.
- ¿Cómo que no luce demasiado? - la desesperación se asomaba a la voz de Sargataroniel.
- Sí, ya sabes, es... hmm... una cuestión estética. Firmar un pacto con el diablo con un demonio desconocido... hmm... no queda demasiado bien, no luce.
- ¿Queeeeeeeé? - aulló Sargataroniel, con la cara desencajada.
- No luce nada de nada. ¿Donde está Mefistófeles?
- La verdad es que Mefistófeles no se dedica a estas cosas hace una temporada o dos. Estaba cansado de lo mismo siempre. - en esto último mintió Sargataroniel, pero a los demonios les es legitimo mentir, de hecho deben hacerlo por ley siempre que puedan. Lo que no iba a hacer era contarle a un mortal que tras la pifia con Fausto, Mefistófeles había caído en desgracia en el Infierno. Una metedura de pata tan grande como para que hasta se escriban novelas, obras de teatro y óperas sobre ella, le había convertido en el hazmerreír del Abismo, y desde entonces andaba de baja por una depresión que parecía que no iba a remitir nunca. El gusto que cogieron los mortales por la historia de su desdicha y las mil variaciones que hicieron de ella no ayudaron demasiado. - Pero yo soy igual de demonio que él, somos Legión, pero todos somos uno en Satán.
- Ya, claro. Hmm... normal... Pero, ¿y Lucifer? - Mara-Villas no estaba dispuesto a darse por vencido tan fácilmente.
- ¿Lucifer?, ¿qué Lucifer?, ¿el bibliotecario? - Sargataroniel estaba cada vez más asombrado – ¿me puedes explicar qué perra teneis los mortales con Lucifer?. No es uno de los nuestro. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Él es una deidad al margen, sólo le interesa estudiar, leer, hacer experimentos... está loco. Por eso está en la Biblioteca. Dile tú que salga para intentar convencer a un humano cabezota que nos venda su alma. Ya verás donde te manda.
- Hmm... interesante... Lucifer bibliotecario del Infierno.
- Claro, si al pobrecillo no lo quería nadie desde que a vuestros sacerdotes y poetas les dió por meterlo donde no era. Y, ¿qué íbamos a hacer?. Le dimos cobijo en el Infierno y él nos montó una Gran Biblioteca. Total, es inofensivo y, ya que le dan tanta caña por ser uno de los nuestros, tampoco le quedaba otro sitio donde ir. Seremos demonios, pero no somos mala gente.
- Son curiosas tus teorías... hmm... ¿y Satanás?
- Papá está siempre demasiado liado para estas cosas. Mandando, ordenando, juzgando, castigando, atormentando, provocando guerras, manejando las cadenas de televisión, aconsejando a los financieros... No te haces una idea cuanto trabaja. Es lo que tiene ser el Soberano del Abismo. Hay que tomar muchas desiciones. Yo nunca he podido hablar con Él, pero he escuchado que de vez en cuando se queja y dice que echa de menos esto...rumores infernales, que algunos son muy cotillas.
- Osea, que ninguno de los peces gordos está disponible. - concluyó Mara-Villas
- Está difícil la cosa, pero si firmas conmigo el resultado será el mismo. - Sargataroniel estaba seguro de haberlo convencido con su verborrea y los chascarrillos infernales que le habia contado.
- Pero no será lo mismo estéticamente hablando. - dijo con seguridad, con una seguridad absoluta, con una seguridad que dejaba ver claramente que no pensaba bajarse del burro.
- Pero... estéticamente... - Saragataroniel balbuceaba deseperado - ¿qué importa la estética para vendernos tu alma?
- Amigo mío, la estética lo es todo. Mucho me temo que si en el Abismo quereis mi alma me tendreis que mandar a alguien más relevante. No sé... hmmm... Belial, Asmodeo, Marduk, Baal, Haborym... alguno que salga en los libros, o en Internet... algo más así.
- Si yo te contase de toda esa gente... - suspiró Saragataroniel.
- Cuentame cuanto quieras, estoy pasando un buen rato contigo. Además... hmm... me parece muy interesante tu visita.
- Creo que será mejor que me vaya. Todavía me queda mucho trabajo por hacer. - se notaba en su voz que estaba terriblemente frustrado.
- Lo siento mucho, Sargataroniel, pero es que así no puedo hacerlo. Mándame a alguien con un poco más de caché y firmo seguro. - dijo, a modo de despedida, Lucio Mara-Villas.
- ¡Estúpido mortal pretencioso! ¿Qué te has creído que representa tu miserable alma como para osar si quiera pensar en pedir algo así? Arderás en el Infierno por toda la Eternidad igualmente, pero no obtendrás nada a cambio.- la frustración de Sargataroniel había mutado en cólera repentina - ¡Gilipollas!- tuvo tiempo de gritar antes de salir de la casa dando un portazo.

Al salir del edificio donde estaba el piso de Lucio Mara-Villas, Sargataroniel se sentía muy abatido. Le daba igual lo que pudiera conseguir con el resto de los nombres que tenía apuntados en su agenda. La cólera de Satán iba a ser inevitable, ¿para qué darle más vueltas?. Siguió andando por la calle hasta que encontró un bar. Satanás invita a la complacencia, pero avisa contra la compulsión. Y Sargataroniel estaba dispuesto a complacerse tomando una copa, o dos, o tres, o las que hicieran falta. Si luego Papá se enfadaba y le decía que había sido compulsivo, tampoco importaba demasiado puestos a aguantar un repaso como el que se le venía encima.

Una vez dentro del local, se sentó en la barra y preguntó al camarero si servían absenta. El camarero le respondió enseñándole orgulloso una botella de sucedaneo del hada verde. “Menos da una piedra”, se dijo a sí mismo Sargataroniel, y pidió la botella entera y todos los aditivos para tomar el néctar del olvido.

Andaba entusiasmado con el ritual de beber la absenta. Absorto con la cucharilla, el azúcar y el fuego, comenzaba a notar los efectos del licor. Tenía unas ganas desmedidas de hablar y todo a su alrededor adquiría un brillo y un volumen especial. A su lado se sentó un hombre joven, algo menos de cuarenta años, con ropa formal y cara de tío serio. Saludó al camarero por su nombre y este le puso lo mismo de siempre, se veía que era cliente habitual del bar. Poco antes de la segunda copa ya se habían presentado Sargataroniel y él. El mortal dijo llamarse Silvio.

Los nuevos amigos, cuyos lazos se fueron estrechando cada vez más rápido con la ayuda del alcohol, hablaron de todo aquella tarde. De economía, sexo, política, sexo, fútbol, sexo. Todos los temas habituales de la barra de un bar fueron desgranados mientras las botellas bajaban a ojos vista.

- ¿Tu jefe un cabrón? - dijo Sargataroniel – No me hagas reír, el que es un cabrón bueno es el mío.
- Si conocieras al mío. - Silvio seguía insistiendo en la maldad de su jefe.
- Creeme, tronco, mi jefe es Satanás en persona. - los dos amigos carcajaeron de esto.
- Pues si trabajas para Satanás, ¿qué es lo que haces?, ¿organizas atentados, genocidios? - dijo Silvio, que había tomado lo anterior por broma y estaba continuando con ella. De nuevo los dos rieron hasta saciarse.
- Ojalá trabajase en algo tan divertido. - más risas – Soy un simple comercial. Compro almas.
- ¿Y pagas bien? - la situación fluía entre la confesión y el chascarrillo fácil.
- Pues depende del alma, por la tuya no creo que nos dieran ni para pagar la ronda.
-¿Y por la tuya? - preguntó Silvio – Por la tuya no daba ni para comprar pistachos en la máquina.
- Pero la mía no la puedo vender – aseveró Sargataroniel intentando ponerse en su lugar.
- ¿Cómo que no?, si se puede comprar la mía, se puede comprar la tuya.
- No, es un tema complejo. Mi alma no es mía solo, sino de todos los seres infernales. - el demonio exponía esto intentando darle un tono circunspecto, pero su voz de borracho se lo dificultaba, de modo que el resultado era tan cómico que Silvio se estaba partiendo de la risa. - No te rías, mamona, que hablo en serio. Es por eso de que somos Legion, pero todos somos uno en Satanás.
- Y no me puedes vender tu alma.
- Pues yo creo que no.
- Así no tiene gracia. - el chiste estaba llegando a su fin.
- No mucha.
- No tendrás por ahí un formulario de compra de almas, que yo lo vea, siempre sentí curiosidad por esas cosas. - dijo Silvio intentando rescatar una broma que tan divertida estaba resultando.
- Pues claro que sí. - dijo Sargataroniel sacando los papeles de su portafolios –Mira aquí tienes unos pocos. - Al pasarlelos a Silvio, se dio cuenta por un instante que eso podía haber sido un grave error, pero la absenta hizo que fuese algo fugaz.
- El tío lleva pactos con el demonio en la cartera. - reía el otro mientras miraba los folios que le acaba de poner en la mano su compañero de barra – Lo que no pase en este bar no pasa en ningún sitio.
- Ni en el Infierno.- se carcajeó el diablo.

La celebración del encuentro se prolongó y los papeles no volvieron al portafolios de Sargataroniel. A la mañana siguiente, despertó con un intenso dolor de cabeza, la boca seca y una desorientación absoluta. ¿Donde estaba? ¿Cómo había llegado allí?. Aquello no era el Infierno. “¡Satanás! ¿Qué hice ayer? ¿Porqué no he vuelto a casa?”. Hizo un esfuerzo por recordar. El bar, Silvio, la absenta, los papeles... Todo empezaba a desaparecer a partir de ahí, pero los papeles daban vueltas configurando una horrible sospecha. Una intuición, que luchaba por convertirse en recuerdo, a la que el agudo dolor de cabeza impedía evolucionar. Por eso no había vuelto al Infierno. No podía volver. Como pudo se levantó de la cama y miró por el cuarto. Sobre una mesa estaba su copia del contrato que lo atestiguaba. Ahora si que la cosa era preocupante. Le había vendido su alma a un borracho.

domingo, 29 de enero de 2012

Carpinteríadas


Hace tiempo, Lisandro ponía de comer en su establecimiento. Sandwiches, ensaladilla, montaditos, hamburguesas, picadillo y todo ese tipo de cosas, pero lo dejó en pro de las copas que le reportaban mayores beneficios y requerían un menor esfuerzo. Más por menos, una buena idea empresarial sin lugar a dudas. Claro que quienes siempre hemos parado en la “Taberna 19” no encontrábamos el cambio tan sugerente. De madrugada, tras unas cuantas cervezas, el cuerpo suele agradecer algo sólido para contrarrestar tanto bebedizo. Esto a Lisando parece darle igual aunque más de uno, y más de dos, hemos adoptado la costumbre de irnos a otro sitio a comer cuando aprieta el hambre y, una vez realizado el cambio de un ubicación, no solemos volver a la “Taberna 19” sino que ya nos quedamos donde sea.

Sea que aquella noche no estaba muy sociable o que me picó el gusanillo en la barriga descompasado con el resto, el caso es que abandoné el bar yo solo en busca de alimentos. Además, recuerdo claramente la sensación de agotamiento por la música que estaba poniendo Lou, el nuevo chaval que había contratado Lisandro. Se supone que Lou es un gran discjockey pero, sinceramente, a mí no me lo parece. Total que puse rumbo al Multicines, no para ver una película sino para comer.

Comer a altas de la noche puede ser complicado sino sabes donde ir. Menos mal que en el mismo Barrio de las Putas hay una solución a ese problema. Una de las tres o cuatro que existen en Ciudad Lejana. Menos mal, porque si me tengo que ir a comer algo hasta Vergel Otiade muy probablemente me hubiese vuelto a casa con el estómago vacío. Pero no iba a tener que hacer tan largo camino y, por supuesto, no iba a volver hambriento a mi hogar, pues la hamburguesería y pizzería de al lado del Multicines permanecía abierta hasta que el sol aparecía a decir hola.

Hola a todos, saludé amable a los que allí había, todos gente conocida. Me pedí una pizza enorme, llena de cosas, y me senté a comer. He de decir que las pizzas de allí no son especialmente afortunadas, prefiero, con diferencia, sus hamburguesas, ¡las hamburguesas más grasientas de Ciudad Lejana!, pero esa noche pedí pizza. Quizá, el hecho de ir solo y tener la posibilidad de observar mi entorno tranquilamente mientras comía me hizo decidirme por esa modalidad alimenticia que es más lenta de comer que una hamburguesa. También puede ser que me apeteciera pizza, que todo es posible.

Posible era, y de hecho sucedió, que apareciera por allí Lucano. Por aquel entonces Lucano tenía dieciocho años recién cumplidos y andaba algo despistado de la vida. Sus padres habían pasado bastante de él con lo que pudo hacer lo que le vino en gana en todo momento. Tenía un trabajo de peón en la construcción con el que cumplía de un modo relativamente regular, lo suficiente para que no le echaran, y con eso se daba por satisfecho. Le daba lo necesario para sus gastos. Estética y drogas. Lucano se aplicaba a sí mismo la máxima deaniana de vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver. Yo había intentado algunas veces hacerle comprender que eso era una soberana gilipollez, pero él no hacía caso. Por eso, cuando hizo acto de presencia aquella noche en el Multicines, ni yo ni nadie nos sorprendimos que viniese hasta los ojos.

Ojos vidriosos, semicerrados, mirando perdidos hacia ninguna parte. Siempre se puede saber si alguien está puesto mirándole a los ojos. Y los de Lucano no dejaban lugar a dudas. Eso sí, qué se había metido exactamente resulta difícil de determinar, pero seguramente fuese todo lo que se le puso por delante. Lucano nunca decía que no a nada. Al entrar tambaleándose gritó un par de incoherencias y volvió a salir. Típico en él. Cuando yo mismo abandoné el Multicines en otra dirección, vi que Lucano se había dormido en la puerta del taller de Jacinto, el carpintero.

¡Carpintero! ¿Quién lo iba a decir? La vida da muchas vueltas y alguna de ellas, la mayoría, cuando menos te lo esperas. A la mañana siguiente, cuando Jacinto fue a abrir su taller, se encontró con Lucano durmiendo en la puerta. Conocía a Lucano, ambos viven en el Barrio de las Putas y, aquí, todo el mundo se conoce. Jacinto era un hombre bastante mayor, casi anciano, serio y responsable, al que la actitud vital de Lucano le parecía reprobable, pero también era un hombre justo de buen corazón. Despertó a Lucano y lo invitó a desayunar. Mientras tomaban un café con churros estuvieron hablando y, por lo que me contaron luego por ahí, Jacinto le dijo a Lucano exactamente lo mismo que le decíamos los demás, palabra arriba, palabra abajo. Sin embargo, no me preguntéis por qué, Lucano, por una vez, escuchó.

Escuchó y escuchó, concedió la razón a Jacinto en todo. Lloró a moco tendido en medio de la cafetería. Todo esto me lo contó luego, en la intimidad que proporciona su oficio, Venancia, que es de lo más cotilla. Finalmente, Lucano  aceptó la propuesta del carpintero de trabajar con él de aprendiz, incluso a pesar de las severas condiciones, dejar su estilo de vida y, por supuesto, las drogas.

*          *          *

Hace tiempo de aquel día. Bastante tiempo. ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer y han pasado casi diez años. Y diez años es mucho tiempo si lo miramos desde una perspectiva humana. Diez años durante los cuales han sucedido muchas cosas en la vieja carpintería de Jacinto, muchas de las cuales se han visto condicionadas por la presencia e intervención de Lucano y el antagonismo que casi desde el primer día tuvo con el oficial de la carpintería, Ügur.

Ügur, menudo personaje. Muchos nos preguntábamos cómo Jacinto había acogido y formado a semejante individuo que, no sólo se le veía a legua que no era trigo limpio, sino que, además, no se le veían maneras ni intención de redimirse. Tanto tiempo trabajando y conviviendo con Jacinto no le habían servido más que para aprender, más mal que bien, el oficio y aspirar a quedarse con el negocio cuando faltase Jacinto. Por lo demás seguía mirando única y exclusivamente por él mismo, no había sacado nada del ejemplo vital del maestro. Ügur, cuando vio entrar un nuevo aprendiz en la carpintería receló y temió por su futuro, no quería que el nuevo se quedase con lo que consideraba suyo por derecho propio. Y Lucano no soportaba los aires de superioridad que se gastaba Ügur respecto a él. En el pasado se habían visto las caras y los puños en una pelea.

¡Pelea!, ¡pelea! Hay personas a las que les gustan las peleas. No me lo explico. Una noche, cuando nadie sospechaba el rumbo que tomarían las cosas para Lucano, este y Ügur se enzarzaron en una pelea que acabó con el, por aquel entonces aún, aprendiz de carpintero con la cara como un pan de pueblo y un par de costillas rotas. Ügur no había olvidado aquello, Lucano tampoco, Jacinto no sabía que su nuevo aprendiz era quien le dio  semejante paliza al oficial, pero percibía el mal ambiente entre ambos.

Ambos se miraban con desconfianza, por encima del hombro, como dos felinos dispuestos a saltar en cualquier momento. Aunque Ügur tenía más miedo. Sabía que no iba a poder con Lucano y, ante la posibilidad de una nueva humillación, prefería evitar el conflicto. La tensión entre ellos era, en cualquier caso, enorme y, en gran medida, agravada por algo inesperado. Lucano demostró tener un don natural para trabajar la madera. Don del cual su compañero carecía. Esto empeoró aún más la situación. Pero, con todo y con eso, Lucano estaba muy contento.

Contento me contaba que la carpintería le encantaba. Le relajaba tanto pulir la madera que ya no le apetecía fumar porros. Le apetecía tanto volver al trabajo que se mantenía activo sin acordarse de la cocaína. Le estimulaba la imaginación de tal forma buscar la forma adecuada entre las vetas de la madera que no se le había vuelto a pasar por la  cabeza tomar un alucinógeno. Algunos llaman a esto terapia ocupacional, pero yo creo que Lucano se había encontrado con una razón para vivir.

Vivir no es fácil. Nos sueltan aquí sin instrucciones y se supone que tenemos que vivir la vida así, a pelo. Pero, a veces, muchas veces, es difícil conseguirlo. Gracias a Jacinto, Lucano encontró su lugar en el mundo. Iba camino de ser un gran carpintero. Pronto, Jacinto, empezó a fantasear con la posibilidad de nombrarle oficial.

*          *          *

Hace tiempo que Jacinto nombró oficial a Lucano, equiparándolo, en todo, a Ügur, el cual, por supuesto, montó en cólera. El ascenso del aprendiz le hizo reclamar otro para sí mismo. Jacinto le dijo que no. Ügur no estaba preparado y carecía del talento necesario para ser algo más que un oficial bastante mediocre. Nunca llegaría a maestro. Implícito quedaba, pero evidente para cualquiera, que el maestro sí pensaba en conceder ese honor, algún día, a Lucano. No existía espacio para la duda. Ügur protestó y pidió una oportunidad de llegar a ser maestro.

Maestro es una palabra muy especial que a pocas personas se le puede aplicar sin lugar a dudas. Jacinto lo sabía, como también sabía de la falta de valía de su oficial, al cual había concedido dicho rango con la esperanza que le estimulase y trabajase por mejorar. La estrategia no dio el resultado esperado, sino, más bien, el contrario. Ügur pensó que, siendo oficial, ya lo tenía todo ganado, incluyendo en el todo la carpintería que, sin duda, heredaría. Por eso sacó las uñas cuando Jacinto reclutó a Lucano, y por eso se le retorcieron tanto los cuernos cuando el maestro concedió a su antagonista sus mismos rango y derechos. Ügur tenía que conseguir, como fuera, quedar por encima de él.

Él, Ügur, tenía más derecho que Lucano a todo. No en vano llevaba más tiempo en la carpintería que el recién ascendido a oficial, ¡muchísimo más tiempo! Pero el viejo loco había dado el rango de oficial a su nuevo aprendiz en menos de la mitad del tiempo que había tardado en conseguirlo él. En este cálculo se veía a las claras que Ügur no era muy listo, de haberlo sido habría sabido que había tardado exactamente la quinta parte que él, pero contar y dividir no era lo suyo, ¡imagínate los muebles que le salían sin saber calcular bien! Y, aún así, exigió a Jacinto el rango de maestro que estaba seguro de merecer. Jacinto, ya bastante mayor y abrumado por las exigencias de su oficial, decidió llamar a otros maestros para hacerle una prueba.

Prueba, examen, llámalo como quieras. Si Ügur quería alcanzar el rango de maestro, tendría que demostrar que lo merecía ante un tribunal de cinco maestros donde el más indulgente, sin lugar a dudas, era Jacinto, y este era bastante reacio a concederle el honor que ansiaba. La prueba, según le comunicaron, consistía en la realización de una obra maestra. Ügur aceptó convencido de sus posibilidades. Lucano observaba todo esto mientras trabajaba en una mecedora para el señor Tonelero. Una mecedora de caoba inquitante, siguiendo los diseños de Itálico Martínez, que aún preside la sala donde el viejo hurraco exhibe su colección de arte boligráfico. Una mecedora espeluznante y magnífica.

Magnífica, y tanto que magnífica. Mientras Lucano realizaba tranquila y modestamente su trabajo, Ügur se desvivía, presa de una ansiedad irrefrenable, en lo que iba a ser su obra maestra. A medida que pasaban los días iba siendo cada vez más patente que el oficial no iba a ser capaz de hacer más que un churro maestro.

Maestro, ya lo decíamos antes, no lo puede ser cualquiera. ¿Cuántos maestros conoces? ¿Cuantos maestros has tenido? Hay quien nunca tuvo ninguno. Pero Ügur estaba como loco por quedar por encima de Lucano, le impulsaba el odio ciego y, ciertamente, esa no es la mejor forma de actuar. Bajo una motivación emocional de ese calibre no se puede hacer un trabajo fino, sea cual sea la naturaleza de dicho trabajo. Incluso un torturador funciona mejor desde el relax y la frialdad que bajo el odio ciego. Así, su churro maestro, hórrida combinación de falta de talento, estado emocional inadecuado, mala idea de base y escasa capacidad, avanzaba hacia el desastre sin prisa pero sin pausa. A su vez, Lucano progresaba con su mecedora relativamente ajeno a la ordalía de su compañero. Estaba entusiasmado con lo que estaba creando y se sentía honrado de haber recibido ese encargo.

*          *          *

Hace tiempo de ello, y cuando el tiempo pasa convierte los sucesos en historias y las historias en chascarrillos, y el chascarrillo de la mecedora del señor Tonelero corre de boca en boca por el Barrio de las Putas junto al precio del tabaco, la amante del kioskero, pero el del kiosko que vende revistas porno al lado de la Plaza Grande, no el otro que está en la calle del Torpedo y que es de Juliete y ese es muy rancio para tener amantes, y, por supuesto, las horas a las que Loty se va a poner esta semana a trabajar. Es una historia, antes un suceso, de lo más peculiar. La historia de la mayor guantada sin mano que se le pueda dar a una persona, sin premeditación ni alevosía, un auténtico y genuino tapabocas improvisado y sin intención. La historia del fracaso de Ügur para acceder al rango de maestro y el rechazo de Lucano a dicho privilegio.

Privilegio, para Ügur todo era cuestión de privilegios que creía ganados desde la cuna, de los que se pensaba merecedor simplemente porque sí, y que le fueron negados tal y como presentó al tribunal de maestros su obra. Fueron duros con él, muy duros. Llegaron incluso a cuestionar que tuviese aptitudes para ser oficial, dura patada a su orgullo, incluso hubo quién planteó que ni para aprendiz, que mejor que Ügur se dedicase a otra cosa para no ensuciar el buen nombre del oficio de carpintero. Feo asunto, Ügur jamás se había sentido tan humillado en su vida. Tanto que pensó que jamás se iba a sentir peor, pero, como tantas otras veces, se equivocaba totalmente. Le faltaba lo peor.

¿Peor que eso? Peor imposible, habría afirmado con absoluta convicción Ügur tras escuchar el recio veredicto del tribunal de maestros que, sin embargo, tuvo a bien no degradarle a aprendiz gracias a la intervención de Jacinto que juzgó suficiente lo sucedido para proporcionarle una cura de humildad a su díscolo oficial. Para desgracia de Ügur la cosa no iba a quedar ahí. Los cuatro maestros que se habían desplazado al taller de Jacinto para poner a prueba a Ügur, no pudieron evitar quedar fascinados ante el fastuoso trabajo que estaba haciendo Lucano. Macabra obra, cierto es, una mecedora infernal, pero a fin de cuentas era lo que se le había encargado. Si Satanás tenía que sentarse en algún sitio a descansar, leer un libro o mirar la televisión, sin duda desearía una mecedora como esa. Decidieron reunir al tribunal y llamar a comparecer ante ellos a Lucano.

Lucano estaba absorto en su trabajo puliendo las esqueléticas y demoníacas figuras del respaldo de la mecedora, cuando Ügur, humillado como ya no podía serlo más, le transmitió el mensaje del tribunal de maestros. Lucano se resistió, cosa que a Ügur le sentó muy mal, alegando que en ese momento estaba demasiado concentrado y que si abandonaba lo que estaba haciendo, quizá luego no pudiese retomarlo y acabarlo como era debido. Ügur insistió y Lucano preguntó si no sería posible que los maestros se acercasen a contarle lo que fuera sin necesidad de interrumpir su trabajo. Ügur, degradado a mero correveidile, transmitió la insolencia de Lucano a los maestros. Estaba seguro que dicha desfachatez los pondría en contra del otro oficial, su enemigo, pero los maestros reaccionaron de un modo inesperado.

Inesperado para Ügur, que siempre ha ido muy corto de sentido común, pero bastante lógico desde otra óptica. Los maestros comprendieron y aplaudieron la devoción al trabajo de Lucano, e hicieron justo lo que este proponía. Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña. Observaron a Lucano trabajando y convinieron en darle, para horror de Ügur, el rango de maestro. Esa mecedora no era algo que pudiera llevar a cabo cualquier carpintero, incluso algunos maestros no serían capaces de sacarle tanto a la madera por muy noble que esta fuese. Y entonces fue cuando Ügur recibió el golpe definitivo a su orgullo. Lucano rechazó el ascenso alegando no sentirse preparado. No hacía ni un año que era oficial, estimaba prematuro el nombramiento como maestro por muchas cualidades que pudiera tener. Todavía le faltaba mucho por aprender. Gracias, pero no. Ügur conoció en ese momento la mayor de todas las humillaciones, la humillación sin límites.

*          *          *

Hace tiempo que murió Jacinto. Su salud se fue deteriorando lentamente pero a paso firme después del fiasco del oficial que quería ser maestro sin merecerlo y el que lo merecía sin quererlo. En poco menos de tres años el maestro abandonaba el mundo de los vivos. En el Bario de las Putas todos conocían lo sucedido y muchos eran los que estaban convencidos que Jacinto había sido envenenado por Ügur, una muerte lenta y dolorosa. Sólo una cosa no cuadraba, ¿por qué no había envenenado también a Lucano? Este era el archienemigo de Ügur y la muerte del maestro los dejaba en una situación bastante peliaguda. Una carpintería, dos oficiales, cero maestros y cero aprendices. En una teórica igualdad de condiciones, Ügur, más malicioso que Lucano, impuso su retorcido criterio apelando a la antigüedad. Lucano, harto de enfrentamientos, guardó un prudente silencio en lugar de apelar a su mayor capacidad.

Capacidad, antigüedad. ¿Qué tiene más valor? Los años habían acrecentado las características de ambos oficiales, Ügur cada día era más inútil, Lucano cada día más exquisito. Y ante esta situación salió triunfante el perverso porque el otro no se preocupaba de esas cosas. Ügur quería el poder, Lucano trabajar en paz. El acuerdo tácito venía a ser algo así como tú maneja esto que yo me encargo de hacer el trabajo. Pero no todo iba a ser tan sencillo. Ügur tenía un plan para ocultar su ineficacia. Una pequeña inversión, así la calificaba él, para reconvertir el taller en una pequeña fábrica.

¡Fábrica! ¡Una fábrica! ¡Tú estas loco! Lucano estalló ante tan delirante propuesta. Se negaba a aceptar la renovación industrial. Somos carpinteros, artesanos, no operarios. Esto es un negocio, insistía Ügur, y mecanizándolo será más productivo. ¿Es que no renta lo suficiente? ¿No vives bien? A pesar de su ubicación, al final de la calle Telenovela, casi en los límites del Barrio de las Putas con el Barrriopueblo, los gritos se escuchaban desde la Plaza Grande. ¡Menuda discusión!

Discusión que marcó, por ende, el principio del fin de la relación entre Lucano e Ügur. Lucano no aguantó más y espetó a Ügur todo cuanto tenía que decirle. Que era un mierda, un acomplejado, que con la idea de la fábrica lo único que hacía era intentar ocultar su inutilidad absoluta, que... supongo que después de todo lo que os he contado, ya os imagináis lo que salió por la boca de Lucano tras años de respetuoso silencio. Ügur montó en cólera y presa de su infinito egocentrismo expulsó a Lucano de la carpintería y se autoinvistió como amo y señor de todo aquello. Lucano, sin poder creer lo que oía, negoció un acuerdo, aún cuando lo que realmente deseaba era darle una paliza a Ügur que lo dejase en cama para siempre o, directamente, bajo tierra. Pero se contuvo y llegó a un acuerdo que venía a ser más o menos lo siguiente. Puesto que él llevaba siete años trabajando allí, algún derecho tendría, y puesto que Ügur iba a mecanizarlo todo y no iba a necesitar las herramientas, podría cedérselas o vendérselas a un precio razonable para que él pudiera seguir trabajando y ganándose la vida honradamente. Ügur aceptó la propuesta en la modalidad, evidentemente, de venta de herramientas, aunque lo del precio razonable no lo fue tanto. O al menos no al principio, el arte del regateo no se le daba tan bien a  Ügur como a Lucano, ya os conté que aquel y los números no se llevaban precisamente bien. Lucano consiguió las herramientas a un buen precio e Ügur dejó libre el espacio del taller para meter la maquinaria que lo transformaría en la pequeña fábrica que fantaseaba.

*          *          *

Hace tiempo, pues, que en el Barrio de las Putas se pueden conseguir muebles en dos sitios. Bueno, para ser exactos en uno, en la carpintería de Lucano, pues la pequeña fábrica de Ügur, merced a una hábil estrategia comercial en la que este no participó, sólo se hacía un modelo de mueble para una famosa cadena de tiendas oriunda del país de los hombres con cuernos en el casco. Lo alucinante de este acuerdo es que el negocio de Ügur no fabricaba los muebles en sí, sino tan sólo las piezas. La tienda en cuestión se caracteriza por vender muebles de atractivos diseños modernos a precios económicos que consiguen mantener vendiéndolos desmontados. Muchas historias pululan por ahí sobre dichos muebles y lo fáciles que resultan de montar, a más de sobre la aventura que suele suponer el proceso de montaje durante el cual lo presuntamente sencillo se torna ultracomplejo. Y, además, existe un amplio consenso, que roza la unanimidad, sobre la escasa calidad de estos productos. Quizá sea por esto último que nadie en el Barrio de las Putas se sorprendió cuando el peor carpintero de la historia empezó a conseguir su sustento "fabricando" muebles para dicha empresa. El peor carpintero de todos los tiempos era, como todos sabemos, Ügur.

Ügur, no obstante, se pavoneaba orgulloso de ello por el Barrio. Y, sinceramente, en cierto sentido era para estar satisfecho. Sus productos se vendían en estas tiendas que estaban por medio mundo. Desde el estado de los cuidadores de vacas, en el Imperio de la Hamburguesa, hasta el país de los monjes naranja, en medio del continente de las personas de los ojos rasgados, todos podían comprar, y de hecho compraban, la mesita de noche TIMBALTM, diseño de Ügur. La mesita consistía en un tablero de madera rectangular, que descansaba sobre cuatro patas que, a su vez, tenían unas muescas que permitían instalar cómodamente dos cajones bastante simples. El secreto de su éxito era el color del diseño, un hórrido verde pistacho que hubiera sido su perdición de no ser porque era la única referencia del catálogo que hacía juego con el muy solicitado conjunto de dormitorio SINQUINPISTACHONAITTM. Ügur se estaba forrando y empezó a orgasmear pensando en lo oportuno que pudiera ser invertir algo en su fábrica y ampliar su gama de productos. Veía cada vez más claro el futuro pasaba por sacar un nuevo modelo de mesita de noche TIMBALTM en color rojo fresa.

Fresa, strawberry, como todo el mundo sabe, el color perfecto para que la mesita de noche TIMBALTM hiciese juego con el emergente conjunto de dormito STRAUBERRIDRIMSTM. Renovarse o morir, pensaba, sabiamente, Ügur, demostrando empíricamente con ello que hasta el más necio es sabio. Pero no contaba con algo que amenazaba su futuro cual espada de Damocles. Si bien los muebles que la empresa de marras vendía tenían fama, ya lo dijimos, de ser bastante malos, la mesita de noche TIMBALTM demostró en escasos meses ser el peor de todos los productos que vendían. Un error de cálculo en el diseño original, repetido, merced a las virtudes de la producción en cadena, ad infinitum et absurdum, hacía que los dos simples cajoncitos no encajasen bien del todo sobre las guías de las patas que sostenían el tablero de madera rectangular, aunque en principio esa falta de conjunción no se notaba demasiado. Pero claro, la geometría tiene esas cosas, cualquier matemático te lo puede explicar de modo que no lo comprendas, y el uso continuado, tampoco es necesario que sea demasiado, de los cajones acababa convirtiendo la mesita de noche TIMBALTM en un conjunto de maderas imposible de recomponer y de un estúpido color verde pistacho.

Pistacho, sí, pistacho, eso parecía la cara de Ügur cuando le avisaron de la central en el país de los hombres con cuernos en el casco que le rescindían el contrato. Las reclamaciones por el desastre que eran sus mesitas de noche TIMBALTM, habían colapsado los servicios de atención al cliente de todas las tiendas que tenía la empresa desde el país de los monjes naranja, en medio del continente de las personas con los ojos rasgados, hasta el estado de los cuidadores de vacas en el Imperio de la Hamburguesa. Así fue como se le quedo la cara, verde y arrugada, como un pistacho, al conocer la noticia.

Noticia que, por otra parte, se corrió a la velocidad de la luz, que ya sabemos que los cotilleos padecen de eyaculación precoz, a todos los niveles empresariales del gremio a escala internacional, cosas que tiene la vida, y que arruinó para siempre las posibilidades de Ügur de permanecer en el negocio. Finalmente, la vida misma, le degradó a menos que un aprendiz, a repudiado por incompetente.

Incompetente pero tenaz, dilapidó todo el dinero ganado, más algún otro que pudo conseguir vendiendo su alma al demonio... quiero decir, pidiendo un préstamo al banco, en sucesivos intentos, todos ellos infructuosos y cada vez más esperpénticos de reintroducirse en el negocio. Lo último que he sabido de él es que se gana la vida haciendo espectáculos pornográficos de sadomaso gay en “Yoghi y Bubu”, el bar de ambiente que hay justo bajo la casa de Civo. Parece que esto sí se le da bien e incluso le permite ir pagando sus deudas con el Maligno.

*          *          *

Hace tiempo que se rompió mi mesita de noche TIMBALTM. Fui de los primeros en comprarla, pero no para acompañar al conjunto de dormitorio SINQUINPISTACHONAITTM, sino porque como nada de lo que me podía permitir me resultaba bonito, sintiéndome condenado, en consecuencia, a comprar algo feo, decidí comprar, de lo que entrase en mi presupuesto, lo que me resultase más horroroso. Para bien o para mal, siempre deseamos lo que más. Su vida en mi habitación fue breve, el engendro de Ügur no pudo soportar el peso de una edición de bolsillo de El principoide, obra satírica que arremete contra El principito, escrita, El principoide, por el inefable Jacinto Millo Bueno del Monte y Ocaña, y que tiene la misma envergadura, hablando del objeto libro, que aquel que trata de ridiculizar. Hubiese quedado desolado por este hecho, pero, para aquellos que vivimos a salto de mata, la vida siempre depara sorpresas, y en el momento en que mi TIMBALTM se autodestruyó mi presupuesto para una nueva mesita de noche era mayor debido a un dinero que cobré y con el que no contaba. Así que me fui a que me hicieran la mesita de noche de mis sueños a la carpintería de Lucano.

Lucano sobrevivía bien. Quiero decir que llegaba a fin de mes como todos, apretado y mirando a ver si le habían pagado, aunque con la particular e idiosincrásica forma de vivir esta realidad que tenemos los que trabajamos por cuenta propia. Cierto que sus muebles, hechos por encargo, tienen precios elevados, pero también es cierto que su calidad viene en gran medida garantizada por el tiempo y el buen oficio que Lucano pone en su trabajo, y eso hay que pagarlo. O sea que cobra mucho dinero por un mueble que ha tardado mucho tiempo en hacer, una cosa compensa la otra y, al final, para Lucano no es tanto dinero, lo suficiente para vivir. Mientras tanto Ügur se estaba forrando todavía gracias a ingenuos como yo.

Yo quería una mesita de noche que me durase al menos el doble que la mesita de noche TIMBALTM y que resistiese el peso de un paquete de pañuelos de papel, ya si soportaba el de un libro gordo mejor que mejor. Pero, como suele acontecer, no tenía muy claro lo que quería. Lucano no hace muebles en serie con lo que tenía que explicarle cómo quería la mesita de noche, pero yo no lo tenía claro. Por suerte, Lucano es un gran profesional y eso se nota.

Nota mental: mañana por la mañana viene Lucano a casa para ver donde va a ir la mesita de noche y hacer un diseño oportuno, ¡ordena y limpia un poco!, ¡jodío guarro! Así, Lucano llegó, vio y diseñó. En pocos días tuve una preciosa mesita de noche, sobria y funcional, como el resto de mis muebles, capaz de soportar el peso de media biblioteca y con unos cajones que da gusto abrir y cerrar, pasan por sus rieles como si no existiese rozamiento.

*          *          *

Hace ya tiempo, aunque ya no tanto tiempo, que Lucano consiguió, y aceptó, el rango de maestro. Ügur ya había caído en desgracia, se rumorea que incluso tuvo la desfachatez de pedirle trabajo a Lucano, y que su cara volvió a adoptar ese parecido con los pistachos cuando se entero de su ascenso, es muy malo sentir envidia. El resto nos alegramos. Para celebrarlo, Lucano llamó a algunos clientes para los que había hecho los trabajos que él consideraba mejor acabados. Llamó, por supuesto, al señor Tonelero por la mecedora que le hizo, a Rrrr por un armario, a Itálico Martínez por un banco de trabajo portátil, a Civo por un atril, a Salva y Rifia por un mueble de salón con estanterías y espacio para la televisión, el DVD, la consola y la vajilla... y ¡a mí!, por la mesita de noche. Nos pedía fotografías de sus obras con las que decorar su taller, a modo de exposición, para la celebración de su fiesta. A todos los que nos fue posible, incluso llevamos el mueble en sí mismo en lugar de una fotografía, así la exposición ganó en calidad.

Calidad, decía emocionado uno de los maestros que habían nombrado a Lucano un igual, en discurso a favor del nuevo colega, dedicación, amor al trabajo bien hecho y talento, esta es la combinación... Poco a poco las palabras de alabanza del maestro se tornaban blablabla y me vi salvado por Lucano.
 - ¿Vienes a fumarte un porrito? Tengo una marihuana extraordinaria.
Me quedé un poco sorprendido y le pregunté sino había dejado todas esas cosas.
 - Bueno, sí, durante una buena temporada, pero ahora me fumo uno de vez en cuando, que tampoco hay que ser un histérico del sí ni del no. Además, esta marihuana está muy buena.
Me encogí de hombros, ¿qué se le va a hacer?, y pregunté interesado,
 - ¿De verdad está tan buena esa marihuana.

viernes, 16 de diciembre de 2011

La batalla del pescado


1.

Fue una historia divertida mientras duró. Solíamos reunirnos en la escalera del conocimiento a comentar el desarrollo de los hechos y, de hecho, nos aprovechamos de la coyuntura hasta donde pudimos. Lo que no nos hizo tanta gracia fueron las consecuencias que se derivaron del desenlace de la historia. Cada uno nos involucramos en menor o mayor medida, aunque la mayoría lo hicimos en menor medida, salvo Pimentola Braun, que, como se verá, fue un importante motor de los hechos, e Itálico Martínez que, cotilla natural e irreverente como es, se comprometió con el devenir de los acontecimientos siendo nuestro principal informante durante aquel período.

Las guerras que se inician por discusiones territoriales llevan siempre implícita la sana intención de anexionarse parte, o el total, de los territorios del adversario. Muchas guerras se han librado, se libran y se librarán a lo largo, ancho y profundo de la historia, así de inteligente es la especie a la que nos ha tocado pertenecer, seres racionales no lo olvide nadie. Desde el Peloponeso hasta las Galaxias, todo aquel que tenga una historia que contar tiene una guerra detrás, una pequeña o gran batalla que ha remodelado su geografía y, con ella, sus usos y costumbres. El Barrio de las Putas no iba a ser menos, por supuesto.

No todas las guerras son, en cualquier caso, disparando armas de fuego. Existen las guerras bacteriológicas, psicológicas, informativas... pero aquí, como siempre, teníamos que ser más originales y la guerra más relevante de la que puedo dar parte fue una guerra marujil, tipología única y exclusiva del Barrio de las Putas de Ciudad Lejana. Por eso a nosotros nos enganchó tanto su evolución, sin muertos pero con una peculiar relectura de la violencia. Nos entretuvo muchísimo el seguimiento de este caso, hasta la fecha no conozco nada tan divertido como la indignación y las estrategias de desprestigio de las participantes en aquella guerra.

2.

Históricamente el pescado del Barrio de las Putas se había vendido siempre en dos pescaderías vecinas y enemigas. En la calle del Torpedo, nombre que hacía presagiar el bélico final del asunto, estaba la pescadería Virgen del Auxilio en el Recoveco Escondido. Esta pescadería pertenecía a Mari Puri, una gorda y guapa pescadera que era una auténtica reina de la maledicencia y el cotilleo extremos. La pescadería Virgen del Auxilio en el Recoveco Escondido, Pescauxi como era vulgarmente conocida, era uno de los centros principales en los que se cocían algunas de las comidillas más excitantes de la rumorología popular del Barrio. Allí siempre podías obtener jugosas informaciones y era el lugar ideal para dirigirte si querías escuchar las historias más siniestras, y alejadas de la realidad, sobre el señor Tonelero. Mari Puri y su séquito tenían una profunda y especial animadversión hacia el señor Tonelero y, por extensión, tampoco eran favorables a Itálico Martínez. Aún así Itálico Martínez aparecía por allí de cuando en cuando y era muy bienvenido siempre pues el artista boligráfico acostumbraba llegar con abundante y jugoso material sobre el que cotillear. Por ende, la hipocresía campaba a sus anchas en Pescauxi, el lugar donde la única forma de garantizar que no estuviesen hablando mal de ti era estar presente. Pero el tema de conversación estrella en Pescauxi, aquel que todos los habituales dominaban y coincidían en despreciar, era Mari Juli y su pescadería.

En la calle Narrador Empedernido, que como todo el mundo sabe hace esquina con la calle del Torpedo, estaba la pescadería Cristo del Último Susurro Antes de Gritar Dolorido, propiedad de Mari Juli y conocida como la del Susurro. Aquello era otro de los centros neurálgicos del cotilleo y el rumoreo del Barrio. Como si fuese la imagen de Pescauxi en un espejo, la del Susurro era un sitio desde donde la difamación extendía sus tentáculos hacia los habitantes del Barrio de las Putas, pero aquí había un fervoroso apoyo al señor Tonelero. La del Susurro era uno de los pocos lugares del Barrio que le daba un voto de confianza al viejo urraco, cliente asiduo del local, obviamente. Por ello también Itálico Martínez era recibido con los brazos abiertos cada vez que se dejaba caer por allí. A contra punto con esto las lenguas viperinas y marujiles de las de la del Susurro, se cebaban con Rrrr  y Natuschka así como con su labor. Quizá por esto Itálico Martínez era itinerante entre ambas pescaderías, pues le unía una gran amistad a la bruja y su ayudante. Entre los clientes inquebrantables de la del Susurro se encontraba Lukky, la peluquera, que el día antes de su muerte estuvo allí comprando una lubina para prepararle a su amor, K., una cena romántica tras su concierto de aquella noche. La muerte de Lukky fue el detonante de la batalla campal que se organizó  entre Pescauxi y la del Susurro. Como ya dije, la del Susurro era como la imagen en un espejo de Pescauxi, pues su tema de conversación favorito donde la estela de la maledicencia alcanzaba cotas de acritud insospechable era, lógicamente, la pescadería enemiga.

Este era, pues, el estado de las cosas, que se mantenían en un curioso equilibrio desde siempre. Civo se carcajeaba sonoramente de cómo ambas pescaderas se lanzaban pullas por medio de los clientes volubles, es decir, aquellos que lo mismo compraban el pescado en un sitio que en otro, en función del precio que tuviese cada día. Ambas pescaderas tenían su correspondiente foro de incondicionales que se tomaban el tema como algo personal.
 - Yo soy de Pescauxi. – Decían a boca llena.
 - La mía es la del Susurro. – Era la otra posición fundamental.
Si alguien pertenecía a una pescadería jamás compraría en la otra ni entablaría amistad con alguien de la de su oponente. El Barrio de las Putas es así, un sitio de contrastes. Menos mal que, al tener distintos proveedores, los precios de ambas pescaderías fluctuaban y eso nos permitía al resto mantenernos imparciales y comprar donde nos convenciese más la relación calidad-precio. Todo iba genial hasta que Lukky, la peluquera, apareció asesinada. Esto rompió el status quo.

3.

Ya hace tanto tiempo del asesinato de Lukky que muchos han olvidado que continúa sin resolver. Lo curioso del tema es que el asesinato de Lukky fue la causa de una serie de historias interesantes en el devenir de la existencia en el Barrio de las Putas. Pasaron muchas cosas a raíz de ello que marcaron, de algún modo, un antes y un después. K. volvió a su primitivo ser por el amor perdido lo cual le llevó a abandonar el Barrio con la consabida tristeza que ello nos produjo, el señor Tonelero fue de nuevo injustamente acusado por la vox populi y, esto es lo que ahora nos interesa, por estos dos motivos se echó a perder el delicado equilibrio  existía entre Pescauxi y la del Susurro. A partir de aquí el nuevo desequilibrio empezó a buscar una reequilibración que desembocó en una guerra pescadera y marujil. Cuando todo pasó el Barrio de las Putas no volvió a ser el mismo y, personalmente pienso que, el cambio fue a peor.

4.

No es el momento ahora de tratar el tema en profundidad. He pensado mucho en ello y creo que quizá lo mejor fuese plagiar a Michael Ende y decir que es otra historia y que debe ser contada en otra ocasión. El problema de esta formulación reside en que el querido Ende nos abandonó sin contarnos esas historias, lo cual sería realmente interminable, y, en consecuencia, creo que usar esa frase podría parecer equivalente a decir que no lo voy a contar. Sin embargo, la historia del asesinato de Lukky es realmente otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Prometo, no obstante, que será una historia contada a no ser que me lo impida algún motivo de fuerza mayor como al malogrado amigo Ende.

De lo anterior sacamos en claro una cosa, Lukky apareció una mañana muerta. La conclusión inmediata fue que el señor Tonelero había estado metido en el tema. De nuevo la maledicencia marujil empezó a mover las ruedas de la difamación contra el señor Tonelero y, como era de esperar, en Pescauxi estaba el centro de toda esa debacle de rumoreos falsos y malintencionados. Nadie se explicaba como el marujeo de esa pescadería se preocupaba tanto por el asesinato de una de las de la del Susurro, pero, en el fondo, no es tan complejo de entender. Subyacía la malévola intención de sembrar cizaña entre las de la del Susurro, enfrentándolas entre defender al señor Tonelero y justificar el asesinato de Lukky, o buscar culpables donde nadie era capaz de encontrarlos. Esta intención perversa no pasó desapercibida a Mari Juli y sus acólitas que se indignaron profundamente, más aun de lo normal, con las de Pescauxi. ¡Clamaban venganza fiera!.
 - No tienen poca clase, pues no que se ponen a relatar para echarnos a pelear ahora que tenemos esta pena tan grande de que se han cargado a la Lukky.

Allá donde en Pescauxi sólo se dedicaron a extender falsedades, en la del Susurro tuvieron calma y pensaron un plan para desquitarse. Por primera vez uno de los dos bandos había cruzado la delgada línea que separa la rivalidad del odio, y la parte afrentada se planteaba el modo más apropiado de contraatacar con la loable intención de destruir al adversario que tan innoblemente se estaba comportando. Esto sentaba, sin que lo supieran en Pescauxi, un precedente, de modo que, cuando algunas de la del Susurro aparecieron una mañana por allí hablando con todo el mundo y despotricando de Mari Juli, creyeron que habían conseguido sus mezquinos propósitos.

En la del Susurro la intención estaba clara, hacer creer a las de Pescauxi que había un grupo de disidentes y, una vez ganada su confianza, sembrar el caos desde dentro. No sería difícil, en estos círculos la verdad coincide siempre con la historia más morbosa, aunque la historia más morbosa no tuviese nada que ver con la realidad. Además la posibilidad de una historia más morbosa no era tan remota como se pudiera pensar, no habría que esperar ningún asesinato, sólo hacía falta tener paciencia y dejar pasar un poco de tiempo

5.

Trini, Quina, Nela, Laela, Lúpula, Era, Susa y Ébrula aparecieron, para regocijo de las de Pescauxi, por la pescadería de la calle del Torpedo varios días después de la muerte de Lukky. Esto causó un gran regodeo entre las filas Pescauxistas, las renegadas venían criticando del modo más ácido a su pescadera anterior y a sus antiguas compañeras, era el Cisma de la del Susurro. Habían visto la luz.
 - No se puede seguir comprando y hablando ancá una loca que no se le mueve el alma por el asesinato de una de sus clientas, - llegó explicando Lúpula.
El resto fueron corroborando esta opinión cuando, escalonadamente, aparecieron por Pescauxi. Así, poco a poco, venciendo su repugnancia, las ocho desertoras se fueron labrando un hueco donde sus antiguas enemigas, ganándose su confianza.

Las ventas de la del Susurro bajaron sensiblemente pues muchos de los volubles también se dejaron seducir por la sucia estrategia de Mari Puri y las de Pescauxi. En el mostrador de la del Susurro el pescado no vendido comenzaba a pudrirse. Esto llevaba a su vez a que Mari Juli tuviera que, al vender menos, subir sus precios, mientras su adversaria podía permitirse incluso bajarlos. En Pescauxi se alegraban de ello y esperaban que Mari Juli se arruinase y se viese obligada a cerrar el negocio, pero Mari Juli, por su parte, contaba con ello y esperaba con paciencia el momento apropiado.

Tan seguras estaban en Pescauxi que su estrategia de injurias al señor Tonelero iba a dar como resultado una fuga de clientas que, cuando esta se produjo, no sospecharon la verdad y las recibieron con los brazos abiertos. Ébrula, la más dicharachera de todas, pronto empezó a cotillear y a sentirse, aparentemente, como en casa, con lo que se ganó la nada envidiable amistad de muchas Pescauxistas acérrimas. Las otras exsusúrricas desempeñaron su papel de espías con la misma efectividad, aunque con menos labia, que Ébrula. Era incluso consiguió que Mari Puri le contara que todo lo del señor Tonelero había sido un montaje, quedándose esta tan tranquila de que, aun así, mantendría el recién adquirido apoyo de aquella. Esta era la primera fase del plan de las del Susurro.

Varias semanas después, el pescado podrido del mostrador de la del Susurro entró en escena.

6.

Como crueles estrategas curtidas en las artes bélicas, las disidentes se hicieron hueco en Pescauxi. Para no levantar sospechas pronto empezaron a cotillear sobre otros temas. Tal como otras historias ocuparon su tiempo todas las pescauxistas autenticas, incluida Mari Puri, olvidaron, pues el cotilleo tiene memoria de pez, que las exsusúrricas eran antes enemigas. En la del Susurro el odio reconcentrado clamaba venganza fiera. Incluso teniendo la confesión de Mari Puri, ¿qué más querían?

Quina llego hecha un basilisco, cuando se cumplían treinta y siete días del asesinato de Lukky, a Pescauxi.
 - ¡Qué mierda de pescao me has dao, so golfa! ¡Mi marío está en el hospital to intoxicaíto por tu culpa! ¿Así es como tratas a tus clientas?
Tras ella, poco a poco, fueron llegando las demás espías que iban trayendo piezas de pescado en avanzado estado de putrefacción, en todo, especie y tamaño, iguales a las que Mari Puri les vendiera la jornada anterior. Evidentemente este pescado putrefacto venía de la pescadería de Mari Juli. Como el desequilibrio en la demanda había hecho bajar los precios de Pescauxi y subir los de la del Susurro, ellas habían comprado un pescado bueno y muy barato, que habían devorado con entusiasmo y, luego, Mari Juli las había provisto de armas con las que poner en boca de todo el Barrio a su enemiga.

Como era de esperar, nadie sospechó que existiese otra verdad detrás del cotilleo de los pescados podridos que pronto todo el mundo conocía. Mari Puri había intentado envenenar a sus nuevas clientas para vengarse porque antes no lo eran. Todos los cotillas del Barrio se echaron las manos a la cabeza y en poco tiempo el espejo que separaba ambas pescaderías mostró una imagen distinta. Pescauxi quedó casi abandonada y tuvo que incrementar mucho los precios para intentar sobrevivir, mientras su enemiga en la del Susurro veía como su negocio era objeto de multitudes y podía bajar los precios sin problemas.

Nosotros, los indiferentes, observábamos los avances del asunto desde la escalera del conocimiento. Divertidos ante el desarrollo de cada episodio y, sobre todo, atentos a donde ponían el pescado más barato.

Mi amiga Pimentola Braun, la Reina de la Fiesta, también observaba al principio neutral, aunque con intereses propios, y luego, no podía ser de otro modo, tomando partido. Como el frío viento del Este que azota inesperado, Pimentola tomó cartas en el asunto he hizo que la veleta cambiase, nuevamente, de dirección.

7.

Pimentola Braun es una mujer extraordinaria. Cercana a la treintena conserva una vitalidad y juventud que más quisieran para sí muchas adolescentes que la miran como diciendo
 - Y la vieja esta, ¿de qué va?
¿Quién es viejo antes de sentirse viejo?, digo yo. Siempre alegre y divertida es la Reina de la Fiesta y su presencia o ausencia en cualquier tipo de celebración puede marcar la diferencia entre la diversión o el aburrimiento absolutos. Es más fácil que vaya al trabajo sin dormir o habiendo dormido poco, que tras un reparador sueño de muchas horas. Cada vez que puede, Pimentola se va de marcha. Lo curioso es que en el trabajo cumple y es una gran ayudante de pescadera, de Mari Puri, de Pescauxi. Por eso se metió en el ajo, veía peligrar su curro si la cosa seguía así.

8.

El primer paso de Pimentola Braun fue obvio. Cogió a su jefa y le hizo ver que estaba tonta si no se daba cuenta de como se la habían jugado Mari Juli y las susúrricas con el tema del pescado podrido. Mari Puri no es ninguna lumbrera pero Pimentola se explica bien de modo que rápidamente, tras apenas dos horas de explicaciones, comprendió de qué iba el asunto.
 - ¿Qué vamos a hacer ahora, Pimi?, preguntó Mari Puri.
Tranquila jefa, tengo un plan.

Esa noche Pimentola Braun y dos amigos aparecieron por la calle Narrador Empedernido con el sano propósito de asaltar la pescadería enemiga. Luco e Iso, los acompañantes de Pimentola, son dos buenos chavales del Barrio de las Putas, aunque vayan por un camino ligeramente equivocado. Se dedican en exclusividad a robar en viviendas cerradas y no dejar huellas de ningún tipo. Esta era la habilidad que necesitaba Pimentola, unida a su propia capacidad imitando voces, para llevar a cabo su misión.

En menos de lo que se tarda en decir “retruécanos verdes con limón y ajetes” el trío estaba dentro de la pescadería rival. Una vez allí bastó hacer una llamada e imitar una voz. Luego se fueron dejando todo tal y como estaba. Jamás se sabría lo que había pasado allí esa noche.

A la mañana siguiente, cuando los clientes empezaron a llegar a la pescadería, se encontraron con que esta no tenía género de ningún tipo para vender.

9.

Mari Juli llamaba enloquecida al móvil de su proveedor que no se lo cogía, mientras todo el que quería pescado hacía lo único que se podía hacer en esas circunstancias, irse a Pescauxi.

Esta vez la del Susurro no pudo subir sus precios pues no tenía nada que vender, pero Pescauxi tampoco los bajó, como venía sucediendo, al no tener competencia. Esto no estaba nada de bien. Muchos nos quedamos sin comer pescado.

El volumen del negocio de Pescauxi, en cualquier caso, alcanzó el absoluto de ventas de pescado en el Barrio de las Putas ese día. Es fácil vender el cien por cien de mercancía en una zona si eres el único que tiene tal género en dicho lugar.

10.

A última hora de ese fatídico día Mari Juli ya tenía solucionado el problema de no tener quien le trajera el pescado. Tenía un nuevo proveedor y, aquí ya llegó lo último, para colmo de la poca vergüenza, sospechando que su reciente desgracia se debía a un tejemaneje de la pescadera rival, aunque sin saber como lo había hecho, resultó que su nuevo proveedor era el mismo que el de Pescauxi. Este dijo a la pescadera que no sabía su podría abastecerla de tanto género como pedía pues casi todo se lo llevaba a Pescauxi. Esto no era problema para Mari Juli que estaba dispuesta a pagar más de lo que pagaba su adversaria.

Así, al día siguiente, el espejo dio de nuevo la vuelta. Mari Juli tenía la del Susurro cargada de pescado y clientes que acudían allí en masa ante la escasez de género en Pescauxi, aderezada, para colmo de males, con el ataque de mal humor, apenas contenido por Pimentola Braun, de Mari Puri. Todo el que ese día quiso pescado tuvo que comprarlo, a precios delirantes, en la única pescadería con las nasas llenas en el Barrio de las Putas. Desde la escalera del conocimiento, nuestros bolsillos lloraban su insolvencia y nuestros cerebros empezaban a temer que la carestía de rico y nutritivo fósforo iba a prolongarse. Los más pesimistas acabamos teniendo, a la larga y a la corta, la razón, pues todas nuestras sospechas, que el pescado iba a acabar siendo un artículo de lujo en el Barrio, se han visto cumplidas.

Durante una semana o dos, o semana y media, o yo no se cuantos días... ¡bien!, lo siento, no los conté, ¿qué hago? Tú hazte a la idea de lo que pasó. La disputa por el material del proveedor se recrudeció. Era una batalla con unas reglas superestrictas, no escritas, pero plenamente respetadas. Se llevaba el gato al agua, el pescado a la tienda, el mejor y más tempranero postor. Si había una oferta posterior mayor el primero perdía. Lo que nunca sabían era cuanto había ofrecido la otra parte, a más que solo se podía hacer una oferta por día. Finalmente, esta era una cuestión, no te lo pierdas, de honor. Una vez llevada la batalla a estos términos no valía dar marcha atrás y buscar otro proveedor que equilibrase la abalanza, y eso que la situación, obviamente, había trascendido y el Barrio se llenó de comerciales de pescado. Nosotros aprovechamos esto para comprar algunas pijotas de estraperlo, en las pescaderías estaba claro que esta vez la lucha era a muerte.

11.

Pimentola estaba loca de alegría, su jefa estaba saliendo victoriosa a diario y, aunque a pesar de los disparatados precios a los que vendían el pescado a penas recuperaban lo invertido para obtenerlo, estaba claro que Mari Juli y la del Susurro tenían los días contados. Civo citaba no se qué cosa sobre Sum Tzu y del honor y la inteligencia en la guerra y nos ilustraba acerca de temas bélicos varios a lo largo de la historia. Rrrr nos regaló con exquisitas reflexiones filosóficas y esotéricas. Salva seguía comprando pescado porque tiene tanto dinero que le da igual. Itálico Martínez y yo observábamos, aunque yo sé que mi amigo se debatía en su preferencia por Pescauxi, y con ella el porvenir de nuestra amiga Pimentola Braun, y la del Susurro donde tan bienvenido era.

La situación se fue tensando hasta que, la mañana del x de agrerio del año ese, todo saltó por los aires. Mari Juli rompió las reglas del juego, probablemente en medio de la desesperación de verse perdedora. Cuando Mari Puri llegó aquella mañana a primera hora a Pescauxi para abrir y recibir la mercancía, se encontró con que unos inamovibles cepos le impedían, de cualquier modo, abrir la persiana de su negocio y acceder a él. Primero perpleja, luego enfada y, finalmente, extremadamente indignada, estaba cuando llegó por allí, riéndose, Mari Juli. Hacía apenas cinco minutos que había llegado el género a Pescauxi y que se había tenido que quedar en medio de la calle a la espera de que se encontrase alguna solución. Y entonces, como agua de Mayo, llegó la pescadera enemiga alegando que se había enterado de la desgracia de su amiga de toda la vida y que, claro, se ofrecía a ayudarla en lo que pudiera.
 - Eso seguro que han sido unos niñatos. Si quieres te compro el pescado para que no se te estropee aunque, claro, no te puedo pagar tanto como vale. Si me esfuerzo quizá llegue a la mitad o algo más.
Con estas, Mari Puri, furibunda cual bestia salvaje defendiendo su territorio, cogió un salmón enorme que tenía a la mano y le pegó tal salmonazo en la cara a su rival que la tiró de espaldas sobre una caja de calamares. La del salmón se abalanzo sobre la caída y esta, viendo que los calamares están muy buenos pero que como arma son bastante mala idea, alargó la mano con tanta suerte que dio con unas hermosas y enormes almejas que le resolvieron la papeleta.

Bombardeada por almejas estaba siendo Mari Puri cuando, a los gritos, acudieron en su auxilio algunas pescauxistas madrugadoras que iban a por los mejores ejemplares del día. No necesitaron explicaciones, se armaron con bacalaos, atunes y lenguaos para atacar todas a una a la enemiga de su pescadera, que sangraba copiosamente por una herida almejil en su frente.
- ¡Socorro!, ¡me matan!, gritaba Mari Juli mientras a duras penas contenía a almejazo limpio a sus adversarias.

Los gritos alertaron a Laela, que vive en la calle del Torpedo, y en dos segundos estaba junto a su pescadera lanzando almejas. Tardó dos segundos porque uno lo empleó en dar un telefonazo de alerta a las demás susúrricas.

Las almejas que ya habían sido lanzadas volvían contra Mari Juli y Laela mientras más contendientes se unían a la batalla. El bando de las pescauxistas iba ganando terreno cuando llegó el Séptimo de Caballería susúrrico al rescate. Con un número demencial de marujas unidas a la contienda antes de que el sol acabase de salir del todo, la llegada de los refuerzos puso a las pescauxistas en desbandada. Las susúrricas armadas con peces y almejas las persiguieron hasta la Plaza Grande. Entre los daños colaterales de esta persecución se encuentra un diente de leche que perdió Braulio López hijo que iba camino del colegio y recibió un almejazo en la boca; un derribo y posterior estampida marujil, por encima  suyo, en plena huida que sufrió Luis el Gloppy; y el despertar demasiado temprano, a causa del griterío, de algunos de los más insignes búhos del Barrio.

Una vez llegadas a la Plaza Grande la batalla tomó un nuevo giro, las provisiones de crustáceos proyectiles se acabaron y las susúrricas se vieron forzadas al cuerpo a cuerpo. Las pescauxistas vieron su oportunidad de devolver los golpes recibidos y atacaron con una furia desmedida que Mari Juli y su troupe no esperaban. Insultos, gritos, golpes, tirones de pelo, arañazos y olores de todo tipo de pescado, se unían a las expresiones de asombro de los que por allí pasaban y que no sabían como reaccionar. Civo, que iba de camino a comprar el periódico, yo no sé como es capaz todavía de leer esos panfletos llenos de patrañas, decidió hacer uso pacificador de su envergadura y se internó en la debacle como si de un Ghandi de Barrio se tratase. Pronto recibió un par de almejazos, de las almejas que aún quedaban, y un golpe de lenguado, que fue lo que más le ofendió, ¡que le golpeasen con un pez tan feo!, extraviados.

Mientras en la puerta de Pescauxi el pescado abandonado desapareció sin dejar rastro. Aunque nadie reconoce saber nada, yo me sé de más de uno y más de veinte que ese día comimos pescado fresco por primera vez desde ni se sabe.

La batalla continuaba cada vez más cruda sin dar señales de remitir o de cansancio y sólo algunas contendientes, demasiado amoratadas y sanguinolentas para continuar, abandonaban sus filas. Además, continuamente se unían nuevas simpatizantes de ambos bandos. Entonces una voz se alzó sobre todo el jaleo desde fuera de la refriega.
 - ¡Baaaastaaaa! ¡No me puedo creer lo que estáis haciendo! ¡Seréis capullas!

12.

Pimentola Braun llegaba de fiesta, camino de nuevo a una insomne jornada laboral, con la alegría, la diversión y el buen rollo todavía en el cuerpo, cuando se encontró semejante refriega marujil. Gritó y se metió en medio de la contienda apelando a la tranquilidad y la armonía universal. Tres impactos de almeja, dos golpes de salmón, tres intentos de agresión atunil (dos esquivados con éxito) y algo, que ya nadie recuerda con claridad, más, la presencia de Pimentola Braun fue contagiando la calma al barullo de pescados, injurias y marujas. Todas empezaron a tomar consciencia de que el asunto había llegado demasiado lejos y se pararon dispuestas a reflexio... a que alguien les explicase lo que había pasado.

Yo quiero a Pimentola Braun, pero hay que reconocer que para determinados temas se cuela de extremista... y como todos los extremistas en el fondo es que tiene intereses en serlo, ¿no?. Yo no lo sé, creo, de momento, ya te lo contaré. Pienso y luego existo (más tarde escribo).

Decía que yo quiero a Pimentola Braun así que voy a intentar contar lo que pasó de un modo objetivo y sin hacer valoraciones. Pues, resulta que Pimi soltó un discurso, de dramáticas consecuencias, a la expectante y desconcertada audiencia marujil.

 - Estáis toas locas. Toas aquí dale que te pego, que si esta aquello, que si la no se qué con no se cuantos, y rugiendo como bestias si alguien habla de vosotras, ¡so imbéciles! Peleás en vez de ser compañeras, que es lo que somo, compañera oprimía por los hombre. ¿Por qué? Pues porque es más fácil, ¿que no? Toas ahí dale al dale dale y no ponerno a organizarno pa sacarle los jurdeles bien a los maríos que nos tienen esclavizás limpiando la casa, haciendo la compra y la comida. Toas somo la mimma, no somo diferente en ná. Unámono, seamos amiga y saquémosle los dinero a nuestros explotadore...

Por ahí discurrió la disertación de Pimentola, y sobre esos términos (que, como única alternativa que eran, impactaron en la audiencia) se consensuó de algún modo extraño e inexplicable el nuevo y actual orden.

13.

Hasta el día de hoy, en sentido estricto, nunca había escrito el número trece de nada. Me inquieta, a pesar de no ser supersticioso, que el fatídico número se corresponda con el final horrible y polimorfo de esta historia.

El nuevo, y aún vigente, orden es el siguiente. Las dos pescaderías se fusionaron en una. Un único proveedor, un único precio... ¡una única pescadería! Ahora ya no había motivos para bajar los precios, es lo que pasa cuando desaparece la competencia. Y las nuevas empresarias no estaban dispuestas a regalar nada. Desde entonces yo sólo como pescado cuando me invitan. ¡Cómo ha cundido en el Barrio el escándalo por el precio del pescado!. Proclamado por las susúrricas y las pescauxistas, hoy sólo ¡mujeres!. Lo mejor es que nadie recuerda a qué se debe. Yo estoy en la calle, las conozco, hablo con ellas, lo sé... que así ya de paso le sacan más dinero a sus maridos para sus cosas porque el rumor del elevadísimo coste del pescado ha llegado a oídos de sus esposos, que les aumentan el presupuesto para poder seguir comiendo el rico alimento. Otros negocios del Barrio de las Putas han incrementado, con ello, sus ingresos y, que nadie sea malpensado, no ha sido sólo, aunque sí mayoritariamente, el bingo.

Horrible final sin dudas. Al menos para mi, evidentemente, que no me alcanza para comprar pescado.

14.

De entre los restos, aún humeantes en la memoria, del campo de batalla surge un rayo de esperanza. Hoy, ni se sabe cuanto tiempo después, Pimentola Braun me ha contado sus planes de futuro, su Proyecto.

Como quiera que su intervención, en el asunto bélico que nos ocupaba, fue muy efectiva, apropiada y admirada, Pimentola obtuvo un cargo de importancia en el nuevo gigante comercial del Barrio, pescadero y marujil, creado tras la fusión. Su sueldo creció y, por primera vez en su vida, ha podido ahorrar. Con ese dinero se propone abrir una nueva pescadería en el Barrio de las Putas
 - Pero no para hacerle la competencia a mis jefas, sino para poner precios populares y que pueda comer pescado todo el mundo.
¡Oh, qué gran plan! Emocionado me fui tras la conversación. En breve podré adquirir de nuevo pescado sin caer en la bancarrota.

¡Qué suerte ha tenido Pimi! ¡Qué bien se lo ha montado! ¿Se lo ha montado? Bueno, ella resolvió el conflicto. Aunque también ayudó a que se agravara. Pero ella no tuvo nada que ver con el inicio, porque fue todo por la muerte de Lukky, que la mató... un momento... ¿quién mató a Lukky? Se me ocurre una pregunta pero no la voy a hacer. Quiero mucho a Pimentola Braun.