Hace
tiempo, Lisandro ponía de comer en su establecimiento. Sandwiches, ensaladilla,
montaditos, hamburguesas, picadillo y todo ese tipo de cosas, pero lo dejó en
pro de las copas que le reportaban mayores beneficios y requerían un menor esfuerzo.
Más por menos, una buena idea empresarial sin lugar a dudas. Claro que quienes
siempre hemos parado en la “Taberna 19”
no encontrábamos el cambio tan sugerente. De madrugada, tras unas cuantas
cervezas, el cuerpo suele agradecer algo sólido para contrarrestar tanto
bebedizo. Esto a Lisando parece darle igual aunque más de uno, y más de dos,
hemos adoptado la costumbre de irnos a otro sitio a comer cuando aprieta el
hambre y, una vez realizado el cambio de un ubicación, no solemos volver a la
“Taberna 19”
sino que ya nos quedamos donde sea.
Sea
que aquella noche no estaba muy sociable o que me picó el gusanillo en la
barriga descompasado con el resto, el caso es que abandoné el bar yo solo en
busca de alimentos. Además, recuerdo claramente la sensación de agotamiento por
la música que estaba poniendo Lou, el nuevo chaval que había contratado
Lisandro. Se supone que Lou es un gran discjockey pero, sinceramente, a mí no
me lo parece. Total que puse rumbo al Multicines, no para ver una película sino
para comer.
Comer
a altas de la noche puede ser complicado sino sabes donde ir. Menos mal que en
el mismo Barrio de las Putas hay una solución a ese problema. Una de las tres o
cuatro que existen en Ciudad Lejana. Menos mal, porque si me tengo que ir a
comer algo hasta Vergel Otiade muy probablemente me hubiese vuelto a casa con
el estómago vacío. Pero no iba a tener que hacer tan largo camino y, por
supuesto, no iba a volver hambriento a mi hogar, pues la hamburguesería y
pizzería de al lado del Multicines permanecía abierta hasta que el sol aparecía
a decir hola.
Hola
a todos, saludé amable a los que allí había, todos gente conocida. Me pedí una
pizza enorme, llena de cosas, y me senté a comer. He de decir que las pizzas de
allí no son especialmente afortunadas, prefiero, con diferencia, sus
hamburguesas, ¡las hamburguesas más grasientas de Ciudad Lejana!, pero esa
noche pedí pizza. Quizá, el hecho de ir solo y tener la posibilidad de observar
mi entorno tranquilamente mientras comía me hizo decidirme por esa modalidad
alimenticia que es más lenta de comer que una hamburguesa. También puede ser
que me apeteciera pizza, que todo es posible.
Posible
era, y de hecho sucedió, que apareciera por allí Lucano. Por aquel entonces
Lucano tenía dieciocho años recién cumplidos y andaba algo despistado de la
vida. Sus padres habían pasado bastante de él con lo que pudo hacer lo que le
vino en gana en todo momento. Tenía un trabajo de peón en la construcción con
el que cumplía de un modo relativamente regular, lo suficiente para que no le
echaran, y con eso se daba por satisfecho. Le daba lo necesario para sus
gastos. Estética y drogas. Lucano se aplicaba a sí mismo la máxima deaniana de
vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver. Yo había intentado algunas
veces hacerle comprender que eso era una soberana gilipollez, pero él no hacía
caso. Por eso, cuando hizo acto de presencia aquella noche en el Multicines, ni
yo ni nadie nos sorprendimos que viniese hasta los ojos.
Ojos
vidriosos, semicerrados, mirando perdidos hacia ninguna parte. Siempre se puede
saber si alguien está puesto mirándole a los ojos. Y los de Lucano no dejaban
lugar a dudas. Eso sí, qué se había metido exactamente resulta difícil de
determinar, pero seguramente fuese todo lo que se le puso por delante. Lucano
nunca decía que no a nada. Al entrar tambaleándose gritó un par de
incoherencias y volvió a salir. Típico en él. Cuando yo mismo abandoné el
Multicines en otra dirección, vi que Lucano se había dormido en la puerta del
taller de Jacinto, el carpintero.
¡Carpintero!
¿Quién lo iba a decir? La vida da muchas vueltas y alguna de ellas, la mayoría,
cuando menos te lo esperas. A la mañana siguiente, cuando Jacinto fue a abrir
su taller, se encontró con Lucano durmiendo en la puerta. Conocía a Lucano, ambos
viven en el Barrio de las Putas y, aquí, todo el mundo se conoce. Jacinto era
un hombre bastante mayor, casi anciano, serio y responsable, al que la actitud
vital de Lucano le parecía reprobable, pero también era un hombre justo de buen
corazón. Despertó a Lucano y lo invitó a desayunar. Mientras tomaban un café
con churros estuvieron hablando y, por lo que me contaron luego por ahí,
Jacinto le dijo a Lucano exactamente lo mismo que le decíamos los demás,
palabra arriba, palabra abajo. Sin embargo, no me preguntéis por qué, Lucano,
por una vez, escuchó.
Escuchó
y escuchó, concedió la razón a Jacinto en todo. Lloró a moco tendido en medio
de la cafetería. Todo esto me lo contó luego, en la intimidad que proporciona
su oficio, Venancia, que es de lo más cotilla. Finalmente, Lucano aceptó la propuesta del carpintero de
trabajar con él de aprendiz, incluso a pesar de las severas condiciones, dejar
su estilo de vida y, por supuesto, las drogas.
* * *
Hace
tiempo de aquel día. Bastante tiempo. ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer
y han pasado casi diez años. Y diez años es mucho tiempo si lo miramos desde
una perspectiva humana. Diez años durante los cuales han sucedido muchas cosas
en la vieja carpintería de Jacinto, muchas de las cuales se han visto
condicionadas por la presencia e intervención de Lucano y el antagonismo que
casi desde el primer día tuvo con el oficial de la carpintería, Ügur.
Ügur,
menudo personaje. Muchos nos preguntábamos cómo Jacinto había acogido y formado
a semejante individuo que, no sólo se le veía a legua que no era trigo limpio,
sino que, además, no se le veían maneras ni intención de redimirse. Tanto
tiempo trabajando y conviviendo con Jacinto no le habían servido más que para
aprender, más mal que bien, el oficio y aspirar a quedarse con el negocio
cuando faltase Jacinto. Por lo demás seguía mirando única y exclusivamente por
él mismo, no había sacado nada del ejemplo vital del maestro. Ügur, cuando vio
entrar un nuevo aprendiz en la carpintería receló y temió por su futuro, no
quería que el nuevo se quedase con lo que consideraba suyo por derecho propio.
Y Lucano no soportaba los aires de superioridad que se gastaba Ügur respecto a
él. En el pasado se habían visto las caras y los puños en una pelea.
¡Pelea!,
¡pelea! Hay personas a las que les gustan las peleas. No me lo explico. Una
noche, cuando nadie sospechaba el rumbo que tomarían las cosas para Lucano,
este y Ügur se enzarzaron en una pelea que acabó con el, por aquel entonces
aún, aprendiz de carpintero con la cara como un pan de pueblo y un par de
costillas rotas. Ügur no había olvidado aquello, Lucano tampoco, Jacinto no
sabía que su nuevo aprendiz era quien le dio
semejante paliza al oficial, pero percibía el mal ambiente entre ambos.
Ambos
se miraban con desconfianza, por encima del hombro, como dos felinos dispuestos
a saltar en cualquier momento. Aunque Ügur tenía más miedo. Sabía que no iba a
poder con Lucano y, ante la posibilidad de una nueva humillación, prefería
evitar el conflicto. La tensión entre ellos era, en cualquier caso, enorme y,
en gran medida, agravada por algo inesperado. Lucano demostró tener un don
natural para trabajar la madera. Don del cual su compañero carecía. Esto
empeoró aún más la situación. Pero, con todo y con eso, Lucano estaba muy contento.
Contento
me contaba que la carpintería le encantaba. Le relajaba tanto pulir la madera
que ya no le apetecía fumar porros. Le apetecía tanto volver al trabajo que se
mantenía activo sin acordarse de la cocaína. Le estimulaba la imaginación de tal
forma buscar la forma adecuada entre las vetas de la madera que no se le había
vuelto a pasar por la cabeza tomar un
alucinógeno. Algunos llaman a esto terapia ocupacional, pero yo creo que Lucano
se había encontrado con una razón para vivir.
Vivir
no es fácil. Nos sueltan aquí sin instrucciones y se supone que tenemos que
vivir la vida así, a pelo. Pero, a veces, muchas veces, es difícil conseguirlo.
Gracias a Jacinto, Lucano encontró su lugar en el mundo. Iba camino de ser un
gran carpintero. Pronto, Jacinto, empezó a fantasear con la posibilidad de
nombrarle oficial.
* * *
Hace
tiempo que Jacinto nombró oficial a Lucano, equiparándolo, en todo, a Ügur, el
cual, por supuesto, montó en cólera. El ascenso del aprendiz le hizo reclamar
otro para sí mismo. Jacinto le dijo que no. Ügur no estaba preparado y carecía
del talento necesario para ser algo más que un oficial bastante mediocre. Nunca
llegaría a maestro. Implícito quedaba, pero evidente para cualquiera, que el
maestro sí pensaba en conceder ese honor, algún día, a Lucano. No existía
espacio para la duda. Ügur protestó y pidió una oportunidad de llegar a ser
maestro.
Maestro
es una palabra muy especial que a pocas personas se le puede aplicar sin lugar
a dudas. Jacinto lo sabía, como también sabía de la falta de valía de su
oficial, al cual había concedido dicho rango con la esperanza que le estimulase
y trabajase por mejorar. La estrategia no dio el resultado esperado, sino, más
bien, el contrario. Ügur pensó que, siendo oficial, ya lo tenía todo ganado,
incluyendo en el todo la carpintería que, sin duda, heredaría. Por eso sacó las
uñas cuando Jacinto reclutó a Lucano, y por eso se le retorcieron tanto los
cuernos cuando el maestro concedió a su antagonista sus mismos rango y
derechos. Ügur tenía que conseguir, como fuera, quedar por encima de él.
Él,
Ügur, tenía más derecho que Lucano a todo. No en vano llevaba más tiempo en la
carpintería que el recién ascendido a oficial, ¡muchísimo más tiempo! Pero el
viejo loco había dado el rango de oficial a su nuevo aprendiz en menos de la
mitad del tiempo que había tardado en conseguirlo él. En este cálculo se veía a
las claras que Ügur no era muy listo, de haberlo sido habría sabido que había
tardado exactamente la quinta parte que él, pero contar y dividir no era lo
suyo, ¡imagínate los muebles que le salían sin saber calcular bien! Y, aún así,
exigió a Jacinto el rango de maestro que estaba seguro de merecer. Jacinto, ya
bastante mayor y abrumado por las exigencias de su oficial, decidió llamar a
otros maestros para hacerle una prueba.
Prueba,
examen, llámalo como quieras. Si Ügur quería alcanzar el rango de maestro,
tendría que demostrar que lo merecía ante un tribunal de cinco maestros donde
el más indulgente, sin lugar a dudas, era Jacinto, y este era bastante reacio a
concederle el honor que ansiaba. La prueba, según le comunicaron, consistía en
la realización de una obra maestra. Ügur aceptó convencido de sus
posibilidades. Lucano observaba todo esto mientras trabajaba en una mecedora
para el señor Tonelero. Una mecedora de caoba inquitante, siguiendo los diseños
de Itálico Martínez, que aún preside la sala donde el viejo hurraco exhibe su
colección de arte boligráfico. Una mecedora espeluznante y magnífica.
Magnífica,
y tanto que magnífica. Mientras Lucano realizaba tranquila y modestamente su
trabajo, Ügur se desvivía, presa de una ansiedad irrefrenable, en lo que iba a
ser su obra maestra. A medida que pasaban los días iba siendo cada vez más
patente que el oficial no iba a ser capaz de hacer más que un churro maestro.
Maestro,
ya lo decíamos antes, no lo puede ser cualquiera. ¿Cuántos maestros conoces?
¿Cuantos maestros has tenido? Hay quien nunca tuvo ninguno. Pero Ügur estaba
como loco por quedar por encima de Lucano, le impulsaba el odio ciego y,
ciertamente, esa no es la mejor forma de actuar. Bajo una motivación emocional
de ese calibre no se puede hacer un trabajo fino, sea cual sea la naturaleza de
dicho trabajo. Incluso un torturador funciona mejor desde el relax y la
frialdad que bajo el odio ciego. Así, su churro maestro, hórrida combinación de
falta de talento, estado emocional inadecuado, mala idea de base y escasa
capacidad, avanzaba hacia el desastre sin prisa pero sin pausa. A su vez,
Lucano progresaba con su mecedora relativamente ajeno a la ordalía de su
compañero. Estaba entusiasmado con lo que estaba creando y se sentía honrado de
haber recibido ese encargo.
* * *
Hace
tiempo de ello, y cuando el tiempo pasa convierte los sucesos en historias y
las historias en chascarrillos, y el chascarrillo de la mecedora del señor
Tonelero corre de boca en boca por el Barrio de las Putas junto al precio del
tabaco, la amante del kioskero, pero el del kiosko que vende revistas porno al
lado de la Plaza Grande ,
no el otro que está en la calle del Torpedo y que es de Juliete y ese es muy
rancio para tener amantes, y, por supuesto, las horas a las que Loty se va a
poner esta semana a trabajar. Es una historia, antes un suceso, de lo más
peculiar. La historia de la mayor guantada sin mano que se le pueda dar a una
persona, sin premeditación ni alevosía, un auténtico y genuino tapabocas
improvisado y sin intención. La historia del fracaso de Ügur para acceder al
rango de maestro y el rechazo de Lucano a dicho privilegio.
Privilegio,
para Ügur todo era cuestión de privilegios que creía ganados desde la cuna, de
los que se pensaba merecedor simplemente porque sí, y que le fueron negados tal
y como presentó al tribunal de maestros su obra. Fueron duros con él, muy
duros. Llegaron incluso a cuestionar que tuviese aptitudes para ser oficial,
dura patada a su orgullo, incluso hubo quién planteó que ni para aprendiz, que
mejor que Ügur se dedicase a otra cosa para no ensuciar el buen nombre del
oficio de carpintero. Feo asunto, Ügur jamás se había sentido tan humillado en
su vida. Tanto que pensó que jamás se iba a sentir peor, pero, como tantas
otras veces, se equivocaba totalmente. Le faltaba lo peor.
¿Peor
que eso? Peor imposible, habría afirmado con absoluta convicción Ügur tras
escuchar el recio veredicto del tribunal de maestros que, sin embargo, tuvo a
bien no degradarle a aprendiz gracias a la intervención de Jacinto que juzgó
suficiente lo sucedido para proporcionarle una cura de humildad a su díscolo
oficial. Para desgracia de Ügur la cosa no iba a quedar ahí. Los cuatro
maestros que se habían desplazado al taller de Jacinto para poner a prueba a
Ügur, no pudieron evitar quedar fascinados ante el fastuoso trabajo que estaba
haciendo Lucano. Macabra obra, cierto es, una mecedora infernal, pero a fin de cuentas
era lo que se le había encargado. Si Satanás tenía que sentarse en algún sitio
a descansar, leer un libro o mirar la televisión, sin duda desearía una
mecedora como esa. Decidieron reunir al tribunal y llamar a comparecer ante
ellos a Lucano.
Lucano
estaba absorto en su trabajo puliendo las esqueléticas y demoníacas figuras del
respaldo de la mecedora, cuando Ügur, humillado como ya no podía serlo más, le
transmitió el mensaje del tribunal de maestros. Lucano se resistió, cosa que a
Ügur le sentó muy mal, alegando que en ese momento estaba demasiado concentrado
y que si abandonaba lo que estaba haciendo, quizá luego no pudiese retomarlo y
acabarlo como era debido. Ügur insistió y Lucano preguntó si no sería posible
que los maestros se acercasen a contarle lo que fuera sin necesidad de
interrumpir su trabajo. Ügur, degradado a mero correveidile, transmitió la
insolencia de Lucano a los maestros. Estaba seguro que dicha desfachatez los
pondría en contra del otro oficial, su enemigo, pero los maestros reaccionaron
de un modo inesperado.
Inesperado
para Ügur, que siempre ha ido muy corto de sentido común, pero bastante lógico
desde otra óptica. Los maestros comprendieron y aplaudieron la devoción al
trabajo de Lucano, e hicieron justo lo que este proponía. Si la montaña no
viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña. Observaron a Lucano trabajando y
convinieron en darle, para horror de Ügur, el rango de maestro. Esa mecedora no
era algo que pudiera llevar a cabo cualquier carpintero, incluso algunos
maestros no serían capaces de sacarle tanto a la madera por muy noble que esta
fuese. Y entonces fue cuando Ügur recibió el golpe definitivo a su orgullo.
Lucano rechazó el ascenso alegando no sentirse preparado. No hacía ni un año
que era oficial, estimaba prematuro el nombramiento como maestro por muchas
cualidades que pudiera tener. Todavía le faltaba mucho por aprender. Gracias,
pero no. Ügur conoció en ese momento la mayor de todas las humillaciones, la
humillación sin límites.
* * *
Hace
tiempo que murió Jacinto. Su salud se fue deteriorando lentamente pero a paso
firme después del fiasco del oficial que quería ser maestro sin merecerlo y el
que lo merecía sin quererlo. En poco menos de tres años el maestro abandonaba
el mundo de los vivos. En el Bario de las Putas todos conocían lo sucedido y
muchos eran los que estaban convencidos que Jacinto había sido envenenado por
Ügur, una muerte lenta y dolorosa. Sólo una cosa no cuadraba, ¿por qué no había
envenenado también a Lucano? Este era el archienemigo de Ügur y la muerte del
maestro los dejaba en una situación bastante peliaguda. Una carpintería, dos
oficiales, cero maestros y cero aprendices. En una teórica igualdad de
condiciones, Ügur, más malicioso que Lucano, impuso su retorcido criterio
apelando a la antigüedad. Lucano, harto de enfrentamientos, guardó un prudente
silencio en lugar de apelar a su mayor capacidad.
Capacidad,
antigüedad. ¿Qué tiene más valor? Los años habían acrecentado las
características de ambos oficiales, Ügur cada día era más inútil, Lucano cada
día más exquisito. Y ante esta situación salió triunfante el perverso porque el
otro no se preocupaba de esas cosas. Ügur quería el poder, Lucano trabajar en
paz. El acuerdo tácito venía a ser algo así como tú maneja esto que yo me
encargo de hacer el trabajo. Pero no todo iba a ser tan sencillo. Ügur tenía un
plan para ocultar su ineficacia. Una pequeña inversión, así la calificaba él,
para reconvertir el taller en una pequeña fábrica.
¡Fábrica! ¡Una fábrica! ¡Tú estas loco! Lucano
estalló ante tan delirante propuesta. Se negaba a aceptar la renovación
industrial. Somos carpinteros, artesanos, no operarios. Esto es un negocio,
insistía Ügur, y mecanizándolo será más productivo. ¿Es que no renta lo
suficiente? ¿No vives bien? A pesar de su ubicación, al final de la calle
Telenovela, casi en los límites del Barrio de las Putas con el Barrriopueblo,
los gritos se escuchaban desde la Plaza Grande. ¡Menuda discusión!
Discusión
que marcó, por ende, el principio del fin de la relación entre Lucano e Ügur.
Lucano no aguantó más y espetó a Ügur todo cuanto tenía que decirle. Que era un
mierda, un acomplejado, que con la idea de la fábrica lo único que hacía era
intentar ocultar su inutilidad absoluta, que... supongo que después de todo lo
que os he contado, ya os imagináis lo que salió por la boca de Lucano tras años
de respetuoso silencio. Ügur montó en cólera y presa de su infinito
egocentrismo expulsó a Lucano de la carpintería y se autoinvistió como amo y
señor de todo aquello. Lucano, sin poder creer lo que oía, negoció un acuerdo,
aún cuando lo que realmente deseaba era darle una paliza a Ügur que lo dejase
en cama para siempre o, directamente, bajo tierra. Pero se contuvo y llegó a un
acuerdo que venía a ser más o menos lo siguiente. Puesto que él llevaba siete
años trabajando allí, algún derecho tendría, y puesto que Ügur iba a
mecanizarlo todo y no iba a necesitar las herramientas, podría cedérselas o
vendérselas a un precio razonable para que él pudiera seguir trabajando y
ganándose la vida honradamente. Ügur aceptó la propuesta en la modalidad,
evidentemente, de venta de herramientas, aunque lo del precio razonable no lo
fue tanto. O al menos no al principio, el arte del regateo no se le daba tan
bien a Ügur como a Lucano, ya os conté
que aquel y los números no se llevaban precisamente bien. Lucano consiguió las
herramientas a un buen precio e Ügur dejó libre el espacio del taller para
meter la maquinaria que lo transformaría en la pequeña fábrica que fantaseaba.
* * *
Hace
tiempo, pues, que en el Barrio de las Putas se pueden conseguir muebles en dos
sitios. Bueno, para ser exactos en uno, en la carpintería de Lucano, pues la
pequeña fábrica de Ügur, merced a una hábil estrategia comercial en la que este
no participó, sólo se hacía un modelo de mueble para una famosa cadena de
tiendas oriunda del país de los hombres con cuernos en el casco. Lo alucinante
de este acuerdo es que el negocio de Ügur no fabricaba los muebles en sí, sino
tan sólo las piezas. La tienda en cuestión se caracteriza por vender muebles de
atractivos diseños modernos a precios económicos que consiguen mantener
vendiéndolos desmontados. Muchas historias pululan por ahí sobre dichos muebles
y lo fáciles que resultan de montar, a más de sobre la aventura que suele
suponer el proceso de montaje durante el cual lo presuntamente sencillo se
torna ultracomplejo. Y, además, existe un amplio consenso, que roza la
unanimidad, sobre la escasa calidad de estos productos. Quizá sea por esto
último que nadie en el Barrio de las Putas se sorprendió cuando el peor
carpintero de la historia empezó a conseguir su sustento "fabricando"
muebles para dicha empresa. El peor carpintero de todos los tiempos era, como
todos sabemos, Ügur.
Ügur,
no obstante, se pavoneaba orgulloso de ello por el Barrio. Y, sinceramente, en
cierto sentido era para estar satisfecho. Sus productos se vendían en estas
tiendas que estaban por medio mundo. Desde el estado de los cuidadores de
vacas, en el Imperio de la
Hamburguesa , hasta el país de los monjes naranja, en medio del
continente de las personas de los ojos rasgados, todos podían comprar, y de
hecho compraban, la mesita de noche TIMBALTM, diseño de Ügur. La
mesita consistía en un tablero de madera rectangular, que descansaba sobre
cuatro patas que, a su vez, tenían unas muescas que permitían instalar
cómodamente dos cajones bastante simples. El secreto de su éxito era el color
del diseño, un hórrido verde pistacho que hubiera sido su perdición de no ser
porque era la única referencia del catálogo que hacía juego con el muy
solicitado conjunto de dormitorio SINQUINPISTACHONAITTM. Ügur se
estaba forrando y empezó a orgasmear pensando en lo oportuno que pudiera ser
invertir algo en su fábrica y ampliar su gama de productos. Veía cada vez más
claro el futuro pasaba por sacar un nuevo modelo de mesita de noche TIMBALTM
en color rojo fresa.
Fresa,
strawberry, como todo el mundo sabe, el color perfecto para que la mesita de
noche TIMBALTM hiciese juego con el emergente conjunto de dormito
STRAUBERRIDRIMSTM. Renovarse o morir, pensaba, sabiamente, Ügur,
demostrando empíricamente con ello que hasta el más necio es sabio. Pero no
contaba con algo que amenazaba su futuro cual espada de Damocles. Si bien los
muebles que la empresa de marras vendía tenían fama, ya lo dijimos, de ser
bastante malos, la mesita de noche TIMBALTM demostró en escasos
meses ser el peor de todos los productos que vendían. Un error de cálculo en el
diseño original, repetido, merced a las virtudes de la producción en cadena, ad
infinitum et absurdum, hacía que los dos simples cajoncitos no encajasen bien
del todo sobre las guías de las patas que sostenían el tablero de madera
rectangular, aunque en principio esa falta de conjunción no se notaba
demasiado. Pero claro, la geometría tiene esas cosas, cualquier matemático te
lo puede explicar de modo que no lo comprendas, y el uso continuado, tampoco es
necesario que sea demasiado, de los cajones acababa convirtiendo la mesita de
noche TIMBALTM en un conjunto de maderas imposible de recomponer y
de un estúpido color verde pistacho.
Pistacho,
sí, pistacho, eso parecía la cara de Ügur cuando le avisaron de la central en
el país de los hombres con cuernos en el casco que le rescindían el contrato.
Las reclamaciones por el desastre que eran sus mesitas de noche TIMBALTM,
habían colapsado los servicios de atención al cliente de todas las tiendas que
tenía la empresa desde el país de los monjes naranja, en medio del continente
de las personas con los ojos rasgados, hasta el estado de los cuidadores de
vacas en el Imperio de la
Hamburguesa. Así fue como se le quedo la cara, verde y
arrugada, como un pistacho, al conocer la noticia.
Noticia
que, por otra parte, se corrió a la velocidad de la luz, que ya sabemos que los
cotilleos padecen de eyaculación precoz, a todos los niveles empresariales del
gremio a escala internacional, cosas que tiene la vida, y que arruinó para
siempre las posibilidades de Ügur de permanecer en el negocio. Finalmente, la
vida misma, le degradó a menos que un aprendiz, a repudiado por incompetente.
Incompetente
pero tenaz, dilapidó todo el dinero ganado, más algún otro que pudo conseguir
vendiendo su alma al demonio... quiero decir, pidiendo un préstamo al banco, en
sucesivos intentos, todos ellos infructuosos y cada vez más esperpénticos de
reintroducirse en el negocio. Lo último que he sabido de él es que se gana la
vida haciendo espectáculos pornográficos de sadomaso gay en “Yoghi y Bubu”, el
bar de ambiente que hay justo bajo la casa de Civo. Parece que esto sí se le da
bien e incluso le permite ir pagando sus deudas con el Maligno.
* * *
Hace
tiempo que se rompió mi mesita de noche TIMBALTM. Fui de los
primeros en comprarla, pero no para acompañar al conjunto de dormitorio
SINQUINPISTACHONAITTM, sino porque como nada de lo que me podía
permitir me resultaba bonito, sintiéndome condenado, en consecuencia, a comprar
algo feo, decidí comprar, de lo que entrase en mi presupuesto, lo que me
resultase más horroroso. Para bien o para mal, siempre deseamos lo que más. Su
vida en mi habitación fue breve, el engendro de Ügur no pudo soportar el peso
de una edición de bolsillo de El principoide, obra satírica que arremete
contra El principito, escrita, El principoide, por el inefable
Jacinto Millo Bueno del Monte y Ocaña, y que tiene la misma envergadura, hablando
del objeto libro, que aquel que trata de ridiculizar. Hubiese quedado desolado
por este hecho, pero, para aquellos que vivimos a salto de mata, la vida
siempre depara sorpresas, y en el momento en que mi TIMBALTM se
autodestruyó mi presupuesto para una nueva mesita de noche era mayor debido a
un dinero que cobré y con el que no contaba. Así que me fui a que me hicieran
la mesita de noche de mis sueños a la carpintería de Lucano.
Lucano
sobrevivía bien. Quiero decir que llegaba a fin de mes como todos, apretado y
mirando a ver si le habían pagado, aunque con la particular e idiosincrásica
forma de vivir esta realidad que tenemos los que trabajamos por cuenta propia.
Cierto que sus muebles, hechos por encargo, tienen precios elevados, pero
también es cierto que su calidad viene en gran medida garantizada por el tiempo
y el buen oficio que Lucano pone en su trabajo, y eso hay que pagarlo. O sea
que cobra mucho dinero por un mueble que ha tardado mucho tiempo en hacer, una
cosa compensa la otra y, al final, para Lucano no es tanto dinero, lo
suficiente para vivir. Mientras tanto Ügur se estaba forrando todavía gracias a
ingenuos como yo.
Yo
quería una mesita de noche que me durase al menos el doble que la mesita de
noche TIMBALTM y que resistiese el peso de un paquete de pañuelos de
papel, ya si soportaba el de un libro gordo mejor que mejor. Pero, como suele
acontecer, no tenía muy claro lo que quería. Lucano no hace muebles en serie
con lo que tenía que explicarle cómo quería la mesita de noche, pero yo no lo
tenía claro. Por suerte, Lucano es un gran profesional y eso se nota.
Nota
mental: mañana por la mañana viene Lucano a casa para ver donde va a ir la
mesita de noche y hacer un diseño oportuno, ¡ordena y limpia un poco!, ¡jodío
guarro! Así, Lucano llegó, vio y diseñó. En pocos días tuve una preciosa mesita
de noche, sobria y funcional, como el resto de mis muebles, capaz de soportar
el peso de media biblioteca y con unos cajones que da gusto abrir y cerrar,
pasan por sus rieles como si no existiese rozamiento.
* * *
Hace
ya tiempo, aunque ya no tanto tiempo, que Lucano consiguió, y aceptó, el rango
de maestro. Ügur ya había caído en desgracia, se rumorea que incluso tuvo la
desfachatez de pedirle trabajo a Lucano, y que su cara volvió a adoptar ese parecido
con los pistachos cuando se entero de su ascenso, es muy malo sentir envidia.
El resto nos alegramos. Para celebrarlo, Lucano llamó a algunos clientes para
los que había hecho los trabajos que él consideraba mejor acabados. Llamó, por
supuesto, al señor Tonelero por la mecedora que le hizo, a Rrrr por un armario,
a Itálico Martínez por un banco de trabajo portátil, a Civo por un atril, a
Salva y Rifia por un mueble de salón con estanterías y espacio para la
televisión, el DVD, la consola y la vajilla... y ¡a mí!, por la mesita de
noche. Nos pedía fotografías de sus obras con las que decorar su taller, a modo
de exposición, para la celebración de su fiesta. A todos los que nos fue
posible, incluso llevamos el mueble en sí mismo en lugar de una fotografía, así
la exposición ganó en calidad.
Calidad,
decía emocionado uno de los maestros que habían nombrado a Lucano un igual, en
discurso a favor del nuevo colega, dedicación, amor al trabajo bien hecho y
talento, esta es la combinación... Poco a poco las palabras de alabanza del
maestro se tornaban blablabla y me vi salvado por Lucano.
- ¿Vienes a fumarte un porrito? Tengo una
marihuana extraordinaria.
Me
quedé un poco sorprendido y le pregunté sino había dejado todas esas cosas.
- Bueno, sí, durante una buena temporada, pero
ahora me fumo uno de vez en cuando, que tampoco hay que ser un histérico del sí
ni del no. Además, esta marihuana está muy buena.
Me
encogí de hombros, ¿qué se le va a hacer?, y pregunté interesado,
- ¿De verdad está tan buena esa marihuana.